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 domingo, 27 de agosto de 2006  
candi
Charlas en el Café del Bajo
candi@lacapital.com.ar

-¿Cuánto sufrimiento en el mundo verdad?

-Así es, Inocencio.

-¡Cuántas personas doloridas, desamparadas, desoladas! ¡Y cuántas y diferentes formas de dolor, desamparo y desolación! ¿Qué siente Candi ante tanto dolor?

-Primero le diré que el dolor o el sufrimiento (aunque psicológicamente no sean la misma cosa) siempre existió. No se trata de abordar el tema pensando que es un fenómeno de la actualidad. Sin embargo, sí es muy cierto que esta desgraciada situación está más extendida en estos tiempos por diversas razones. Ahora ¿qué siento ante tanto dolor? Como cualquier persona más o menos sensible no puedo sentir sino dolor, me formulo preguntas y a veces encuentro algunas respuestas. Otras veces, lo confieso, me quedo confundido porque el vacío que se produce ante el interrogante no puede ser llenado. Y con mucha frecuencia, como tantas otras personas, me cuestiono porque otro interrogante encuentra una respuesta lamentable.

-A ver, continúe.

-Ante la pregunta ¿Qué aporto para mitigar tanto dolor? la respuesta es...

-¿Es?

-Poco y nada, casi siempre es más nada que poco. Así es. Y pensar que tantas de estas heridas que andan por la vida podrían cerrarse y otras tantas evitarse. Pero no, empecinado el ser humano en rendir culto al desquicio, en burlarse de las formas y los fondos, paga por ello un precio caro. Y así, en la escena vemos al sufriente, al desamparado, al olvidado en un costado del camino, clamando como aquel de los salmos: "Mi garganta está seca como una teja,/la lengua se me pega al paladar;/me aprietas/ contra el polvo de la muerte". ¿Quién lo escucha? Algunos, sólo algunos. Los demás, como una caravana ensimismada en un efímero, como veleidoso y fútil destino, siguen su camino. La multitud, entre la que me encuentro las más de las veces, no repara en que como el destino es apenas un espejismo no tardará en ir dejando de a poco a muchos, o a todos, de sus integrantes también al costado del camino vociferando: "Dios mío, Dios mío,/¿por qué me has abandonado?/a pesar de mis gritos,/mi oración no te alcanza./Dios mío, de día te grito,/y no respondes;/de noche, y no me haces caso". Entonces, al fin, cansados todos de dar voces y de no obtener respuestas, agobiados por las penas causadas por tremendas situaciones, levantaremos el dedo condenándolo a El, irremisiblemente: "¡No me salvaste, por tanto te condeno al abandono, a la inexistencia! Es una paradoja.

-¿Por qué?

-Porque como puede demandarse a Dios cuando el propio hombre, antes, permitió que "inexistiera".

-No puede el hombre lograr la inexistencia de Dios.

-Por supuesto que sí. Claro que se trata lo mío de una figura, de una metáfora, pero véalo desde este punto de vista: Si mora Dios en cada criatura, cuando permito que un ser humano quede exhausto al costado del sendero y aún más, cuando nada hago para impedir que una parte de él muera o directamente hiero gravemente una parte de su ser, pues condeno a Dios a que no exista "para mí". Lo condeno, no me condena ¿Es claro eso? ¿Se entiende? Le impido que me ayude en mi desventura, por cuanto no ayudé al desamparado o incluso colaboré para su desamparo. No me cierra las puertas, se las cierro. Sin remisión, lo dejo morir "para mí". Sin embargo...

-¿Sin embargo?

-Sin embargo cuando comprendo la brutalidad de mi acto, cuando me arrepiento de tanta mezquindad de mi parte y empiezo a balbucear desde el fondo de mi pena y de mi corazón: "Lo siento, lo siento de veras, por eso no te quedes lejos;/fuerza mía, ven corriendo a ayudarme./líbrame a mí de la espada,/y a mí única vida de la garra del mastín;/sálvame de las fauces del león;/a éste pobre, de los cuernos del búfalo"; pues entonces se produce el milagro de la resurrección de Dios, también "para mí". Los amigos agnósticos y ateos pueden reemplazar, en este comentario, el nombre de Dios por el de "leyes de la existencia".

Candi II



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