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 domingo, 01 de agosto de 2004

Educación: Marcas y etiquetas

La verdad y el trabajo en equipo son valores que hacen a las instituciones, en particular a la escuela. Sin embargo, el discurso no siempre es acompañado por la práctica. De hecho, la hipocresía y el egoísmo son hoy una característica de nuestra sociedad, aunque luego nos cansemos de hablar en nombre de los valores antes mencionados.

Las escuelas fueron y son los lugares en los que tradicionalmente se transmitía el saber, junto -claro está- a los valores que hacen a la verdad y al trabajo en equipo. Pero, algunas de ellas, en alguna parte de su recorrido perdieron el rumbo previsto y olvidaron este mandato.

Pasaron entonces -y entre otras acciones que contradicen su objetivo fundacional- a hacer lo que hace la gente común en situaciones comunes: elaborar prejuicios y preconceptos acerca de otras instituciones, entre ellas las mismas escuelas.

Al hacerlo, también construyeron su propia identidad, arrogándose el poder de la verdad.

Ocurre que las instituciones que miran hacia afuera no pueden ver sus propias fallas. Errores que todas las escuelas tienen: algunas los han reconocido y trabajan con ellos, sin esconderlos; otras han optado por negarlos después de haberlos descubierto; algunas los reconocieron pero no los dejaron trascender a la comunidad, prefirieron "guardarlos debajo de la alfombra"; otras ni siquiera se tomaron el trabajo de hacer el análisis porque lo consideraron un tema superado y, finalmente, las menos, creen estar en el "paraíso terrenal" y no tener nada más que atributos.

Quizás el camino a este debate sea que las escuelas dejaran trascender tanto sus debilidades como sus fortalezas, y tener ambas un perfecto estado de equilibrio para no caer en el engañoso pensamiento de que tenemos "la casa en orden".

Todas las instituciones escolares tienen su historia y también su identidad, su marca. Es la que está dada por quienes las hicieron, las vivieron y las quisieron porque trabajaron o se vincularon con ellas de alguna manera.

Cuando a una escuela se le borra desde el afuera esa marca, no se está obrando con justicia ni con honestidad. A veces ese "borramiento" viene desde la misma sociedad, pero otras veces -y esto es más peligroso- proviene de otras instituciones similares.


Trabajo de los maestros
Una marca puede no gustar demasiado, pero es la que se tiene. Una escuela no deja ingresar solamente a alumnos altos, rubios, de buena posición económica -atributos que suelen circular en el imaginario colectivo como sinónimos de "mejores estudiantes" y bien nutridos. Esto es discriminar. Esto es antivalor. Esto es hipocresía.

Y si a la marca de una escuela se la pretende asociar con "alumnos negritos" o "alumnos delincuentes" o "alumnos repetidores" o "alumnos pobres y mal vestidos", entonces lo que se hace no es hablar de su marca, sino poner etiquetas. Y éstas, aunque parezcan ser inofensivas, son dolorosas.

Una marca no duele cuando está asumida, se la siente en el cotidiano transcurrir de una jornada institucional, pero una etiqueta -cuando proviene de la ignorancia de los que deben comprometerse con la prédica y la ejercitación de los valores- genera desconcierto y dolor.

Quienes se involucran con la enseñanza y el trabajo de las escuelas -más que nadie- deben dirigir sus objetivos hacia la verdad, los principios y las conductas altruistas para que quienes entran a una escuela a educarse puedan ver reflejado en los "maestros" lo mismo que predican.

Profesora en lengua y literatura Marcela Ruiz

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