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 domingo, 26 de febrero de 2006  
[Primera persona] - Ricardo Coler
Cuando ellas mandan
"El reino de las mujeres" es el título del libro que revela las claves del último matriarcado, en una comunidad china. Un viaje a un mundo desconocido

Lisy Smiles / La Capital

En la provincia china de Yunnan, Moshui es una población de unos 25 mil habitantes que, a modo de pequeñas aldeas, se esparce en derredor de un bello lago. En los techos de sus casitas se sospecha ese típico estilo pagoda. Si uno ve las fotos ese sería un detalle que llama la atención, pero si se adentra descubre que allí las mujeres mandan, la familia se conforma en torno a la línea sanguínea de las madres, no hay padres, los hombres no saben quiénes son sus hijos, ni los hijos identifican a sus padres. Es el último de los matriarcados y hacia allí viajó en dos oportunidades Ricardo Coler. Durante casi dos meses realizó entrevistas, compartió su rutina, se sorprendió al ver su manera de vivir y constató que la familia es una construcción cultural y que hay ciertos valores de lo femenino que derriban fronteras.

Coler tiene 49 años, es médico, periodista y fotógrafo. "El reino de las mujeres" (Planeta) es su primer libro y si bien reconoce como importante que haya alcanzado la cuarta edición en cinco meses, eso no le resulta extraño. "El tema te atrapa, a mí me hizo ir hasta la China", dice.

Lector apasionado de Lacan, Coler ejerce la medicina y dirige en Buenos Aires la revista cultural Lamujerdemivida, donde conviven la crítica literaria, la filosofía y el psicoanálisis, todo salpicado con un humor en tono irónico.

En Moshui la matriarca manda y maneja la familia, cuyos vínculos son sólo cosanguíneos. En la misma casa familiar viven abuelas, madres, hijos y tíos; no hay esposos. Ellas se encargan de llevar adelante el hogar, ordenan a ellos qué es lo que deben hacer, hasta suben el tono de la voz. Deciden quiénes son sus amantes y a lo sumo pueden acordar una relación de exclusividad pero nunca -salvo excepciones muy contadas- vivirán con un marido en su casa. Pero no es un patriarcado al revés, y Coler lo denomina puro porque no es una cuestión formal, allí las que mandan "llevan la pollera bien puesta".

-¿Por qué elegiste una sociedad matriarcal?

-En una comunidad donde mandan las mujeres, el tablero se acomoda de otra manera, creo que trata de dejar blanco sobre negro sobre qué es lo femenino. O sea, permite ver qué es lo que pasa si no hay una sociedad machista, si no hay una educación que prioriza a los hombres, si los hombres no tienen ventajas en los trabajos, si ellas nunca van a estar dominadas o si no van a tener el peligro de quedarse solas con los chicos. O sea qué pasa si realmente tienen las de mandar y pueden marcar la impronta femenina en las cosas.

-¿Y por qué elegiste este matriarcado?

-Porque es el único real que existe, los otros son matriarcados legales, o sea tienen una estructura legal que apaña a la mujer, o la beneficia, pero es sólo eso. Me pasó en la India, también en una estructura matriarcal, allí me senté a hablar con una mujer y me contestaba el hombre, y es cierto que la herencia es de la mujer, que el apellido es de la mujer. En cambio en este lugar de China vos te das cuenta claramente quiénes mandan.

-¿Qué buscabas cuando decidiste viajar a China?

-La verdad, no sé. Evidentemente hay una cosa que tiene que ver con lo enigmático de lo femenino, que por suerte nunca se revela. En todo caso hacés todo ese camino para intentar revelarlo y mientras tanto vas aprendiendo y escribiendo.

-Planteás en el libro que tu búsqueda surge tras la pregunta sobre el deseo de la mujer. ¿Cuando estuviste allá el interrogante se modificó?

