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 miércoles, 11 de octubre de 2006  
Crónicas regionales. Un paseo por la historia y el presente de localidades de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos
Serodino, pasión por el fútbol y el campo
Cuna del escritor Saer, el pueblo tiene una fuerte producción agropecuaria y fervientes amantes del balompié

Marcelo Abram / La Capital

Serodino.- Esta pequeña localidad del sureste santafesino que cuenta con poco más de tres mil habitantes se caracteriza por su preponderante producción agropecuaria y la pasión futbolera que estimulan los clubes Belgrano y Boca Juniors, que dividen los corazones de los pobladores.

Si bien es una localidad tranquila, la serenidad de sus calles se vio sacudida hace casi dos años, luego de la pavimentación de la ruta provincial 91, en el tramo que la une con la vecina Totoras, una obra que representó que un inesperado número de camiones comenzara a cruzar por el corazón del pueblo con destino a los puertos del cordón industrial pero que generan una reactivación económica.

Sus orígenes se remontan al 23 de octubre de 1855, cuando José Freyre y su hijo Benito compraron al Estado una importante cantidad de hectáreas que actualmente conforman el distrito, las cuales con el correr del tiempo fueron adquiridas por Dionisio Aldao y Pedro Pardón, quienes las utilizaron para el pastoreo del ganado. Esa actividad se prolongó hasta que Aldao loteó y vendió los terrenos a numerosas familias -entre las que se encontraba la de Pedro Serodino- que por primera vez incursionaban en el cultivo de cereales en los campos vírgenes de la zona.

La conformación del pueblo propiamente dicha se dio indudablemente a partir del trazado de la línea ferroviaria que llegaba desde Rosario, que por ese entonces debía cruzar esas tierras para la construcción del ramal Rosario-Díaz, para lo cual se solicitó a algunos propietarios la concesión gratuita del espacio necesario y otra porción para levantar la estación.

Como el trazado original de las vías no puedo concretarse debido a las exigencias económicas de uno de los colonos -Lorenzo Bessone-, se llegó a un entendimiento con Pedro Serodino, quien facilitó los terrenos para la construcción de la línea y se comprometió a lotear los predios cercanos a la estación, construida en 1885 y que finalmente llevó su nombre.

Posteriormente, Serodino construyó la primera casa en el actual perímetro y trasladó allí su negocio de ramos generales coincidentemente con la inauguración del ferrocarril, acontecimiento que le valió el mérito de fundador del pueblo. Asimismo fue integrante de la comisión de fomento y a pedido suyo se creó la escuela General José de San Martín.

Más tarde, el pionero de origen suizo cedió los predios para la iglesia, fundada en 1891 y fue presidente del Centro Social Serodinense (1893), miembro de la comisión pro nuevo templo (1900), padrino del edificio parroquial junto a su esposa (1906), vocal y presidente de la comisión de fomento en varias oportunidades.


Pasión futbolera
La pasión futbolera de los serodinenses se divide -además de los grandes equipos de primera división- en los dos clubes locales: Boca y Belgrano. Sin embargo, las estadísticas no reflejan muchos datos históricos de enfrentamientos entre las dos formaciones porque ambos compiten en ligas diferentes. Incluso, según los memoriosos, el último encuentro se habría disputado en la década del 50.

En épocas en que los cuadros rosarinos Rosario Central y Newel's militaban en la segunda división del fútbol argentino y jugaban los sábados, los jugadores de ambas escuadras se ponían los domingos las camisetas de los clubes locales para reforzarlos en la competencia regional.


Cuna de literato
Además de la pujanza de su gente, Serodino es reconocido por ser la ciudad natal de Juan José Saer, el escritor argentino fallecido en junio del año pasado, cuyas obras son consideradas una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea.

Saer nació el 28 de junio de 1937 y vivió un tiempo en la localidad santafesina de Colastiné. Fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, donde enseñó historia del cine y crítica y estética cinematográfica. Tras una prolongada enfermedad en París, donde residió desde 1968, murió a los 67 años.

Entre sus obras se destacan "En la zona" (1960), "Palo y hueso" (1965), "Unidad de lugar" (1967), "La mayor" (1976) y diez novelas: "Responso" (1964), "La vuelta completa" (1966), "Cicatrices" (1969), "El limonero real" (1974), "Nadie nada nunca" (1980), "El entenado" (1983), "Glosa" (1985), "La ocasión" (1986, Premio Nadal), "Lo imborrable" (1992) y "La pesquisa" (1994). Sus trabajos han sido traducidos al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.
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La reactivación del pueblo llegó de la mano de las recientes obras viales.

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