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 domingo, 29 de enero de 2006  
candi
Charlas en el Café del Bajo
-Quedó pendiente ayer una respuesta. ¿Por qué el ser destrozado por la pena a causa de una pérdida grande tiene la obligación de reconstruirse, de juntar los pedazos y volver a ser el "yo" más o menos pleno?

-En primer lugar por amor. Por amor a la cosa perdida y por amor a sí mismo. Si la cosa perdida es un ser que ha muerto, por ejemplo, es menester honrarlo con la propia reconstrucción para la paz del alma que ha partido. En segundo lugar, y como dije anteayer, porque quien queda "aún es" y mientras se "es" se tiene un rol que debe cumplirse. Diría que ese compromiso es primero con uno mismo, pero al mismo tiempo y con la misma fuerza es un compromiso con el prójimo. Porque nadie está solo en este mundo m i querido amigo, siempre alguien nos está esperando, nos está necesitando. Y ese alguien puede ser, incluso, personas que ni remotamente hemos visto en nuestras vidas. Respóndame: ¿Cuántas veces se sentó en un rincón de la casa y necesitó de alguien que lo entendiera, que lo animara, que lo ayudara?

-¡Uf!

-Usted deseó que ese alguien, mágicamente, se presentara allí y al menos le dijera: "Yo te comprendo, yo sé de que se trata". A veces tenemos la gracia (porque no es suerte) de que una persona se presenta en nuestras vidas y nos cuenta un sufrimiento magno del que ha salido y con ello nos sacude, nos hace ponernos de pie. Pero a veces también nos quedamos solos, tristes sin ese testimonio, sin ese auxilio. Y a veces somos tan estúpidos que si tenemos la gracia concedida de tal socorro, de tal compañía, la espantamos con nuestras insensateces ¿verdad? Lo que quiero decir, Inocencio, es que aquel que ha sufrido profundamente está en condiciones de hacer "compañía", en el sentido extenso del término, a muchísima gente que lo está necesitando, porque nadie mejor que quien sufrió sabe "de qué se trata".

-¿Y en este marco puede decirse que la vida es bella? Porque de una situación angustiante, extremadamente penosa...

-Ya lo sé, no es nada fácil. "He recogido los pedazos, los he puesto en su lugar; pero se ven, ¡y cómo!, las rajaduras de mi corazón, de mi espíritu. Con frecuencia hay huellas en mi rostro y siempre me acompaña esa mirada melancólica, profunda, reflejo gris de la penumbra de mi alma", dice el espíritu que va cosiendo la herida. Pero se ha dado el primer paso. Nos vemos frente al espejo de la existencia y advertimos que aún seguimos siendo. Giramos la vista luego y observamos que hay otros seres, que aú n está el universo. Y como dije antes, aun cuando el sufriente se sienta solo debe comprender que no lo está, que muchos seres lo reclaman.

-Pero al dar ese segundo paso sobrevendrá un nuevo temor. ¿Salir a vivir nuevamente después de la tragedia? ¿Cómo hacerlo?

-¿Hay otra alternativa ventajosa y que conduzca a la paz interior? Creo que no hay que temer a correr ese velo que a menudo colocamos sobre nuestras existencias para tratar de ocultar o disimular una condición que desaprobamos en nosotros o que creemos que nos pone en desventaja con relación al resto del mundo. Conozco a algunas personas que suelen tener el síndrome de la "ostra", el cerrarse. ¿Pero cerrarse para qué? Casi siempre se trata de un equivocado acto de defensa, porque de defensa con el tiempo se sabrá que nada tiene. Cerrarse para que el caparazón existencial impida que alguien o la propia vida toque la esencia del ser y lo dañe nuevamente. Casi siempre, naturalmente, esta actitud existencial es un efecto y la causa de este encierro es un sufrimiento pasado. Este encerrarse comprende, además de no involucrarse demasiado con la vida para no sufrir, el no mostrarse tal cual se es. En general las personas que se encierran no desean ser conocidas en profundidad. ¿Por qué? Porque como por lo general se trata de espíritus frágiles, románticos, sensibles, temen caer en las garras de la insensibilidad y asistir al degollamiento del propio ser, triste, pero dulce y profundo. Eligen entonces el "encierro", que es una muerte disfrazada. Por eso digo que de defensa nada tiene esta actitud. Mañana concluimos.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

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