Año CXXXVII Nº 49266
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 miércoles, 18 de octubre de 2006  
Viajeros del tiempo
Rosario 1900-1905

Los peligros del cinematógrafo. Noticias telegráficas recibidas de España nos dan a conocer el incendio del teatro de verano de la ciudad de Badajoz (Extremadura), ocasionado por la explosión del cinematógrafo que funcionaba en aquel coliseo. Varias veces se han producido accidentes de esta índole; uno de ellos, aunque relativamente lejano, ha dejado en el ánimo una dolorosa impresión por los estragos que causó. Nos referimos al horrible incendio del Bazar de la Caridad de París, en el cual perecieron unas ciento veinticinco personas de espectabilidad social (*). Más recientemente, un diario madrileño llama la atención del público sobre el incendio del Eldorado de la villa y corte por igual causa. Los accidentes por el empleo del cinematógrafo en locales peligrosos no pueden dejar indiferentes a nuestras autoridades, llamadas a velar por la seguridad de los teatros y salones donde se ofrezcan espectáculos públicos. No creemos que por el momento tengamos que hacer alusión aquí a ningún local de esa índole que ofrezca peligro, pero lo que sí juzgamos un deber es el inculcar al vecindario y a las autoridades el temor de esas instalaciones deficientes que sirven con frecuencia a las empresas de cinematógrafos. Los franceses dicen que el temor a Dios es el principio de la prudencia, y nosotros diremos que el temor de esas construcciones peligrosas es el principio de la seguridad de los espectadores en las sesiones cinematográficas.
(*) La tragedia del Bazar de la Caridad de París sucedió el 4 de mayo de 1897, día de su inauguración. Se trataba de un local de 80 metros de largo por 13 de ancho y la venta había recibido la bendición del arzobispo de esa ciudad. En el pabellón dedicado a la cinematografía, la lámpara de un proyector se incendió y el fuego se esparció a los rollos de películas que eran altamente inflamables. En pocos minutos el incendio devastó al edificio. Todo ocurrió extremadamente rápido. Más de 150 personas murieron carbonizadas y otras 250 resultaron con quemaduras de distintos grados en su cuerpo. Esta fue una de las causas por las que la cinematografía provocara desconfianza y decayera hacia el año 1900. También este drama es famoso porque para identificar a algunas de las víctimas se utilizaron por primera vez los registros dentales, idea que propuso el cónsul de Paraguay, uno de los sobrevivientes. Por otro lado, y como si fuera una ironía del destino, se encontraba también allí el conde Giuseppe Primoli, un aristócrata romano devoto de la literatura y la fotografía. Poco entusiasta por los "escenarios congelados", su obsesión era la imagen instantánea y los "escenarios en movimiento" como las carreras de caballos, cacerías de zorro, estaciones ferroviarias atestadas y... los bailes de caridad. Primoli había logrado crear una cámara manual dotada de película flexible y lo suficientemente pequeña como para ser llevada a todas partes e introducida en cualquier lugar. Con una de las primeras cámaras portátiles de la historia, fabricada de madera de encina y que parecía más bien un cofrecito de joyas dotado de una agarradera de cuero, pudo conseguir fotografías del instante en que la duquesa de d'Alençon perecía abrasada durante el incendio del bazar de la Caridad en París, como lo menciona Rubén Darío en su crónica "El príncipe nómada". En la secuencia de Primoli, la joven duquesa corre envuelta en llamas en medio del tumulto, mientras sirvientes de librea la persiguen lanzándole cubos de agua.

Investigación y realización Guillermo Zinni ©
Fuente: La Capital


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