Año CXXXVII Nº 49632
La Ciudad
Política
Información Gral
El Mundo
Opinión
La Región
Policiales
Cartas de lectores



suplementos
Ovación
Economía
Escenario
Señales
Mujer
Turismo


suplementos
ediciones anteriores
Turismo 14/10
Mujer 14/10
Economía 14/10
Señales 14/10
Educación 13/10
Estilo 06/10
Página Solidaria 19/09

contacto

servicios
Institucional

 domingo, 21 de octubre de 2007  
Interiores: el árbol y el bosque

Jorge Besso

A menudo la célebre sentencia popular que proclama que muchas veces por ver el árbol no se ve el bosque es pronunciada por alguien que ve a su amigo o a su pareja, o a un familiar atrapado en algún conflicto al que no le ve salida. En cierto sentido la vida transcurre entre el árbol y el bosque en una alusión al árbol como una metáfora de lo más inmediato, y al bosque como una metáfora de lo más mediato. Pero el árbol también es una referencia a lo que está más a la vista, lo que nuestra percepción de las cosas recorta del amplio campo que representa el bosque.

Es muy frecuente la sensación de encierro de quien está inmerso en algún conflicto, o bien en un estado de angustia que se repite, o en la reiteración de síntomas y rituales cada vez más complicados que le limitan la vida cotidiana, o acaso en sucesivos padecimientos amorosos como consecuencia de tropezar siempre con la misma piedra. He aquí otra sentencia popular por demás de ilustrativa, y sin embargo son muchas las ocasiones en que el sujeto cae en la trampa de un tropiezo que repite. El problema está en la ubicación de la piedra que aparece como la causa de los infortunios del que tropieza. Sin embargo es más que probable que el error resida en buscar afuera lo que en rigor está adentro: es la clásica rutina de los humanos que consiste en adjudicar sus penas por afuera para evitar la pregunta molesta que permitiría buscar la “piedra” adentro en lugar de seguir adjudicando las culpas a los otros para no ver la piedra en el ojo propio.

Al igual que las piedras, los humanos muchas veces insisten en seguir en el mismo lugar de sus padecimientos, mirando siempre el mismo árbol que les impide ver el bosque, todo para desconcierto de quienes los rodean empeñados en tratar de convencerlos con todos los argumentos posibles agrupados finalmente en una consigna clásica: tenés que correrte de ese lugar. Sin embargo el sujeto en cuestión está como “abulonado” en dicho lugar patológico, aferrado a sus razones, muy a menudo confundidas con tener la razón. En algunas ocasiones si pudiese elegir entre tener la razón o curarse sería capaz de sacrificar su curación para seguir experimentando ese extraño, contradictorio y lujurioso placer de tener la razón, al que los humanos somos tan proclives. Con lo que una y otra vez se repite la fábula del árbol y el bosque.

Lo interesante es que la miopía individual también se repite a nivel social, aunque es posible que el orden sea inverso, pues en términos generales los individuos no hacen más que repetir los mecanismos y los comportamientos sociales. En este sentido no deja de sorprender una vez más un sector del pensamiento médico empeñado desde hace tiempo en plantear los términos de un interrogante como si fuera una contienda deportiva. Es el caso del doctor Nassir Ghaemi, profesor de psiquiatría de la no muy conocida Universidad de Emory (EE.UU.) que en un reportaje para el diario “La Nación” afirma muy suelto de cuerpo: El Prozac y las drogas antidepresivas han destronado a la psicoterapia de su lugar de poder.

Más allá de que según ciertos informes el Prozac y los antidepresivos suelen provocar efectos indeseados, lo que resulta más bien incomprensible es esa especie de lucha o contienda por llegar a un “trono” a todas luces imposible como es el empeño en subirse al “trono” de la sabiduría respecto de la condición humana, sobre todo con relación a sus pliegues más profundos. Los antidepresivos y los psicofármacos, en general muchas veces necesarios para lograr un alivio imprescindible, están dirigidos más que nada a los síntomas, es decir al árbol, pero no pueden llegar al bosque, es decir a la compleja y muy diversa trama de la psiquis humana que no se reduce sólo a la interacción de los neurotransmisores.

Que los benditos neurotransmisores sean la condición necesaria para el funcionamiento de la mente no significa que sean la condición suficiente para explicar la actividad psíquica de los humanos, tanto normal como patológica. Ambos mundos, por lo demás, son de difícil separación. Finalmente, en la fábula del árbol y el bosque conviene tener en cuenta que hay ocasiones en que el árbol más grande es nuestro propio ser. Con él nos levantamos y nos vamos a dormir, porque con él habitamos el mundo y nos hacemos nuestro mundo en medio de todos los mundos. De forma tal que el ser y el hacer conforman el estilo de cada cual al que le cabe la reflexión mucho más que el Prozac y las recetas. Además para no caer en la tentación narcisística de confundir nuestro ser y hacer la realidad porque ésta conforma un “bosque” de realidades diversas que ni las dictaduras internas ni las externas pueden aplastar.




enviar nota por e-mail
contacto
Búsqueda avanzada Archivo



  La Capital Copyright 2003 | Todos los derechos reservados