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 domingo, 02 de diciembre de 2007  
Primera persona
Queríamos tanto a Adorno
Germán Rey, especialista en cultura y desarrollo, analiza cómo se ubica Latinoamérica en la producción y circulación de bienes simbólicos

Lisy Smiles / La Capital

Germán Rey es colombiano, pero no toma café. Especialista en comunicación, hoy su tema parece ser la relación entre cultura y desarrollo. Cuando habla sobre sus tópicos se entusiasma cada vez más, y tras cada opinión refuerza lo dicho con estadísticas e investigaciones que él mismo dirigió para universidades u organismos internacionales. Está convencido de que los temores de Theodor Adorno y Max Horkheimer ante la aparición de la cultura de masas tuvieron sus razones, pero en realidad todo terminó —según su opinión— en una mixtura de consumo, usos y resignificaciones. Igual, cree que los teóricos de Franckfurt hoy estarían “abochornados”.

Rey es docente en maestrías de comunicación en distintas universidades y también miembro consejero de la Fundación Nuevo Periodismo, que dirige Gabriel García Márquez. En Rosario disertó dentro del ciclo Cultura y Desarrollo que se realizó en el Centro Cultural Parque de España. En diálogo con Señales describió qué posibilidades encierra hoy el mundo cultural en América latina.

—¿En qué estado se encuentran las industrias culturales en la región en comparación con otros sitios?

—Si se revisan las estadísticas de la Unesco para ver cómo funciona el mercado de bienes culturales en el mundo se observa un enorme predominio de la Unión Europea y los EEUU. Tenemos, a la vez, una región ascendente que es Asia. En ese marco, China se está ubicando en tercer lugar de producción, de la mano de los videojuegos. Entonces, si comparamos a América latina con estos índices se nota una distancia aún muy grande en cuanto a la producción, distribución y circulación de bienes culturales. Igual, hay situaciones para seguir de cerca como India, que hoy se la reconoce como una potencia emergente en el mercado audiovisual: produce 1.500 películas por año contra 440 que hace EEUU. Pero eso es más o menos sabido, en cambio no se conoce tanto que Nigeria es uno de los grandes productores de cine y video. Claro, podrán decir “¿qué tipo de video o qué tipo de cine?”, ya que algunos señalan que sólo un pequeño porcentaje de los filmes hindúes se salvan, pero es bueno tener 1.500 películas porque es probable que se salven más que si el promedio es de 6 o 5 películas, como en algunos países de Latinoamérica.

—¿Para que se produzca ese salto es clave una política de Estado en lo cultural?

—Existe en América latina una tendencia creciente de la importancia de las denominadas industrias creativas o culturales dentro del contexto general de la economía. En un estudio sobre México se determinó que las industrias culturales aportan un 6 por ciento al producto bruto interno (PBI), una cifra muy significativa. Buenos Aires tiene una cifra, el 7 por ciento, muy importante. En Colombia se llegarán a producir 18 películas en un año, y eso se logró por una política de Estado que propuso una ley del cine, que creó un fondo con recursos, que generó mecanismos para que los nuevos productores puedan insertarse en la industria. Porque el cine suelto a la competencia es como soltar un cordero entre tigres. Encontramos que en América Latina se están instaurando las industrias creativas, y estas industrias están haciendo un buen aporte al PBI, aunque todavía no lo saben algunos ministros de Hacienda o Economía.

—Si Adorno y Horkheimer escucharan que hay que incentivar las industrias culturales se abochornarían.

—Con relación al bochorno de Adorno y Horkheimer hay poco que hacer, finalmente. Porque cuando ellos escriben en 1948 “Dialéctica de la Ilustración” es cuando inventan el concepto de industria cultural pero lo hacen, como sabemos, en un horizonte bastante nervioso, apocalíptico. Ellos, que vienen de la cultura culta y de la gran tradición centroeuropea, empiezan a rebelarse ante una cultura que es sometida a serialización, a lógicas comerciales y a masividad, lo que llevaría a Walter Benjamin a decir que el arte ha perdido el aura en la época de la reproductibilidad técnica. Eso lo dijeron en los 40, lo que ha transcurrido de entonces a hoy es algo que va muchísimo más allá del bochorno, estamos más abochornados que Adorno. No estamos frescos ante el bochorno. Néstor García Canclini explicó, años atrás, que el concepto de cultura podía ser asimilado al de un bizcocho donde había tres capas: la culta, la masiva y la popular. Hoy se observa sobre eso una suerte de transversalidad. La música clásica se mezcla con la contemporánea, el teatro con la perfomance y el videoclip. Hay más combinaciones y todo muy acelerado por la tecnología Habrá que volver a la lectura de “Dialéctica de la Ilustración” y seguramente encontrar que a pesar del bochorno hay una constante de reflexión que persiste ante la banalidad, la superficialidad, por sobre la cultura del comentario, y no del texto primario, la mercantilización o la estandarización de los contenidos. Sobre eso me parece que Adorno y Horkheimer tienen aún mucho por decir. Por eso son un clásico.
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