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 miércoles, 18 de octubre de 2006  
El integrismo islámico y su voluntad de dominio

Patricio Brodsky

Hace mil años Europa era terreno de intolerancia religiosa al igual que el mundo islámico, primaba la visión que la propia religión era la "verdadera" y que era una obligación "santa" la conversión a punta de espada. Occidente, poco a poco, atravesó un proceso de secularización con la Ilustración. Posteriormente la Iglesia Católica, con el proceso abierto por Juan XXIII y reafirmado por Paulo VI en la encíclica Nostra Aetate, dejó la prédica de odio a un lado.

El islam, al menos en su forma integrista, no atravesó este proceso. Lejos de eso, hoy parece estar pasando por un proceso de franca involución; parece vivir un retorno a la época de las Cruzadas, no sólo por el trato dispensado a la mujer, la falta de tolerancia hacia las minorías (sexuales, religiosas, políticas, etc.), sino en relación a sus vínculos con el resto del orbe. Su comportamiento colectivo trasunta una exigencia de que todo el género humano debe respetar la Sharía, aun aquellos individuos que no viven bajo dominio islámico.

Los integristas no saben ni quieren convivir en la mutua tolerancia sino que pretenden imponer su propia voluntad al otro apelando a todos los medios posibles, incluso, de ser necesario, al uso de la violencia descarnada. Leyendo a Karl Von Clausewitz nos damos cuenta que ésta es la definición más básica de la guerra de este autor: "La imposición de la propia voluntad al enemigo mediante el uso de la fuerza".

El problema central de lo que ocurría durante el Medioevo y el Absolutismo era la indiferenciación entre sociedad política y sociedad civil, básicamente la hegemonía de la religión por sobre la sociedad política. Este proceso hoy permanece incólume en el mundo islámico, dado que existe una autopercepción de que el islam no sólo es una religión sino una pauta de organización colectiva, social, que involucra la sumisión (este es el significado literal de "islam") de todos los órdenes de la vida al cumplimiento de los mandatos religiosos.

Y lo que finalmente prima es una fuerte tendencia a resolver los conflictos en forma violenta. La relación de los islamistas radicales con Occidente nos es más que la traslación de la forma de resolución de los conflictos dentro del mundo islámico a las relaciones internacionales.


Un límite a la verdad
Los islamistas han fijado un límite a la verdad, línea más allá de la cual expresarse con sinceridad implica arriesgarse a perder la propia vida. Existen antecedentes de fatwas emitidas contra los que se atrevieron a expresar su verdad condenándolos a muerte (Salman Rushdie, Oriana Fallacci, Gustavo de Aristegui, los viñetistas daneses, etc).

Según Louis Althusser existen distintos niveles de confrontación entre distintas concepciones ideológicas. Estos niveles son: la lucha teórica, la lucha política y la lucha militar. Los islamistas, cuando llevan adelante una confrontación, lo hacen sin respetar los niveles de confrontación, es por ello que cuando debieran dar una lucha teórica (de fundamento discursivo-ideológico), o política (de fundamento político), si tienen "correlación de fuerzas" favorable, responden con lucha "militar". De allí las condenas a muerte a sus opositores o acciones "desproporcionadas", como lo vimos frente a la embajada de Irán en Argentina, al usar a un grupo de lumpenproletarios como Quebracho para impedir la libre expresión de un grupo de jóvenes judíos.

Los islamistas no exigen de Occidente igualdad en el trato, sino que, al considerar al islam moralmente superior, exigen respeto por el islam y la Sharía en regiones del mundo donde aún no son hegemónicos. Exigen el "respeto a sus costumbres" amparándose en la postmoderna idea del "relativismo cultural", sin aplicar el mismo concepto para respetar los derechos de las minorías no islámicas en sus dominios. Esto es un evidente indicador de que no existe una voluntad de convivencia sino de seguir a rajatabla los dictados de Allah en el Corán imponiendo la vigencia de la Sharía como ley absoluta universal.
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