Año CXXXVII Nº 49485
La Ciudad
Política
Información Gral
El Mundo
Opinión
La Región
Policiales
Cartas de lectores
Mundo digital



suplementos
Economía
Escenario
Ovación
Señales
Turismo
Mujer


suplementos
ediciones anteriores
Turismo 20/05
Mujer 20/05
Economía 20/05
Señales 20/05
Educación 19/05
Estilo 19/05
Salud 16/05
Página Solidaria 16/05

contacto
servicios
Institucional

 domingo, 27 de mayo de 2007  
[Nota de tapa] - Escrito con sangre
Cerca de la revolución
Hernán Brienza, el autor de "El loco Dorrego", dice que el fusilamiento del prócer puede leerse como el acto inaugural de la Argentina violenta

Lisy Smiles / La Capital

Hernán Brienza nació en 1971 y ese dato le permite decir que es integrante de una generación particular: “Si la infancia puede ser leída como un paraíso al que se quiere regresar, el nuestro es un tanto violento y torrentoso. Creo que por eso fui hacia Manuel Dorrego (1727-1828), para averiguar el origen de la violencia en nuestro país”.

Pero esa no es la única razón que motivó a Brienza a escribir “El Loco Dorrego” (Editorial Marea). Hay otras, algunas más domésticas, como vivir en la avenida Dorrego (Buenos Aires) y recordar que cuando era chico preguntaba por ese prócer o cuando en plena adolescencia escribió un cuento sobre su fusilamiento. Así, llegó a razones más políticas: reivindicar dentro del relato histórico la figura de ese hombre temperamental que no dudó en sumarse a los ideales de la Revolución de Mayo, poner el cuerpo a la Independencia, defender la república y sostener un liderazgo con los que menos tenían.

“El Loco Dorrego” es una biografía histórica, aunque dentro de la narración Brienza imprime pinceladas que acercan el relato a ciertos mecanismos literarios. “A medida que avanzaba, sentí que crecía la biografía, es que para sustentar mi tesis respecto de Dorrego debía aportar solidez, y para conseguirlo aposté a la prepotencia de los datos”.



Romper la cadena

El reclamo que pretende Brienza es desmontar determinados mecanismos históricos por los cuales el líder revolucionario no aparece en la historia en el sitio que le corresponde. “Tanto para la escuela liberal como para la revisionista, Dorrego fue poco reconocido”, dice el periodista y politólogo. Brienza busca crear un foco de tensión entre los eslabones de cierta cadena histórica que conforman San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón. Para él, tras “El Libertador” debería estar Dorrego y da sus razones.

Claro, la tarea no es sencilla, su héroe no se la hace fácil, nunca la hizo fácil. Demasiado liberal para los nacionalistas, y con aroma nacionalista para los liberales, declarado federal pero ferviente porteño, estudioso de la Ilustración pero con un accionar político popular, defensor de la república pero adherente a un proyecto americanista, Dorrego deja fuera de escuadra a propios y ajenos.

A este ideario tan particular debe sumarse a la vez su temperamento, que le valió la sanción de San Martín y Belgrano por indisciplinado pero también le sirvió para ganar el respeto militar y popular por poner el cuerpo ante el enemigo. Sin embargo, ese carácter, a veces un tanto obstinado, lo llevó a cometer errores y no escuchar consejos clave, que podrían haber salvado su proyecto y, más concretamente, su vida.

Pero su praxis política —según muestra Brienza en su libro— lejos estuvo del pragmatismo o del sectarismo. El 13 de diciembre de 1828 un pelotón al mando de Juan Lavalle lo fusiló, tras una decisión sumarísima.

Esas balas que entraron de lleno en el cuerpo de Dorrego no sólo mataron al primer revolucionario que cruzó los Andes, sino al soldado que permitió que el ejército de Manuel Belgrano ganara batallas clave. Mataron también al "verdadero" mentor de la guerra de guerrillas en Salta —como señala Brienza—, al que soportó el destierro por denunciar connivencias de las elites locales y potencias extranjeras, y al que fustigó sin cesar a Bernardino Rivadavia.

