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 domingo, 21 de octubre de 2007  
[primera persona] - Aníbal Jarkowski
Una moral para la literatura
El autor de “El trabajo”, una novela con el trasfondo de los años 90, plantea una ética de la forma. “No quiero avergonzarme de lo que escribo”, dice

Osvaldo Aguirre / La Capital

Diana es una bailarina frustrada que lee cada día los avisos clasificados en el rubro de empleados de oficina y comercio y acude a entrevistas de trabajo. Al fin consigue un puesto como secretaria, pero su verdadera tarea consiste en hacer números eróticos para entretener a un gerente. Esta situación es el punto de partida de “El trabajo”, una notable novela en la que Aníbal Jarkowski (Lanús, 1960) reelabora el drama de la desocupación y el deterioro de las condiciones laborales que cristalizaron en la sociedad argentina en los años 90 y aun persisten.

La historia de “El trabajo” se profundiza cuando entra en escena un escritor condenado por obscenidad, que sobrevive redactando libretos para un teatro de burlesque. Lo social, lo erótico y cierto aire ensayístico se ensamblan a partir de ese momento con un cuidado sentido de la composición. La novela, publicada por Tusquets, muestra un rigor formal poco frecuente en la narrativa argentina actual. A esas preocupaciones artísticas, Jarkowski agrega las éticas, igualmente desusadas. El autor es profesor universitario, especializado en literatura argentina, y tiene otras dos novelas, “Rojo amor” y “Tres”.

—En la antología “La selección argentina” (2000) publicaste un relato que parece un borrador de “El trabajo”. ¿Entonces empezaste la novela?

—Sí, en realidad lo que tenía eran pequeños textos a los que pensaba dar más desarrollo. Cuando Sergio Olguín me pidió colaborar en esa antología traté de ajustar esos relatos y que mantuvieran el carácter de brevedad. Al mismo tiempo me convencía de que iba por el camino correcto. Los años 90 arrasaron con mi familia. Mi papá, una persona mayor, se quedó sin trabajo, ya no volvió a encontrar empleo y terminó muriendo; mi hermano también fue afectado por esa crisis. Había una especie de moral que presidía lo que yo quería escribir. No eran momentos para escribir otra cosa sino para comprometerme con eso que estaba pasando. Uno puede agarrar para otro lado con estas cuestiones de la moral, pero en ese punto tengo como una especie de principio interior: no quiero avergonzarme de lo que escribo.

—¿No avergonzarte en términos morales y estilísticos?

—Absolutamente. Hasta por origen de clase. No es que uno haya tenido una vida tan dura, pero mi papá era obrero metalúrgico y mi mamá era ama de casa, las cosas no sobraban para nada. Me parece que con la literatura yo tuve una compensación simbólica. De alguna manera, aquello que estaba faltando en casa, cuando yo era adolescente, lo podía compensar con una riqueza de lenguaje. En ese sentido siempre pienso que debe haber una idea de belleza en el arte. Yo quiero hacer ostensible que lo que yo hago es literatura, no ocultar el trabajo del escritor. Y la literatura es un arte medio barato, se puede hacer con un cuaderno y una lapicera. Pero al mismo tiempo es un arte humilde, porque tiene un solo código, son solamente palabras. Con eso poco que es la literatura yo quiero conseguir lo más que pueda en términos de belleza. Es casi como mi respuesta a que las cosas no son tan bellas cotidianamente. Estas son ideas que uno se va haciendo, no hay premeditación.

—¿Qué aspectos te interesaban subrayar en la escritura?

—Más allá de que la novela tiene un costado doloroso, me gustaba la idea de una mujer que con talento e inteligencia podía sortear un poco la crisis. No quería hacer una novela para conmover a partir de golpes bajos. Al contrario, mi idea era que una mujer pudiera torcer ese destino.

—También es muy importante la relación de Diana con el narrador.

—Ahí había dos cuestiones. La primera era que yo tenía una enorme desconfianza hacia el narrador omnisciente, un procedimiento que tiene elementos artísticos e ideológicos un poco perimidos. Se me ocurrió crear un juego irónico con la posibilidad del narrador omnisciente, como se descubre en la segunda parte de la novela. La otra cuestión era pensar en un escritor que hubiese sufrido una condena por obscenidad, alguien que supiera que lo que escribe puede ser condenable. Eso me gusta. La literatura en general no es tan sospechada. Cuando se habla de cine, de fotografía o de pintura, la dimensión erótica está mucho más presente. Y a mí me parece que la literatura de todos modos tiene una potencia de representación erótica muy alta. Entonces me propuse trabajar algo casi anacrónico: que alguien fuese acusado por obscenidad en una novela. Quería experimentar sobre la idea de la literatura como un arte asediado. Preguntarme cómo sobrevive un escritor que puede ir a la cárcel si vuelve a escribir: no un gran escritor, sino alguien que publicó su primer novela y anda por ahí buscando trabajo. Lo extraño es que él va a volver a escribir, va a estar cada vez más vinculado con la cuestión erótica, pero con una especie de subliteratura, que son los libretos para el burlesque.

—El fiscal que lo acusa dice que un novelista es responsable de lo que escribe, a diferencia del poeta.

—Ahí hay algo irónico, aunque socialmente es una creencia que funciona: uno no puede esconderse en la figura del narrador, hay un autor que es responsable. Y yo me quiero hacer responsable de lo que escribí, por los temas que elegí, por el tipo de personajes que armé. Porque no quisiera sentir vergüenza de lo que escribo, como dije. Y mi responsabilidad tiene también que ver con las cosas malas que fueron pasando. No te puedo decir que eso me estimulaba, pero yo sabía que iba por buen camino. Estar escribiendo cosas vinculadas con la crisis estaba bien. Me radicalizé en un intento de no escribir cualquier cosa. Estar atento a lo que pasaba. La gente esperando para obtener entrevistas, chicas que ya tienen una especie de método para buscar trabajo, eso que muestra la novela, no tiene nada de invención, es lo que se vivía todo el tiempo. Los avisos de prostitución siguen cuadriplicando o quintuplicando las ofertas de trabajo en oficina. En aquella época hasta se daban consejos a la gente que buscaba trabajo sobre cómo tenía que presentarse, cómo tenía que hablar, cómo escribir un curriculum.

—¿Cómo ves la narrativa que se está escribiendo en Argentina?

—Yo nací en 1960 y esto marca diferencias inevitables con muchachos que están escribiendo. Pero no sé si estoy encontrando muchos escritores que me permitan hacer el recambio. El hecho de tener que dar clases sobre autores como Saer o Borges, te va poniendo más exigente. Le pedís mucho a la literatura. Ahora no soy capaz de leer un libro que yo podría haber escrito mejor. A mí me gusta trabajar con cierto anacronismo. No estar atento a lo actual. Por los comentarios que recibió, yo creo que la novela tiene algo de nuevo, y no tiene nada de actual. La novela no responde a la actualidad y por eso tiene alguna novedad. Por lo que leo me parece que hoy existe una gran preocupación por estar actualizado. Y desde el punto de vista artístico no hay nada peor que lo actual. Lo actual está bien para el periodismo. Para el arte, cuando uno entra en la categoría de actual, bueno, estamos en problemas.


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Diferencias. Lo nuevo no significa lo actual, dice Jarkowski.

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