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 domingo, 02 de julio de 2006  
Tema de la semana
Malvinas: hace falta un criterio ajeno a coyunturas

Si hay una cuestión sensible y capaz de erizar la piel de los argentinos dentro de la crónica histórica nacional del último medio siglo, esa es la guerra perdida en el Atlántico sur tras el fallido intento de recuperar por las armas las islas Malvinas. Indignación, tristeza, impotencia y frustración son apenas algunos de los sentimientos que despiertan entre la gente el recuerdo de la dura derrota militar y los reales motivos que impulsaron la decisión de invadir, cuyo sano fundamento basado en el indiscutible derecho territorial no permite bajo ningún concepto avalar una resolución que se fundó en el mero oportunismo político y el deseo de la dictadura militar de eternizarse en el poder a cualquier precio.

   La dolorosa caída posterior a tan imprudente desafío aún se presenta como una herida abierta y sangrante en la sociedad nacional, que ansía recuperar las islas y al mismo tiempo ya ha comprendido de manera definitiva que la paz es la única ruta que puede ser recorrida si intenta llegarse a la meta con éxito. Sin embargo, y tal cual suele suceder en el país con frecuencia excesiva, un tema tan delicado no se traduce en una posición común que refleje el sentir y el pensar de la mayoría.

   Poco tiempo atrás se divulgó la versión de que el presidente Néstor Kirchner tendría “in péctore” un pronunciado golpe de timón en la política nacional en torno de las islas. A la “desmalvinización” que preconizaron Raúl Alfonsín y su canciller Dante Caputo

—recuérdese que por entonces incluso se suprimió el 2 de abril como fecha patria en el calendario— y el pragmatismo que impuso Carlos Menem por intermedio de la gestión de Guido Di Tella —con su recordada teoría de la “seducción” de los isleños mezclada con la firma de acuerdos comerciales— le seguiría entonces una tendencia fundada sobre un discurso menos conciliador, que reflotaría sin cortapisas la añeja pero constantemente renovada noción de imperialismo.

   Los evidentes zigzagueos que el párrafo anterior deja expuestos denotan el núcleo del problema: pareciera que una cuestión nacional clave como Malvinas se convierte en presa de turno de los intereses coyunturales de los grupos, partidos o individuos que ejercen el poder. Ya es hora de que se dé un viraje en torno de tan crucial asunto, y así como en esta columna se ha planteado oportunamente que ciertos lineamientos económicos básicos no pueden depender del ocasional gobernante, similar postura merece la estrategia a seguir para la definitiva recuperación de las islas.

   Como nítidos indicios del cambio de rumbo que se avecina pueden ser vistos el reciente reclamo del canciller Jorge Taiana durante la última reunión del Comité de Descolonización de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y las declaraciones del titular de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, el kirchnerista Jorge Argüello, quienes efectuaron fuertes críticas a la decisión británica de extender los permisos de pesca al desusado lapso de veinticinco años. El plan que se prepara en los más altos niveles del poder, de acuerdo con los trascendidos que circulan, es cerrar el llamado “paraguas de soberanía” bajo cuya protección se suscribieron durante el menemismo los acuerdos pesqueros y de exploración petrolífera.

   Pero se insiste: lo ideal sería proyectar las potenciales nuevas líneas de acción desde el conocimiento y el consenso públicos. Más allá de que indudablemente el gobierno posee todas las atribuciones legítimas para imprimir su sello propio en la política exterior —a la cual en numerosas ocasiones se ha calificado con acierto como uno de sus flancos más débiles—, un tema que atañe tan hondamente al sentir y la identidad de los argentinos merece un tratamiento especial, ajeno al hermetismo desde el cual la administración kirchnerista conduce la agenda del Estado.

   La recuperación de las islas del Atlántico sur, junto con la erradicación de la pobreza, es una de las insustituibles madres de la nueva Argentina que todos esperamos, ese país al que devastaron los autoritarismos mesiánicos y la democracia adolescente. Ni “desmalvinización” ni liviana prepotencia: lo que se necesita es una combinación de firmeza y diálogo, de madurez y conciencia nacional, en procura de la consecución de un objetivo que si bien es innegociable no debe ser confundido con la bandera que enarbolan los fanáticos.


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