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 domingo, 18 de febrero de 2007  
Viajeros del tiempo

Guillermo Zinni / La Capital

Poca luz para tan ancho mar. En España, cierta vez, un hombre que no había visto nunca el mar viajó a un puerto del Cantábrico sólo para conocerlo. En la estación de trenes lo esperaba un amigo y apenas se encontraron el viajero le dijo:

-¡Hombre, pero si yo quisiera ir ahora mismo a ver el mar!

-¿Verlo? ¡Pero si es de noche! -le replicó su amigo-.

-No importa, algo distinguiré, y si no es mucha molestia le pido que me acompañe.

Ambos bajaron poco después a la playa. La noche, apacible y calurosa, era muy oscura, sin luna, sin estrellas. A sus oídos llegaba el monótono fragor de las olas al romperse. Ahí, a un paso estaba el impenetrable y misterioso mar, pero envuelto en tinieblas, negro e invisible.

-No siga usted caminando -le advirtió al forastero su amigo-, porque se mojará los pies. Estamos ya en la misma orilla.

-¿En la orilla? ¡Caramba! ¡Y no poder distinguir absolutamente nada!

Al cabo de un rato de silencio, el amigo del forastero lanzó una tremenda carcajada. Y motivos no le faltaban: al viajero, no resignándose a ir a la fonda sin ver algo, se le ocurrió la peregrina idea de encender un fósforo para ver el mar. ¡Con aquel átomo de luz pretendía apreciar la inmensidad del océano! Pero luego, reflexionando, pensó que, del mismo modo, a pesar de su soberbia, la ciencia y la inteligencia humana poseen poquísima luz para alumbrar lo infinito del universo. Entonces, no caigamos en el error de aquel viajero. ¡No queramos sondear la inmensidad del océano a la luz de un fósforo!

¡Verlas y morir! Un general del ejército inglés que visitó nuestro país en viaje de placer, acaba de dar una charla en Londres donde al ocuparse de nuestras mujeres dijo: "Cuando los carruajes vuelven de los paseos, uno puede allí apreciar no sólo la belleza fisonómica de las damas sino también sus finos vestidos y sus joyas, y juzgando por este último detalle cualquiera pensaría que en Argentina un hombre casado tiene que ser también un hombre rico. Pero el mejor sitio para admirar a las bellas argentinas de ojos pardos, de las que con razón se puede decir: •¡Verlas y morir!', es la Opera".

Un baño de película. Café y Restaurant de los Baños del Saladillo. Su propietario participa al público que ya está instalado el cinematógrafo, contando con un variadísimo surtido de vistas modernas. Funcionará los jueves, sábados y domingos y todos los días feriados. Se garante el buen servicio de tranvías, pues según convenio, el último coche tiene que salir al centro a las once y media de la noche.
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