Pero Brienza además de reclamar a través de su investigación una revalorización de Dorrego advierte que el crimen perpretado fue producto de un golpe de Estado que hará de preámbulo a tantos otros que se derramarán sobre este país, donde la violencia buscó silenciar las voces disidentes.

En diálogo con Señales, el autor de “El Loco Dorrego” señala los aciertos y errores de este personaje histórico, pero también lo dota de humanidad, de imperfecciones.

—¿Qué significa para vos que este libro se haya publicado en una colección que lleva por título Pasado Imperfecto?

—La idea de pasado imperfecto, más allá del juego de palabras, tiene que ver con un pasado que es de alguna manera causa de este presente. También tiene que ver con un pasado que no es revisado en toda la perfección que podría haberse revisado, si es que un pasado puede revisarse con perfección. En realidad, creo que el pasado está más para ser interpretado que para ser revisado con perfección, para hacerlo propio. Esa es su riqueza, y me parece que la idea de pasado imperfecto lo desacraliza. Creo que hay que desacralizar el pasado. Por eso, una de las cuestiones que me puse como premisa para escribir el libro fue entender a los hombres no como seres de otra especie, de bronce o de mármol, sino simplemente como seres humanos, y el ser humano es imperfecto.

—¿Y cómo calza Dorrego en ese pasado imperfecto?

—Es que Dorrego no aparece en ese pasado perfecto que cuentan las dos escuelas historiográficas argentinas: la mitrista o liberal y la revisionista. Esta última si bien es nacional y federal nunca hizo un rescate propio de Dorrego, entonces ahí también hay una imperfección respecto del pasado. Uno siempre tiene una preocupación por alguna de las dos líneas históricas y yo en general me he volcado por la nacional y popular. Pero siempre me llamó la atención que el paladín de ese sector fuera Rosas y no Dorrego. Y a mí don Juan Manuel no me terminaba de cerrar, quizás por la idea de la Mazorca como primer sistema parapolicial en la Argentina o lo de ser la primera tiranía, que luego de investigar bien vale decir que no fue la primera sino la segunda, la primera fue la de Lavalle, en fin, todo eso siempre me generó dudas. Por eso empecé a investigar, y de ahí surgió que Dorrego es el primer líder popular de la historia argentina, el primero querido y acompañado por los pobres, los orilleros. “El padrecito de los pobres”, como le decían.

—¿Cuándo decidiste escribir un libro sobre Dorrego?

—La idea surgió hace dos años y tiene que ver con tratar de averiguar cuándo empezó la violencia en Argentina. Como yo nací en los 70 creo que mi generación tiene derecho a decir cosas sobre lo que pasó en los 70, porque es hija de esos años. Ir hacia Dorrego es una forma de responder por esa violencia que vivimos de chicos. Si la infancia es el paraíso, nuestro paraíso es bastante sangriento y tormentoso. Creo que en mi generación operará una falta de paraíso y un miedo permanente a la guerra civil, un peligro latente.

— ¿Cuál fue el error de Manuel Dorrego?

—Comete un montón de errores particulares que lo llevan a la debacle. Creo que su temperamento es una de las claves. Es apasionado, burlón, transgresor, soberbio, es un idealista, algo que es peligroso. En general, uno tiende a idealizar a los idealistas y los idealistas son bastantes peligrosos. Claro que en este caso él fue víctima de su idealismo, no se le puede reprochar. Algunos dirán los 300 muertos de Navarro, pero también hay que tener en cuenta que su ejército no profesional se enfrentó a la brutalidad de Los Coraceros de Lavalle, que eran soldados veteranos. Creo que otro error de Dorrego fue no haberse dado cuenta de que le convenía escapar al territorio de (Estanislao) López como el propio Rosas le aconsejó, no hacerlo le valió la muerte, y el fin de un proyecto.

—Bueno, también habría que considerar que si Rosas no lo traicionó, al menos lo dejó solo.

