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 domingo, 19 de junio de 2005  
Tragedia en Jujuy. La chica que mató a su beba fruto de una denunciada violación pone en cuestión el sistema sociocultural
Quién sabe Romina este país
Parece imposible analizar el drama de la adolescente como si sólo se tratara de un homicidio calificado

Miguel Pisano / La Capital

A Pocho Vargas le otorgan el beneficio de la duda que no le conceden a Romina Tejerina, la chica jujeña condenada a 14 años de prisión por el neonaticidio de su beba fruto de una denunciada violación por parte de su vecino. En realidad, salvo el juez Juárez, la fiscal Liliana Fernández de Montiel y el propio Pocho Vargas, que no quisieron hacer un simple examen de ADN, todo el mundo quiere saber qué sucedió entre Romina Tejerina y su vecino, y, sobre todo, qué pasó por su cabeza la mañana del 23 de febrero de 2003, en el baño de su casa del barrio Santa Rosa, en la ciudad de San Pedro, situada a 47 kilómetros al este de San Salvador de Jujuy.

En verdad, el caso visto sólo como un homicidio calificado por el vínculo, como lo presentó la fiscal y se empeñan en mirarlo vastos sectores sociales parece un rayo en un día de sol. Sin embargo, a pesar de que lo que no está en el expediente no existe, como aceptó la propia fiscal, la realidad es muchísimo más vasta y compleja, al extremo de resistirse a quedar prolijamente escrita en los miles de fojas de una oficinesca causa judicial. En verdad, un concepto es tan real como un transatlántico, y lo que es no lo es todo.

Romina, una chica de clase media baja, que no hablaba ni para pedirle ir al baño a la maestra del Jardín y se orinaba encima, vivió una infancia y una adolescencia complicadas, que se agravó cuando su endeble personalidad conoció el ambiente de las bailantas de San Pedro, donde denunció haber sido abusada por Pocho Vargas.

"¿Cómo te voy a violar, si yo cogía con vos?", confió el Perro Santillán que le dijo Pocho Vargas a Romina en el juicio por la violación, en un intento del dirigente piquetero jujeño por explicar lo difícil que es para una chica pobre probar un abuso sexual en un tribunal del norte argentino y en respuesta a Pocho, quien habla como si el hecho de haber tenido relaciones al menos una vez con Romina lo liberara automáticamente de la posibilidad de haber abusado de ella.

Pero el problema no consiste sólo en la lógica de café de Pocho Vargas sino en que ese razonamiento es compartido por amplios sectores de una sociedad individualista, machista y de doble moral, que empuja a los adolescentes y a los jóvenes al consumo de drogas sociales o ilegales para llenar sus vacíos de lazos de comunicación, solidaridad, amor y compañerismo, como bien señala la psicóloga María Teresa Fernández, quien hizo casi una decena de entrevistas con Romina y hasta adelantó que "va a ser una buena mamá", avalada por casos idénticos de chicas más jóvenes, que se han recuperado de un neonaticidio y tienen un proyecto de vida.


Ay, país, país, país
Justamente, en un país en el que los planes neoliberales aniquilaron una generación, destruyeron sus redes de contención social y esquilmaron su riqueza, queda flagrantemente expuesta una sociedad donde están destruidas las familias como escuelas de vida, la escuela pública como estandarte de la democracia y de la igualdad de oportunidades con el uniforme blanco para todos, y la salud pública como sistema de prevención de adicciones y de educación sexual, con métodos sencillos de anticoncepción y promoción de la paternidad responsable.

"Nadie le pega 20 puñaladas a su bebé si no le pasa algo muy loco por la cabeza", razonó una mujer de un grupo de defensa de sus derechos, con una mirada mucho más amplia como escasa en vastos sectores sociales.

El caso Romina es un mosaico de relaciones sociales y culturales tan complejo que torna estériles las explicaciones lineales, reduccionistas y monocausales, así como las simplificaciones del pensamiento mágico, al que son tan afectos variopintos sectores de nuestra sociedad.

En verdad, la tragedia de Romina destapó un modelo de sociedad perimido, que pide a gritos un debate sobre su sistema de relaciones sociales y culturales, que permitan condiciones de vida dignas para vastísimos sectores y para que no haya más casos como el suyo ni chicas asesinadas a golpes por sus compañeros ni jueces que disfracen las violaciones ni los crímenes policiales o maten inocentes por manejar a contramano y borrachos, como hizo el ex magistrado federal Echazú, en una avenida de San Salvador de Jujuy.


Encerrados en el baño
El caso del neonaticidio de Romina es un texto escrito con una trama de enorme complejidad social y cultural. Pero debajo aparece el subtexto de la denunciada violación, que amerita por lo menos una investigación seria por un juez justo. Y, además, junto a ambos casos aparece un contexto de enorme complejidad social, política y cultural, que no puede dejar de ser observado, analizado y puesto en debate, como si sólo se tratara de un espeluznante homicidio calificado por el vínculo.

Justamente, Romina es una chica con un aplanamiento afectivo y una falta de emotividad tan grandes que si se meaba encima en el Jardín por no poder pedirle permiso a la maestra, mucho menos podría haber pronunciado una palabra para defenderse ante los jueces que le dieron 14 años como haciéndole precio.

Y este debate pendiente en la sociedad es negado por los sectores del poder representados por la asistente social superpoderosa María Cabrera de Moya -que condenó a Romina sin siquiera preguntarle con el increíble argumento de que se da cuenta si una mujer fue violada "por una cuestión de piel"- y que se empeñan en resolver su caso encerrados en el baño de su casa en San Pedro.
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El neonaticidio que produjo romina abrió el debate sobre numerosas problemáticas.


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