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 domingo, 30 de abril de 2006  
[Lecturas]
Una belleza inaccesible

Irina Garbatzky

Poesía/plástica. Obra poética y pictórica, de Emilia Bertolé. Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2006, 189 páginas, $ 25.

"Emilia Bertolé. Obra poética y pictórica" es una finísima edición que reúne los poemarios "Espejo en sombra" (1927), "Poemas de los álbumes" y "Poemas del cuaderno de tapa de cuerina" (inéditos en su mayoría) y una galería de reproducciones de sus cuadros. Se incluyen además estudios biográficos y críticos a cargo de Nora Avaro, Rafael Sendra y Raúl D'Amelio. Estos trabajos dan el tono al libro, que se quiere como el reflejo completo de la vida y la obra de una artista que, nacida en El Trébol en 1896, vivió, trabajó y estudió gran parte de su vida en nuestra ciudad.

Dice Raúl D'Amelio que Emilia Bertolé había encontrado en el dibujo una forma de escritura, un modo de metaforizar la identidad. Desde edad temprana la tarea de retratar se había convertido para ella en el mecanismo para obtener casi todo: posicionamiento social, crecimiento personal y manutención económica, en un tiempo en el cual eran escasas las mujeres artistas de profesión. "I acá me tienen dispuesta siempre a la lucha, i pasando por alto todo lo que no sea la idea primordial: llegar", escribía a su familia al pisar Buenos Aires por primera vez. Hacia 1916, cuando Emilia tenía tan sólo veinte años, presentó la obra "Mi prima Ana" con la que "llegó", efectivamente, al Salón Nacional.

Las corrientes artísticas de fines de siglo XIX indagaron en los diferentes matices entre lo natural y el artificio, en las interpenetraciones entre el modelo y la obra. El resultado consistió en la construcción minuciosa de otra naturaleza, cuya relación de cercanía o de ruptura con el referente podía ser variable. La obra poética de Bertolé no podría considerarse por fuera de los procedimientos de su obra pictórica, sustentada ante todo en los retratos de diferentes personajes de la época. En este sentido, su tarea como retratista -trabajos por encargo que ella consideró menores respecto del trabajo artístico- generó un interesante modo de decir sobre la reproducción y fijación de "lo vital" en la creación: "Mis manos ciertas veces,/ dan la rara impresión de cosa muerta./ Palidez más extraña no vi nunca;/ marfil antiguo, polvorienta cera, y en el dorso delgado y transparente/ el turquesa apagado de las venas.// Carne que bien podría/ si la rozara una caricia ardiente,/ deshacerse en ceniza/ como esas flores ágiles y tenues".


Lejos de la inocencia
Si bien la escritura de Bertolé conserva las imágenes que el modernismo canonizó -las líneas largas y sinuosas, las flores, las cabelleras, la luna, los ojos, la noche, etcétera-, la utilización de la mirada pictórica en su poesía no es meramente inocente o decorativa.

Bertolé hace entrar a las imágenes que utiliza en una combustión inquietante. Su mecanismo de figuración es el del contrapunto, el de la confrontación extrema. Así, sus poemas, habitados por figuras eficaces y vívidas -"este perfume que sube/ en finas espirales por mis nervios" o "la luna encendida como un gran globo ardiente"- condensan el tránsito que va de lo maravilloso a lo siniestro, de lo dulce a lo amargo, de lo vivo hacia lo muerto: "Y a pesar de la vida poderosa/ que fluye en ondas de su cuerpo blando,/ hay en esta mujer que charla y ríe/ no sé qué de macabro."


Lo luminoso y lo siniestro
Los poemas de Bertolé forman figuras quiásmicas; son cara y contracara del exceso y la miseria: casi el fundamento de la vida y la obra de la autora, quien comenzó a pintar y a viajar a Buenos Aires como modo de resolver la economía familiar. La contradicción en sus poemas parecería revelar que la belleza del mundo se encuentra lejana, inaccesible.

En un poema inédito de 1935 lo expresa sin dubitaciones: "siempre he mirado con pena de ausencia/ las cosas que he querido poseer". Pero en 1927, cuando Emilia vive y trabaja en la gran ciudad retratando a las personalidades de la elite porteña, casi no aparece la primera persona que expresa lo que siente, sino que surge un modo de presentarse por medio de figuras en tensión: "Casas enormes llenas de letreros,/ casas eternas,/ que veo diariamente cuando paso/ por esta calle vieja;/ (...) donde he de ir bien descansada y yerta,/ camino del olvido/ camino del reposo y de la ausencia".

Haber y vacío, transcurrir o permanecer: el éxito consiste en la inmortalidad, en alcanzar de una vez para siempre estabilidad social y económica. Durante muchos años el padre de Bertolé y su familia se había trasladado de pueblo en pueblo, buscando diferentes empleos. De este lugar de incertidumbre es el del cual parte la joven retratista; y en sus poemas el fluir de la vida, por su mismo perderse, se convierte en fracaso, en ausencia, en fragilidad.

Este contrapunto entre la detención o la recuperación del instante en la imagen pictórica o poética es nada más y nada menos que el mismo misterio que fascina en un retrato o una fotografía. En la poesía de Bertolé todas las percepciones, para convertirse en obra, se plasman como retratos, porque sólo cuando la subjetividad se vuelve impersonal logra su condición de inalcanzable.
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El escenario. Bertolé nació en El Trébol en 1896 pero Rosario fue su ámbito de desarrollo.

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