-No, para nada. En cambio, sí hay cosas que yo puedo aislar como propiamente femeninas que son estigmas claros en esa sociedad. Una es la ausencia de violencia o la vergüenza que puede causar la violencia, otra refiere al acumular, al tener. No es que allá a la mujer no le guste estar bien o estar estable en lo económico, sino que no le da importancia a tener cosas. Quizá por eso dicen que la diferencia entre un hombre y un chico es el precio de los juguetes. También está el tema de las grandes decisiones. El jefe político del lugar es un hombre. Es raro. Pero uno también escucha muchas veces que a las mujeres les gusta que las consulten pero les gusta que los hombres sean resueltos. Otra cuestión que también es interesante es develar cómo ven el poder, les resulta hasta ridículo, se ríen, ser jefe de la aldea está todo bien, pero... se ríen de los elementos como el poder, el dinero, de los objetos que dan como la imagen masculina.


de la seducción
Una gorra colgada en una puerta en plena noche indica que el dueño de ese accesorio fue el amante elegido para esa ocasión. Las relaciones en estas aldeas son ocasionales, salvo que llegue el amor y entonces se conviene cierto régimen de exclusividad. No hay escenas de celos, las relaciones no implican ni convivencia ni acuerdos sobre los hijos, ellos siempre siguen viviendo con sus madres.

-¿Te sentiste seducido por algunas de las mujeres de Moshui?

-Todo el tiempo, lo que no significa que uno pase de la seducción a la acción.

-Bueno, no sé si debo seguir preguntando.

-Le podés preguntar a ellas, pero como hablan en chino... (risas).

-¿Encontraste algo en particular en esa seducción?

-No había nada complicado en esto, te invitaban directamente a pasar la noche. No había mucho trámite en ese punto. Y hay mujeres muy hermosas, hermosas para el concepto occidental. Porque las mujeres chinas no son todas iguales, como en todos lados. Pero estas mujeres se parecen bastante más al concepto que nosotros tenemos en la modernidad de belleza.

-Por lo que relatás, los hombres no la pasan tan mal.

-La pasan bárbaro. Casi no tienen responsabilidades. Trabajan poco, porque ellas están muy identificadas con su trabajo, y los atienden. Yo cuento en el libro que a pesar de que la mujer lo manda, en el momento de sentarse a comer lo atiende. Y esto visto en una sociedad matriarcal, porque visto en una patriarcal suena diferente. Además ellos pueden vivir con la mamá (risas). Por eso es que yo digo que no es un patriarcado al revés, porque yo no sé si en un patriarcado feroz la mujer la pasa bien sin defenderse. Este es un matriarcado muy claro, hay una mirada maternal hacia los hombres.

-¿Tanto ellas como ellos sufren por amor?

-Por supuesto, no hay forma de enamorarse que implique no sufrir por amor, lo que pasa es que el duelo es mucho más corto, porque hay menos cosas implicadas, y la posibilidad de reengancharse es mayor. Porque se han criado toda su vida de esa manera. Cuando ellos hablan de la familia se ponen muy serios. Dicen: "Nosotros somos muy respetuosos de nuestras familias, nunca nos vamos a ir a vivir con alguien de otra familia". A nosotros el amor nos lleva un tiempo importante de nuestras vidas, si lo tenemos o no, cómo lo conservamos, en fin... Ellos resuelven de otra manera, de una manera que produce una sana envidia.

-Vos lo marcás en el libro, la facilidad que tienen para manejar los vínculos personales.

-Sí, hay dos cosas que se derivan de ahí. Una, entender que la familia es una creación. O sea esto de padre, madre e hijos es una forma. Es la más popular, pero no es la única que permite una tradición ni garantiza que todo ande bien. Hay muchas cosas que parecen estructurales al hombre y que, sin embargo, no dejan de ser, como el matrimonio, creaciones culturales. Y la otra cuestión que sirve como consuelo es que de la misma manera que vos nacés en un idioma también nacés en una determinada estructura familiar. O sea que eso es bárbaro para ellos. No sé si alguien de acá se la bancaría. Si una mujer de Argentina, por ejemplo, podría sentirse conforme con un hombre de ellos.

-¿Te gustaría vivir ahí en la comunidad Masuo?

-No, ni loco.

-¿Por qué?

-Porque hace mucho frío...

-Sí, pero hay un montón de mujeres para que te abriguen...

-(risas) Yo suelo ser mujeriego pero soy hombre de una sola mujer, no podría vivir ahí.
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Otro modelo. Una mujer de la población de Moshui, donde rige un matriarcado ancestral.

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