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 sábado, 16 de octubre de 2004

candi
-Comencemos esta charla sobre el final de la de ayer. En el marco de este encuentro relevante que protagonizaron monseñor Mirás y representantes de la colectividad judía de Rosario el miércoles por la tarde, usted dijo que entre judíos y católicos había sólo "sutiles diferencias". ¿Lo cree así?

-Desde un punto estrictamente social y humano, naturalmente no hay ninguna diferencia entre los hombres y desde un punto de vista religioso sólo hay sutiles diferencias entre judíos y católicos o, para mejor decir y no circunscribir los pensamientos y limitar las religiones, entre judíos y cristianos. Cuando se habla de las cosas de Dios uno no puede hacer una evaluación a partir de aquello que separa, sino de lo que une, más aún si se observa que lo que une es más fuerte que lo que separa. Y ciertamente que este es el caso de judíos y cristianos a quienes acercan más cosas de aquellas que distancian. En rigor de verdad, y en mi opinión, estas últimas pueden ser cuestiones rituales o algunas dogmáticas ¿Pero son estas cuestiones las esenciales? Desde luego que no.

-¿Está seguro? ¿En qué punto esencial se encuentran y confunden judaísmo y cristianismo?

-Para empezar, en un único y mismo Dios, y para coronar tal cosa en la observancia del principio del amor, que es la doctrina más maravillosa y perfecta que han dado al mundo primero el judaísmo y después el cristianismo, que ha seguido los pasos de Moisés a través de Jesús. Por eso la Iglesia Católica de nuestros últimos años, de la mano de grandes pontífices como Juan Pablo II, comienza a llamar a los judíos "nuestros hermanos mayores". Por eso monseñor Mirás, como expresáramos ayer, habló también de esos "hermanos mayores".

-Vayamos a ejemplos más concretos.

-Muy bien. María (Miriam) era judía y hay bastantes indicios de que en su niñez había sido consagrada a Dios bajo la guarda de los sacerdotes judíos. Jesús (Ieshúa) era, desde luego, judío y enseñaba la ley mosaica. "No penséis que he venido a abrogar la ley y los profetas -dijo y consta en los Evangelios-. No he venido a abrogarla sino a darle cumplimiento". Lo remito, por ejemplo, a un pasaje de estos Evangelios: Mateo, capítulo 12, versículo 28. Dice Jesús al hablar sobre el mandamiento primero y trascendente: "Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: amarás a tu prójimo como a ti mismo". ¿Qué está diciendo en la primera parte Jesús? Pues nada menos, mi querido amigo, que el Shemá Israel, la gran oración eterna de los judíos, la de hace miles de años y la que rezaban tomados de la mano los israelitas en los campos de exterminio nazis y la que rezan hoy. Y cuando dice "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", ¿qué enseña? Pues lo mismo que enseña la Torá. Vaya usted a la Parashat Kedoshim, sección Kedoshim, 19-18 (Libro del Levítico) y leerá: "Amaréis a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Yo soy El Eterno". Como ve, Inocencio, lo que une a los dos pueblos es lo sustancial, lo determinante: Dios y el amor. Y si hay diferencias, como las hay, éstas no son centrales en mi opinión.

-Ha mencionado usted algunas palabras como: "Dios", "amor", "la doctrina más maravillosa y perfecta". Despídase con una breve reflexión al respecto.

-El hombre no habrá de superar el dolor que tiene, superior al nivel normal que por su propia naturaleza le corresponde, si no comprende y aplica de manera urgente este principio maravilloso y perfecto del amor. Los desamparados, los pobres, los que están en soledad, los que por una u otra causa viven angustiados no superarán esas tinieblas sino impera este principio que Dios no lo enseña para su propia gloria sino para la paz del corazón humano, un corazón hoy herido por la violencia física y moral, por el egoísmo y la venganza. Lo que no se comprende aún y es asombroso como preocupante, es que Dios no sólo viene a decir al mundo: "Hay un cielo", sino que también dice: "Hay una tierra en la que pueden vivir en paz y serenidad si respetan mis leyes". Esta es lo que yo llamo la "cuestión social" de la Torá y de los Evangelios, que pone el acento en los desprotegidos, en los oprimidos, en los pobres y en los ricos desamparados y desorientados. Esta es la gran cuestión del amor en la que debemos comprometernos.

Candi II

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