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 domingo, 25 de junio de 2006  
La hinchada del Pato
Todo Bouquet festejó la victoria de la selección y la actuación de Abbondanzieri

Walter Gasparetti / La Capital

Los familiares de Roberto Abbondanzieri escogieron sus sillas sin romper la cábala. El escenario fue una de las aulas de la Escuela Nº 352 en la que el Pato cursó el secundario.

  Allí colocaron un televisor gigante. Los padres del Pato, Carlos y Esther, se sentaron en el centro. A un lado, la hermana, Adriana, y los nietos. Todos vestidos con la camiseta. Alrededor de ellos, decenas de vecinos y alumnos.

  El “te queremos Pato, te queremos”, no cesó ni siquiera cuando convirtieron los mexicanos. Se hizo un silencio, claro, como en todo el país, pero de inmediato retomaron el aliento que se hizo explosivo cuando Argentina empató.

  Carlos se muerde las uñas y sigue el movimiento del equipo sin pestañar. “Es muy trabado —opina—, pero lo vamos a sacar adelante”. No se equivocó, como tampoco cuando hizo sus vaticinios para los cambios, o cuando calificó a Maxi Rodríguez de jugador imprescindible.

  El aula explota ante el segundo gol. Se agitan las banderas, los gorros. Todos festejan y Carlos no puede contener las lágrimas y la emoción cuando los vecinos se acercan para abrazarlo y para decirle que la actuación del Pato fue descollante.

  El festejo continuó en las calles del pueblo que se plagó de banderas argentinas para celebrar el triunfo y la actuación del hijo del pueblo. “Es que más allá de recordarlo como arquero y buena persona, el nos puso en la geografía mundial”, se sincera una docente de la escuela media.

  “Y pensar que sus inicios fueron jugados de dos”, dijo Carlos al hacer referencia a la destacada actuación de su hijo. Parece increíble, pero todo comenzó en un campeonato que se jugó en Las Rosas. En ese partido faltó el arquero del equipo del pueblo, pero alguien dijo: “Pongamos el Pato que sabe atajar”. Tenía 10 años.

  Su actuación fue tan brillante que a los pocos días los técnicos de Argentino de Las Parejas lo agregaron al equipo de la Liga Cañadense y cuatro años más tarde se convirtió en arquero de Central.

  “Gracias a todos, no saben lo bien que me siento”, les dice Carlos mientras Esther se abraza con los chicos. Fue como en cualquier casa o bar en el momento en que el árbitro pitó el final. “No tengo palabras para agradecer todo esto que me dan”, añade Esther, igualmente emocionada.


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