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 domingo, 19 de septiembre de 2004

Consagración de la primavera

Leonardo Freidenberg

Villa La Angostura parece mucho más pequeña de lo que realmente es a los ojos del viajero. La comparación entre un casco urbano diminuto y la naturaleza imponente de su entorno, es inevitable. Por eso esta aldea de montaña situada a ochenta kilómetros de San Carlos de Bariloche, es en sí misma un contraste.

Lugar de silencios largos en los alrededores y de murmullos quedos en lo que podría considerarse el centro del pueblo, "la villa" -como la llaman sus habitantes- es un paraíso de la gastronomía donde los sibaritas hallarán experiencias poco comunes.

La fusión de comidas europeas con especialidades patagónicas es un clásico de la zona, pero las parrillas compiten con carnes tradicionales y salvajes y las casas de té con sus especialidades, mientras las fábricas de chocolates, dulces de frutas exóticas y cervezas artesanales participan de esa fiesta interminable y deliciosa.


Ruta de los artesanos
Los productores locales han montado una sucesión de negocios y talleres (Ruta de los Artesanos y Productores), en la que se concentra la mayor parte de la producción local en pequeña escala. Y es posible recorrerla toda o en partes y elegir las especialidades.

Aun hoy con la nieve que cubre de blanco el Cerro Bayo, la gente esquía o simplemente disfruta de la altura. Algunos son turistas y muchos son vecinos del lugar que aprovechan el espacio dejado por las multitudes de las vacaciones de invierno para gozar del privilegio de vivir en esta región de la Patagonia andina.

Es en esta época cuando los precios en Villa La Angostura son mucho más piadosos con el bolsillo. Salvo los de la comida, que desciende poco, las tarifas de hoteles, hosterías y cabañas se reducen o se ofrecen con promociones que facilitan la estadía en el destino.

Todavía vigente la temporada invernal parece negarse a dejar su lugar a la primavera, esa época donde todo florece y se viste multicolor. Los espejos de agua empiezan a poblarse de nuevos y antiguos habitantes que serán indefectiblemente buscados por los que llegarán a partir de noviembre, mes en que se abre la temporada de pesca.

Ya las bicicletas comienzan a circular con mayor asiduidad y hasta el calor aprieta algo en las primeras horas de la tarde de ciertos días. Entonces aparecen actividades alternativas, propias de climas más cálidos, como las caminatas en el Bosque de Arrayanes, las excursiones con llamas, y cuanta aventura pueda imaginarse el forastero.

No hay casinos ni cabarets, pero la vida nocturna tiene sus espacios en bares y restaurantes que después de la medianoche -especialmente los viernes y sábados- juntan a los pobladores con los recién llegados. El conserje, la moza, la vendedora del negocio de la otra cuadra, el instructor de esquí, el guía, el dueño del restaurante, serán algunas de las caras conocidas que el viajero encontrará cuando decida que la música a volumen altísimo reemplace a la callada tranquilidad del mundo cercano que existe puertas afuera.

Pocos lugares del mundo remiten tanto a la primavera como Villa La Angostura. Una partitura de Igor Stravinsky, un cuadro de Guillermo Kuitca, una novela de Alejo Carpentier y este pueblito maravilloso, son la síntesis de una estación que lleva al placer desparramado en los cinco sentidos. La consagración de la primavera tiene entonces un lugar físico, longitud y latitud determinada, una ubicación geográfica. Y es aquí.

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