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 sábado, 27 de diciembre de 2003

Para que no vuelva a suceder

Mi nombre es Luciana, tengo 22 años y una materia me separa de convertirme en profesora de inglés. El día viernes 19 de diciembre mis compañeras y yo nos vestimos como "ladies" para celebrar nuestra graduación, después de haber transitado el arduo, aunque no reconocido, camino por el profesorado en inglés. Con muchas ilusiones, nos reunimos con familiares y amigos en el Centro Castilla ansiando disfrutar al máximo. Comimos, nos divertimos hasta que, casi al final de la noche, un amigo notó que faltaba su saco. Con un grupo de compañeras y mi novio empezamos a buscarlo, preguntando mesa por mesa si lo habían visto, hasta que uno de los invitados nos dijo que unos segundos antes un empleado del lugar llevaba unos sacos a la entrada. Así fue que nos dirigimos a un grupo de mozos que se encontraban allí. Mientras mi novio y yo consultábamos a los empleados, se presentó una morocha, de mediana estatura, que con ademanes irreverentes, manifestaba ser encargada del lugar. Sorprendida por su actitud, le pedí que me dijera su nombre a lo que me respondió "soy del lugar". Al mismo tiempo que yo discutía con esta mujer, apareció un sujeto de saco y corbata al que mi novio pidió, siempre cordialmente, que le explicara la razón de los malos tratos. La discusión entre ellos se tornó cada vez más efusiva por las provocaciones ejercidas por parte de este hombre. Cuando por falta de argumento se quedó sin palabras, el individuo levantó soberbiamente un dedo y llamó a la "seguridad" del lugar. En menos de un segundo, mi novio y yo fuimos empujados fuera del salón y rodeados por una "patota" de grandotes que parecían faltos de sobriedad, por la agresividad que ostentaban. Empujaron, patearon e insultaron a mi novio mientras yo pedía que se detuviesen sin respuesta alguna. Y lo hicieron con tanta "profesionalidad" que nadie, ninguno de mis conocidos, pudo ver lo que sucedía (muchos todavía no saben de este hecho). Así salimos del lugar, así terminó mi fiesta de graduación. Al bajar del puente que atraviesa la calle que lleva a Costa Alta, encontramos una patrulla del comando Radioeléctrico, estacionada estacionada justo allí. Ingenuos nosotros, fuimos a pedirles ayuda, a lo que respondieron que no podían hacer nada y que fuéramos a hacer la denuncia a la comisaría décima. ¿Qué siento? Impotencia, odio y, lo peor de todo, miedo. Miedo porque a pesar de ser personas instruidas y trabajadoras, no tenemos seguridad de ningún tipo. Estas personas, las del Centro Castilla, tienen mi nombre, documento, teléfono y dirección, y con la impunidad en que ejercieron la fuerza y el poder ese día pueden hacer lo que quieran sin ser castigados. Pero a pesar de todo sigo creyendo que hay que luchar por nuestros derechos y advertir a los demás para que este tipo de injusticias no vuelva a suceder. Espero no estar equivocada.

Luciana Moreno



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