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 domingo, 25 de noviembre de 2007  
[Primera persona]
Cuando se abre el placard
La problemática de los adolescentes gays es reflejada en Los imprudentes. Su autora, Josefina Licitra, analiza ese delicado pasaje en la vida de un grupo de chicos

Lisy Smiles / La Capital

Cuando Josefina Licitra era chica escribía mucho, “pero mucho”. Cuentos, le gustaba contar historias que inventaba. Cuando fue adolescente su madre ofició de guía vocacional: “Ya que te gusta tanto escribir, por qué no pensás en el periodismo”. Y al poco tiempo alguien puso una revista La Maga en sus manos y allí encontró un aviso donde el Taller Escuela Agencia (TEA) promocionaba sus cursos. Se anotó. Era adolescente y buscaba construirse. Hoy, y tras haber ganado hace unos años el premio de la Fundación Nuevo Periodismo, sigue escribiendo mucho, sólo que las historias que cuenta son reales, como las de Los imprudentes (Tusquets), sobre un grupo de adolescentes que intentan ser gays o lesbianas.

“Lo que encontré no fue una postal morbosa ni un universo de chicos retorcidos, sino el reflejo de lo que yo había sido en mi adolescencia: un aluvión de preguntas”, advierte Licitra en las primeras páginas de su libro.

El libro, publicado dentro de la colección Crónicas, surgió luego de que la periodista escribiera una nota para la revista Rolling Stone. Reúne el relato de siete adolescentes que intentan asumir su condición sexual y para lograrlo deben franquear su propia historia ante sus padres y amigos,

Algunos de los nombres son ficticios, pero las historias desgranan pura realidad. Santos es el hijo menor de una familia porteña que vive entre Recoleta y Pilar; Nahuelle es militante de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA); Andrés quiere ser psicólogo; Federico sueña con ser diseñador de ropa y las divas lo pueden; Carolina, una ex fan de Bandana, sufre en carne viva su condición sexual; Lucía, hija de padres progres, no está ajena al conflicto y Julio transita su historia con una madre muy particular.

En su libro Licitra no sólo recrea estas historias, sino que aporta datos, investigaciones, documentos y, con especial sutileza, su punto de vista. En vez de una opinión expresa, hay una fina amalgama de relatos por donde tímidamente asoma su propia mirada.

En diálogo con Señales, Licitra recrea esta vez la construcción del libro.

—En los relatos aparecen la familia, la Iglesia y la educación como dispositivos que intentan torcer la decisión de los chicos, pero también los terapeutas. ¿Eso te asombró?

—Sí, en realidad cuando yo escuché a los chicos me produjo asombro y ahora me sorprende el asombro que eso produce en los que leen el libro. Mi mamá es psicoanalista, yo no tengo ningún tipo de encono personal con los psicólogos, me analizo desde que tengo memoria, o sea, no vengo de un territorio donde se diga que “los psicólogos son todos truchos”. No quiero generalizar eso de que los psicólogos te quieren hacer hetero, pero me llamó la atención que los casos coincidían en eso. De la Iglesia lo esperás, su posición a esta altura es casi una caricatura de la no aceptación. Pero un analista es alguien que tiene que tener el oído puesto para escuchar al otro y no para invadirlo de su propia subjetividad. Me pareció muy llamativo que la intención fuera normalizadora.

—También hay cierta tensión entre contener o debatir.

—Yo creo que es valioso, por ejemplo, el grupo de jóvenes de la CHA. No es un grupo de autoayuda, es simplemente un espacio donde se juntan chicos y chicas a hablar sobre lo que les pasa, donde no es que haya un temario reglado tipo “hoy hablaremos de la soledad de los chicos gays”, sino que charlan como cualquier grupo de adolescentes. Es más bien un espacio de charla para no estar tan solos en algunas cuestiones que les toca vivir. El tema de la contención es complejo, en su nombre muchas veces les estás atando las manos a tu hijo, y lo estás atando a la pata de la mesa para que no salga y así lograr que no te abochorne en la calle. Por eso aquello de “hay que contener al gay o la lesbiana” es algo bastante peligroso.

—¿Otro prejuicio es “todos somos iguales”?

—Sí. Una de las chicas que cuenta su historia en el libro, Lucía, justamente se refiere a eso y lanza un “todos somos diferentes”. Y a mí cuando se lo escuché me gustó mucho, y pensé “con qué naturalidad uno acepta eso «de todos somos iguales»”. Es verdad que es una frase que aparece como con buenas intenciones, y me parece que apunta más a una carga socioeconómica, tipo “los ricos y los pobres somos iguales”, algo que no es así. Me pareció una vuelta de tuerca interesante, porque ese criterio homogeneizante también puede ser peligroso.

—El concepto de la igualdad suele aparecer ligado a la cuestión de mercado. ¿Qué opinás de los sitios friendly (amigables)?

—Ese es todo un tema. Se trata del gay consumidor, el que está englobado en esta idea del gay friendly, cuando vas a un bar y está la sonrisita en la puerta, o el hotel que acaban de inaugurar en Buenos Aires. Cuando el gay consume ahí es maravilloso, es muy cool y es fantástico. Ahora cuando no tomás al gay o lesbiana como consumidor, que es cuando no está en el circuito más obvio o más público, ahí ya la cosa no es tan gay friendly. Me parece que eso debe ser bastante perturbador para muchos chicos, sobre todo en esta ciudad que se empezó a armar como el polo gay latinoamericano. Debe ser muy complicado ver que se promueve todo esto y dentro de sus casas no saben con qué palabras hablar con sus padres.

—¿Y eso debe ser peor cuando se suma la discriminación económica?

—Sí, dentro del mundo gay friendly aparece esa imagen del gay simpático, bien vestido, con onda, arreglado, bronceado, cool. Pero si sos un gay fierita o una lesbiana fea, si sos gorda , o si sos machona no te dejan entrar en ningún lado. El gay friendly va para el que es lindo y cool. Ahora, si no tenés plata, sos feo o sos gordo, ahí ya no es tan friendly.

—¿Este sector para el que su condición no parece ser tan amigable serían los nuevos freaks?

—Sí puede ser, pero me parece que siempre hay un halo freak sobre cualquier gay, entre o no en el canon de lo que es el gay simpático o impuesto por el mercado. Siempre el gay tiene un costadito donde si a vos te resulta simpático es porque tiene algo medio freak o porque tu mirada es esa, no porque él o ella lo sea. No quiero ser ofensiva, pero me parece que los únicos gays que no son vistos como freaks son aquellos a los que no se les nota que son gay. Desde el momento en que se nota, es como que siempre corren el riesgo de ser mirados como un pequeño fenómeno: “Mirá el gay, mirá el puto, mirá la lesbiana, mirá esas dos tortas”. Me parece que sólo dejan de ser fenómenos cuando no se les nota. ¡Y vaya carga esa!
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Asombro. "Me sorprendió el relato de los chicos sobre el rol de los psicólogos", dijo José Licitra.

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