—Sí, en realidad creo que lo que dice es como la famosa frase de todo peronista: “Te acompañamos hasta la puerta del cementerio, no adentro”. Si bien lo abandona en el momento más crítico, se cansa de advertirle que tiene que irse a Santa Fe. Y creo que esa soberbia institucional de decir “si yo me voy de la provincia dejo de ser gobernador” es un acto idealista y también de ceguera. Cuando a él le dicen en la noche del 1º de diciembre que Lavalle está conspirando a diez cuadras y él contesta “yo lo voy a convencer, Lavalle es un tonto”, no se da cuenta de las fuerzas económicas y políticas que está enfrentando.

—En cierta manera acertaba en la construcción política pero también padecía ingenuidad en cuanto a las alianzas y por ende a las traiciones.

—Parecería que fuera un excelente táctico y que en la estrategia no le iba tan bien. Es raro, porque a largo plazo tenía clara la construcción americanista y republicana, también en el cortísimo plazo funcionaba bien, de hecho se carga al primer presidente de la república, (Bernardino) Rivadavia, lo hace desde el periodismo y desde el Congreso, pero a la hora de encabezar él los proyectos era un hombre arrebatado. Creo que eso es lo que le hace perder poder con los suyos, y al mismo tiempo comete la ingenuidad de creer en los demás. El cree que es posible hacer un gobierno de unidad nacional. Por eso llama a Vicente López y a Tomás Guido a su propio gobierno, que es lo que Rosas se da cuenta de que no hay que hacer, por eso él gobierna 30 años sólo con los suyos.

—También hay que tener en cuenta cómo jugaban los intereses económicos, donde no siempre lo que estaba en juego eran sólo construcciones políticas.

—Rosas claramente hace una alianza con su clase, que son los ganaderos de Buenos Aires, alianza que Dorrego no tenía firme. El tenía cerca los sectores populares de la ciudad de Buenos Aires, con algunos comerciantes, algunos hacendados, no era un representante claro de una misma clase.

—¿Es válido decir que la línea que sostenés es San Martín, Dorrego, Yrigoyen y Perón?

—A mi lo que me llama la atención son los enemigos de estos personajes, son siempre los mismos y las acusaciones también. Apuntan a la demagogia, al autoritarismo, se las han hecho a San Martín, Dorrego, Rosas, Yrigoyen y Perón. Obviamente es una interpretación muy personal, yo lo que digo es que Dorrego es el último personaje que logra sintetizar el liberalismo, el republicanismo, el nacionalismo y lo popular en una misma corriente. Yo creo que Yrigoyen es un hombre del campo nacional y popular pero está más preocupado por la cosa institucional, y el peronismo está más ligado a lo popular y no tanto a lo institucional.

—Pero el espíritu revolucionario de Dorrego chocaría con ciertos personajes peronistas.

—Es que Perón es más parecido a Rosas que a Dorrego. Quizá Perón lo palmearía en la espalda en sus momentos de crisis coléricas y le aconsejaría que se refugie en la cañonera paraguaya, que es un poco lo que le dijo Rosas, que se refugie en Santa Fe. Pero Dorrego sería la fuente popular de Perón, ahí está la ligazón.

—¿Te considerás un historiador?

—Creo que no. Me considero más bien un interpretador y narrador de la historia. Pero creo que la historia en la Argentina no sé si la han escrito las academias. Las academias lo que sí han logrado es divorciar a la historia de la gente. Me parece que esta idea de los divulgadores o de los escritores que narran historia es mucho más interesante que las academias. La historia es para todos y no para pocos. Y me parece que cualquiera tiene derecho a hacer historia si trabaja en forma honesta y profusa. Uno puede errarle al método histórico, pero eso no impide que uno pueda hacer historia. Esto dicho por si alguno piensa que la historia se hace solamente en la academia.


enviar nota por e-mail
contacto
Búsqueda avanzada Archivo


Ampliar FotoFotos
Ampliar Foto
Desafío. "Decidí escribir una biografía y no una novela porque un Dorrego olvidado necesitaba de la prepotencia de los datos", advierte Brienza.

Notas Relacionadas
Elogio de la locura

Instantánea



  La Capital Copyright 2003 | Todos los derechos reservados