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 domingo, 25 de junio de 2006  
La mano de Dios y una especie de venganza
El partido contra Inglaterra en el mundial de 1986, clave en la construcción de la leyenda de Diego

Hay un momento particular en la historia de Maradona, que podría funcionar como eje en torno al cual se organizan el pasado y el futuro en función del carácter excepcional que le otorga toda la carga simbólica que condensa. Este momento tiene que ver con lo que se interpretó como un acto de justicia que se confunde otra vez, como en aquel junio de 1970, con la hora de la revancha. En junio del 86, a cuatro años de la capitulación argentina en Malvinas y cuando nuestro futbolista ya se había convertido en la persona más conocida del planeta, el equipo nacional volvía a ganar la Copa Mundial de Fútbol.

En los últimos tramos de ese evento, Argentina jugó contra Inglaterra. Hubo dos goles de Maradona que definieron el resultado. Así interpretó la sensibilidad popular este encuentro: en el campo se enfrentaron Argentina e Inglaterra, y Maradona fue el instrumento que llevó a la Argentina a la victoria. Nunca esta remanida figura retórica fue más literal: "Argentina" e "Inglaterra" no estaban como sinécdoque de sus respectivos equipos, sino como símbolos de sí mismas. Fue un ajuste de cuentas que si bien no tuvo, obviamente, ninguna repercusión en la realidad geopolítica, representó en el plano de lo imaginario la posibilidad de una reivindicación que ningún poder de facto podía embargar, como había ocurrido en el 78.

Y sin embargo, como todo el mundo sabe, uno de los dos goles no podría haber reclamado ese título según las reglas de ese juego. No importa si el árbitro lo convalidó, porque lo que estaba en juego era una cuestión moral que tenía que ver con otras reglas: la espinosa cuestión del honor de un pueblo, honor que no sólo había sido mancillado por los ingleses en el campo de batalla, sino también por la farsa cómplice de los medios y sus más representativas figuras al servicio de la desinformación, por los militares corruptos, por las bufandas y calcetines que nunca llegaron, por la traición de países vecinos, las jóvenes víctimas inocentes, etc.

Entonces, si el gol no fue gol, la justicia restablecida por la victoria ¿era o no justicia? Maradona dijo que la mano oculta que metió la pelota en el arco fue "la mano de Dios". Este argumento digno de un sofista fue recogido por los argentinos como la respuesta más adecuada que podía darse a un dilema de esa naturaleza: si se trataba de fútbol, la humorada era más que suficiente para saldar la cuestión, porque después de todo ¿quién sino Maradona puede recibir ese título? Pele será rey, pero Maradona es dios, y los dioses -traviesos- pueden recurrir a esos expedientes -gustaba decirse por aquellos años. Si en cambio se trataba de política, existían fuertes razones históricas para dejar de lado esta clase de pruritos: algo del orden de la "venganza" se había cumplido, y eso era suficiente. Pero esta vez sin derramar una gota de sangre.

La democracia apenas reinaugurada y todavía fuertemente connotada por reivindicaciones de orden moral fue el clima político de ese momento. Esta vez el pueblo podía agitar sus banderas en las calles, festejar finalmente su triunfo sin convalidar con ello -a conciencia o sin ella- alguna complicidad criminal.

Pero si quedaban dudas acerca de la legitimidad de la victoria argentina (futbolística y moral), el verdadero "milagro", según otras interpretaciones, fue el segundo gol hecho minutos después y que todavía hoy encabeza la lista de mejores jugadas de gol en la historia de los mundiales. El escritor inglés Martin Amis lo cuenta así: "Maradona recogió un pase en su propia área penal, bajó la cabeza y, como si expiara un pecado, arremetió a través de todo el equipo inglés, engañó a Shilton e introdujo el balón en el arco". ¿Cuál es el gol que prefieren los argentinos? "Cada uno tuvo su encanto", evalúa Maradona en "Yo soy el Diego", su autobiografía.

N. G.
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Polémico. El primer gol a los ingleses.

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