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 domingo, 12 de febrero de 2006  
Primera persona: Nora Cortiñas
Las Madres de Plaza de Mayo que no detienen su marcha
"La resistencia no termina porque lo diga Hebe de Bonafini", dice la referente de la Línea Fundadora de la organización que simbolizó la lucha contra la dictadura

Rodolfo Montes / La Capital

Cuando secuestraron a su hijo Gustavo, en la estación Castelar, el 15 abril de 1977, Nora Cortiñas era profesora de alta costura. "Mi vida era otra vida", dice, sin nostalgia ni retórica gestual. Sencillamente, tuvo otra vida hasta hace 29 años. Justo 15 días antes del primer acto en la Plaza de Mayo de las primeras catorce madres, el sábado 30 de abril, secuestraron a Gustavo y cambió para siempre la vida de Nora.

"Hice un hábeas corpus y lo fui a ver al obispo de Morón de entonces, Miguel Raspanti, que se decía a sí mismo el «cura rojo». Pero con el tiempo descubrí que de rojo nunca tuvo nada", recuerda la referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora desde la casa de la institución en Piedras al 100, en la ciudad de Buenos Aires, a cuatro cuadras de la mítica plaza.

En las primeras semanas de aquel mayo de 1977, Cortiñas se contactó con otras madres que habían comenzado a reunirse, impulsadas por Azucena Villaflor, hacedora fundamental del grupo inicial, la que convocó a la plaza y arremetió contra el dictador Videla, por entonces jefe de un gobierno consolidado y hasta con consenso. Siete meses después, el 10 de diciembre, a instancias del represor Alfredo Astiz, Azucena fue secuestrada y desaparecida.

"Nosotras dejábamos a nuestros maridos y demás hijos en casa, y nos juntábamos solas en la plaza, para preservar una parte de la familia. Calculábamos que a nosotras solas era más difícil que nos reprimieran", recuerda Cortiñas. Igualmente los militares secuestraron a tres madres de ese grupo y también a ocho madres -todas desaparecidas- de presos políticos de entonces, un dato que no está debidamente difundido.

-¿Qué recordás de los primeros actos en la Plaza, con Videla en la Casa Rosada?

-El primer acto fue un sábado, y casi no tuvo repercusión porque no había gente, era sábado. Entonces se pasó al primer viernes de mayo, pero una madre luego propuso cambiar el día porque decía que los viernes era "día de brujas", que podía traer mala suerte. Y no es todo, lo más curioso -lo recuerdo como si fuera en este momento-, cuando decidíamos el día, una madre no quiso que fuera los lunes, "porque los lunes es el día de lavado de la ropa", dijo. Entonces quedó el jueves.

-Estaban creando la organización de derechos humanos tal vez más relevante del mundo entero en la segunda mitad del siglo XX, y seguían siendo amas de casa.

-Muchas éramos amas de casa, otras profesionales y de muy distinta extracción social y económica. Pero nos juntábamos igual. Fue una respuesta visceral, impulsada por el cuerpo. Nos habían amputado una parte de nuestros cuerpos, a nuestros hijos e hijas, y decidimos salir, pero sin imaginar la dimensión política que iba a tomar nuestra lucha.

-¿Qué pensás de la decisión de Hebe de Bonafini de dar por terminadas las marchas de la resistencia?

-La Marcha de la Resistencia va a continuar. Es una resistencia al olvido, a la injusticia, a la no información. Para que nos digan qué pasó con nuestros hijos. La Marcha de la Resistencia no termina porque lo determine la señora Hebe de Bonafini. Nos parece una decisión equivocada de su parte, las madres no condicionamos nuestra causa por una mejor o peor valoración política que hagamos de un presidente democrático.

-¿Cómo calificás la relación con el presidente?

-Desde ya, reconocemos que Néstor Kirchner tomó decisiones por los derechos humanos del pasado, contra la impunidad, como ningún otro presidente lo había hecho. Pero nosotras mantenemos independencia, respeto mutuo, y nuestra lucha continúa porque aquí hay demasiadas cuestiones por resolver todavía. Incluso los derechos sociales y económicos por los que lucharon nuestros hijos, que también son derechos humanos, siguen siendo ultrajados en la Argentina donde viven catorce millones de pobres. Pero no es cuestión de estar o no enfrentados con el gobierno. Hay decisiones que no nos gustan, como el envío de tropas a Haití, una militarización que no corresponde en un país pobrísimo, que necesita alimentos y médicos, y no militares. Propiamente me dio vergüenza y dolor.

-¿Te sorprendió el giro de Hebe?

-Hebe siempre planteó posiciones muy terminantes, por aquello de "ni un paso atrás", y con esta decisión creo que ha dado muchos pasos atrás. De todos modos, ni Hebe de Bonafini ni ningún otro familiar víctima de la represión son enemigos de Madres de Plaza de Línea Fundadora. Tampoco vemos conveniente plantear la relación con el gobierno en términos de "amigo" o "no enemigo", como lo planteó Hebe con Néstor Kirchner. Se trata de una toma de posición de carácter partidista, ajena al espíritu de nuestra organización. Para nosotras un gobierno constitucional es una instancia para continuar nuestros reclamos, y profundizar la justicia. Desde ya que no es enemigo, pero tampoco como para suspender las marchas de la resistencia.

-Volviendo a los tiempos de plomo, ¿cómo fuiste creciendo en la vida que se te planteó cuando desaparece tu hijo?

-A los militares les preocupó que nos organizáramos. Hubieran preferido que nos quedemos solitas, cada una con su altarcito rezando en su casa, pero no pudieron. Por eso jugaron a enloquecernos con las mentiras, con las eternas esperas en los cuarteles, con las pequeñas y grandes humillaciones cotidianas a que nos sometían cuando buscábamos a nuestros hijos. Nosotras perdimos a nuestros hijos, algo irreparable, pero ellos perdieron en términos culturales, históricos y políticos. Y en muchos casos perdieron a sus familias. Porque muchas mujeres de militares, cuando se enteran cuál era la actividad de su marido en las madrugadas -por ejemplo, secuestrar, violar, torturar y matar- los abandonaron. O el caso de los hijos, que con el paso del tiempo hasta decidieron cambiarse los apellidos.

-¿Cómo fueron aquellas reuniones con militares, desde la perspectiva actual?

-Cuando nos sentábamos con coroneles o almirantes a pedir por nuestros hijos, no hubo diálogos, fueron más bien enfrentamientos. "No se preocupe señora, si es un perejil, lo van a largar", nos decían los canallas. Y yo les contestaba: "no entiendo la palabra perejil". Explicaban: "quiere decir que lo usaron y él no sabía bien de qué se trataba". Entonces yo les contestaba que mi hijo no era un perejil porque conocía bien por qué luchaba. Recuerdo la sensación de asco y repugnancia que me daba estar dentro de un cuartel con esos tipos.

-También hubo reuniones con representantes de la Iglesia Católica.

-La cúpula de la Iglesia Católica argentina tuvo una actitud pésima con las Madres de Plaza de Mayo. Recuerdo entrevistas con monseñor (Emilio) Graselli, que usaba sotana y botas de militar y nos decía: "Tal vez a su hijo lo tengan bien, limpito, y lo lleven en un auto para que él señale a sus compañeros por la calle". O también nos decían: "A lo mejor su hijo se fue con otra mujer, porque no le gustaba la que tenía". Fue muy impresionante.
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Cortiñas milita en las Madres desde sus orígenes.

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