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 domingo, 31 de diciembre de 2006  
Italia
Padua, ciudad monumental
Historia, arte y universidad confluyen en un foco que alumbra desde hace muchos siglos

Se puede llegar a Padua por caminos de asfalto, anchos de autopista o estrechos de vías comarcales, que transcurren más rectos que sinuosos por la llanura padana. Bien comunicada, como si ocupase un lugar imprescindible en el norte del mapa de Italia, también se consiguen divisar sus cúpulas y campanarios desde trenes modernos. Aunque carece de aeropuerto internacional —el aire no es lo suyo—, existe la posibilidad de desembarcar en sus calles desde el río Brenta, que a veces cubre su cauce de aguas quietas y oscuras con exclamaciones, cuando los turistas hacen olas a bordo de “burchiellos” que van o regresan de Venecia.

Nosotros alcanzamos esta zona del Véneto a partir del lago di Garda, y lo hicimos con dificultad, pues prendados como estábamos de las bellezas de Saló, Limone sul Garda o Gargnano, se nos hizo difícil avanzar. No obstante, como la disciplina es la disciplina, continuamos con el programa viajero que consignaba visita y alojamiento en Padua, capital a la que llegamos, eso sí, con cierta demora.

En el hall del hotel, ubicado frente a una estación de trenes oculta por vallas, obras y una pancarta con propaganda institucional, nos preguntamos si no nos habíamos equivocado de verbo en Garda: avanzar en vez de parar. Era de noche y el entorno nos invitaba a mantenernos bajo techo, pero había que cenar. “No señor, la zona no es segura; es muy segura” certificó la señorita de recepción. “¿El centro?, muy fácil, todo recto, siguiendo la dirección del tranvía por el Corso del Popolo. Más o menos a veinte minutos”.

Veinte minutos no son nada para exploradores con apetito, y un cuarto de hora más tarde, en vez de comer, estábamos sacando fotos a la arquitectura iluminada. Parecíamos turistas compulsivos paseando por calles casi desiertas, encendiendo con flashes a las sombras más renuentes. Sabíamos lo que buscábamos, y lo encontramos pronto, a muchos de ellos de camino: la Arena Romana, la Capella degli Scrovegni y la iglesia de los Ermitaños, todos juntos, a pocos pasos unos de otros, separados por zonas verdes, verjas y jardines.

Ladrillos y piedras por fuera y dentro, bien custodiados, el arte elevado a la máxima expresión: decenas de frescos firmados por Giotto en la Capilla y obra de Andrea Mantegna —salvada de los bombardeos de la segunda guerra mundial— en los Ermitaños. Ya se abrirían las puertas más tarde, para rendirles culto de admiración.

Siguiendo el Corso Garibaldi —que no es otra cosa que Il Popolo con el nombre cambiado— y haciendo un requiebro al final, nos acercamos al Palacio de la Razón, una isla edificada de planta rectangular y ornato riquísimo en un mar de plazas: de las Hiebas, de las Frutas y de los señores.

A pocos metros de allí, enfrentado a la Plaza Cavour, esperaba el Café Pedrocci, edificio neoclásico, hoy sede del Museo del Resurgimiento. Todos los caminos del centro, independientemente del que uno decida tomar, conducen al asombro. Los siglos se suceden, y con ellos la superación: Logia de la Gran Guardia y Palacio del Capitán en la plaza de los Señores, Torre del Reloj y pórtico que da acceso a otra plaza, la del Capitanato, y un poquito más allá —todo está muy cerca— la plaza del Duomo con sus dos centinelas: el propio Duomo y el Baptisterio románico.

Las referencias y con ellas edificios emblemáticos y moradas singulares —como la que resguardara a Galileo Galilei— parecían competir en interés con la omnipresencia de la Universidad, una de las más antiguas del mundo. Tanta es su importancia en el patrimonio ciudadano, que uno puede tropezar con alguna de sus dependencias en cualquier punto.

La Plaza del Santo, y toda la majestuosidad que alberga, debe ser vista de día. Es con sol cuando las iglesias se abren, dando la posibilidad de contemplar con buena luz las obras consagradas por los genios. Mejor de mañana, para rendirse sin prisas ni cansancios a todo aquello que trasciende, como las Capillas del Santísimo, de las Reliquias, de Santiago, de la Virgen Mora o la Sala del Capítulo con las huellas de Giotto.

Cualquier calificativo desmerecería a la imponente Basílica de San Antonio, santuario cumbre de la cristiandad. Cuesta creer en la existencia de una riqueza artística y ornamental tan impresionante, tan distinguida, dispuesta en altares, monumentos o claustros con una prodigalidad propia de otras épocas.

Donatello, autor del altar mayor, tenía parte de “culpa” de nuestra presencia en aquel lugar, atraídos por su “Gattamelata”, escultura ecuestre del “condottiero” Erasmo de Narni. Con avidez digna de conocedor confundido preguntamos la situación del monumento cambiándole el nombre: “Mattalagata”.

Los amables lugareños, sabios, nos dieron pronto razones de su ubicación con una sonrisa indulgente: en la plaza del Santo, justo enfrente de la basílica. Agotada la estancia en Padua, no porque no quedaran cosas por ver sino obedeciendo exigencias del guión viajero, agradecimos no haber cambiado de verbo en Garda.
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La ciudad de Padua se caracteriza por contar con una rica arquitectura adornada por extensas zonas verdes y casas con jardines.



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