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 domingo, 04 de febrero de 2007  
Para beber: ¿tapa a rosca?

Quienes hace un tiempo pensaron que el problema del corcho había quedado en el olvido, gracias al aporte que la tapa a rosca hacía al tema cierre de botellas, estaban equivocados. O, por lo menos, así parece ser si nos atenemos a una reseña aparecida en el diario inglés The Times.

En la nota, los datos muestran que no todas son virtudes en estos tapones, y sacan a relucir sus defectos dejándonos una vez más parados frente a una encrucijada que parece no poder encontrar una salida conveniente.

¿Qué pasa ahora que llama nuestra atención? Nada más ni nada menos que la aparición de un nuevo capítulo impregnado con el olor a huevo podrido, que brota al desenroscar el cierre metálico.

Situación que no puede tomarse a la ligera, si nos atenemos a los números que dicen que una de cada 50 botellas en el Reino Unido, y alrededor de 200.000 en todo el mundo, estarían afectadas por un proceso químico denominado sulfatación, que hace que cuando el tapón termina de dar la última vuelta, cual espíritu de Aladino, surja un vaho a azufre que voltea.

Según quién lo perciba se puede describir como a goma quemada, fósforo usado, o a la vieja y querida bombita de olor que tantas veces nos salvó de pasar al frente a inventar a lo loco, según pudiéramos ir pescando una palabra aquí y otra allá. Salvavidas que la solidaridad inigualable de las compañeras nos proveía para no hundirnos en el aplazo, o ser víctimas de una prueba para la que no estábamos preparadas.

Volvamos al corcho. Los tapones metálicos surgieron como una opción para superar los malos tragos resultantes del uso de corchos defectuosos que contaminan el vino, o que dejan pasar demasiado oxígeno produciendo oxidación.

No sólo los naturales provocan momentos de desilusión, los sintéticos tampoco son ninguna garantía, ya que no siempre cierran de manera adecuada, por lo que no terminan de prestar sus servicios de manera totalmente convincente.

Decididas a no sufrir más pérdidas por esta causa, las bodegas le buscaron la vuelta y la encontraron en la mencionada tapita.

La periodista Valerie Elliott cita a Geoffrey Taylor, un químico que cada año analiza 14.000 botellas con tapón de rosca, quien reconoce haber encontrado casos de sulfatación. “Hay problemas con los tapones de rosca en alrededor del 2% de las botellas en Australia, y aproximadamente en el doble en el resto del mundo”. Los sulfatos se encuentran en el vino en estado natural. Cuando se descomponen producen un compuesto llamado tiol, que es el que proporciona al azufre su aroma característico. Los corchos permiten que entre el oxígeno, el cual “desulfata” los tiols, y evita que desprendan ese olor.

También puede haber sulfatos en botellas que no se hayan limpiado convenientemente. Los tapones de rosca aplican un cierre hermético por donde no puede entrar el aire, informa.

Mientras tanto, a los comerciantes se les ha recomendado que pongan un especial cuidado a la hora de escoger el vino, especialmente si van a almacenarlo en una bodega.

Y a los principales supermercados y almacenes de vinos se les comunicó que es probable que tengan que enfrentarse a devoluciones por parte de los clientes descontentos.

A los productores también se les ha facilitado el resultado de los estudios, a fin de que intenten erradicar el problema, dado que se produce en el transcurso del proceso de elaboración.

Warren Adamson, el director de la New Zealand Wine & Grape Industry en el Reino Unido, comenta: “Es la primera vez que se publican cifras oficiales acerca de los problemas de sulfatación de los tapones de rosca, y resultan de gran ayuda para nuestros cultivadores y nuestros empresarios. Sin embargo, en el caso de los vinos de Nueva Zelanda sólo se ha visto afectado el 1,7%, cinco décimas por debajo del alcance medio, que está en el 2,2%”. O de cómo cada uno cuida su quintita.

Y si bien parece que los expertos minimizan el problema cuando se trata de un vino blanco que se compra para beberlo de forma inmediata, consideran que los tintos envasados con esta técnica podrían resultar un verdadero fiasco.

Lo mismo que ocurre en el caso del calentamiento global, porque ahora nos asombramos por los desajustes meteorológicos, pero hace años que nos vienen avisando, y nos sorprendemos porque caen piedras como huevos.

Lo que pasa con el corcho también tiene que ver con la falta de respeto a la naturaleza, ya que debido al aumento del número de botellas que necesitaban un cierre, se redujo el ciclo natural del árbol y se empezaron a utilizar partes de la corteza no aptas para la elaboración de tapones.

Esto disminuyó la calidad, multiplicando, entre otras cosas, la aparición del TCA, que transmite ese olor a moho tan desagradable.


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