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 domingo, 30 de abril de 2006  
El estigma de un menor con antecedentes penales
"A mi hijo lo mataron como a un perro"
Lo aseguró la mamá de Jonathan Fontana, el pibe de 16 años que falleció el domingo pasado tras ser alcanzado por balas policiales en el Fonavi de Biedma y Rouillón. La versión policial habla de enfrentamiento

Leo Graciarena / La Capital

"Mi hijo era un ser humano y nada habilitaba a los policías a matarlo como a un perro". En el comedor de su casa, allí donde el lunes pasado velaron durante cuatro horas a Jonathan, la familia Fontana pone sobre la mesa sus dudas sobre el incidente que terminó con la vida del muchacho de 16 años. Jonathan murió de dos balazos "legales". Según la versión oficial, es decir la que surge del parte preventivo de la fuerza, el joven murió al tirotearse con una patrulla del Comando Radioeléctrico en la escaleras del Fonavi de bulevar Seguí y Biedma. "Enfrentamiento no hubo. Lo que nos cuentan es que cuando Jonathan corría le pegaron un disparo por la espalda. Y después le dieron otro cuando estaba en el piso", explicó Inés, una mujer que a sus 45 ya sepultó a dos hijos.

Tanto Inés como Jorge Fontana tienen 45 años. Llegaron al barrio que hoy todos conocen como Deliot, hace nueve años. Allí, en esa zona de casas construidas por planes sociales, desarrollaron su vida. Una vida que si fuera como el fútbol, estaría condenada por las estadísticas. En aquel momento tenían siete hijos, dos de ellos mujeres. Según cuentan, los cinco varones tienen antecedentes. Uno de ellos, de 20 años, purga una condena de cinco años y dos meses en la seccional 15ª tras tener problemas de convivencia en la cárcel de Coronda. Cristian, el mayor, que hoy tendría 25 años, murió baleado en un incidente que todavía se investiga (ver aparte). Y Jonathan, de 16, falleció el domingo pasado baleado por la policía. Los dos murieron a dos cuadras de la humilde casa familiar que está entre el Fonavi de Seguí y Rouillón y el barrio Toba.

"Pienso cómo es la vida. Cuando muere un policía todos los canales, diarios y radios están ahí. Va todo el mundo. Y matan a un pibe en un hecho que no está claro y todos hablan: «Claro, si era un choro. Listo, se murió y ya está»", dice con amargura Inés, quien lleva la voz cantante en el diálogo con La Capital. "Que mi hijo tuviera antecedentes no los habilitaba para que lo mataran como a un perro", agrega con serena amargura. Porque eso es algo que asombra al sur del bulevar Seguí. Se habla de la muerte sin angustias, como asumiendo que es parte de las probabilidades que alguien salga y no vuelva.

Voceros policiales precisaron que el tiroteo se produjo a las 4.40 en el Fonavi de Biedma Y Rouillón. Que una patrulla llegó al lugar alertado por un llamado telefónico que decía que "dos pibes estaban exhibiendo un arma de fuego". Desde la seccional 19ª se explicó que "los jóvenes habían intentado robarle la moto a un hombre y, como fallaron en su intento, se quedaron sentados esperando a otra víctima". Las fuentes consultadas dijeron que los pibes huyeron ante la llegada de la patrulla y que cubrieron su escape a los tiros. El personal del Comando repelió la agresión e hirió de muerte a Jonathan, quien cinco horas más tarde murió en el Clemente Alvarez. Así fue la versión oficial de la muerte de un chico con antecedentes. También se aseguró que "el pibe estaba judicializado desde los 12 años y contaba con más de 30 antecedentes penales".

"¿Sabe qué es lo que pasa? A mis hijos los persiguen porque se llaman Fontana. Yo tengo un hijo que empezó (a delinquir) a los 13 o 14 años. Hace tres años que está preso en la 15ª y por él persiguen a mis otros hijos", explicó Inés. Y sus dichos sonarían a defensa de madre, simple y llana, si se pudiera confiar ciegamente en los datos policiales apuntados en el acta preventiva. "Usted puede sacar en la computadora que Jonathan no tenía 30 antecedentes como dicen. Tenía cinco o seis. El último fue por encubrimiento. Nosotros estábamos bajo control. Nos venía a ver una asistente social y todos los meses teníamos que ir a Tribunales a ver al juez", explicó Marcelo, de 18 años, hermano del pibe muerto. "El no se drogaba y sólo tomaba algo cuando íbamos a bailar", apuntó.

Su familia cuenta que a los 16 años Jonathan trabajaba como paquetero, vendiendo ropa casa por casa, como lo hace el resto de los varones de la familia. Un oficio en el que no hay empleador ni nadie que pida los antecedentes penales para dar un trabajo. Vivía en pareja con una muchacha que quedó a la guarda de su beba de dos meses y medio. Los tres vivían en la casa de la familia Fontana, pero muerto Jonathan su pareja regresó a la casa de sus padres.

"Si mis hijos fueran grandes choros, ratas, cacos o como ellos los llaman, ¿no le parece a usted que viviríamos mejor, qué mi casa tendría más comodidades?", preguntó Inés. Y mostrando la humildad de su vivienda agregó: "No tenemos ni heladera. Lo único que tenemos de lujo es un televisor viejo".

Es Marcelo quien cuenta lo que hicieron con Jonathan la noche del sábado previa a su muerte. Junto a otro amigo fueron los tres a bailar. "Fuimos a Mogambo (Avellaneda al 2700), pero nos quedamos en el bar de enfrente, no entramos al boliche. Cuando volvíamos, como teníamos hambre comimos un sandwich en un carrito. Desde ahí nos volvimos caminando", detalló. "Cuando llegamos a la esquina (Biedma y Rouillón), Jonathan se quedó hablando con un pibe. El otro muchacho y yo nos fuimos". explicó. "Ninguno estaba armado", resaltó.


El fin de la historia
"Jonathan se quedó ahí y cuando pasó la patrulla ellos pensaron que el Comando iba a seguir derecho. Me dicen que mi hijo le dijo al otro pibe: «Vamos a quedarnos acá. Si total no hicimos nada». Cuando los del Comando los vieron, dieron vuelta y se fueron hacia donde estaban ellos y los pibes empezaron a correr", contó Inés. "A mi me extraña todo lo que pasó, porque el pibe que estaba con mi hermano es evangélico y siempre va a la iglesia", amplió Marcelo.

"Nos contaron que después de balearlo lo patearon en el piso y lo tiraron arriba de la chata como a un perro", dijo Marcelo. "Y además le plantaron dos armas", añadió el joven. Jonathan fue llevado de urgencia al Clemente Alvarez. "Cuando llegamos al hospital, el médico nos explicó que tenía dos balazos: uno en la ingle y el otro le había destrozado el hígado", explicó Inés. "El médico nos contó que lo llevaron bañado en sangre y que tuvo dos paros cardíacos. Hasta que me dijo: «Ya está muerto»", recordó la mujer.

Eran las 10 de la mañana del domingo. Tras peregrinar por el Instituto Médico Legal y por Tribunales, al cuerpo del pibe se lo dieron a las 13 del lunes. "Lo enterramos cuatro horas después", contó Inés. Jonathan fue velado en el mismo comedor de la casa en la que sus padres contestaron las preguntas del cronista. Fue sepultado en el cementerio La Piedad.

Inés cuenta que muchos de los antecedentes que pesan sobre los hombros de sus vástagos son parte del raíd delictivo que transitó el hijo que está preso en la 15ª. "Cuando era menor y caía, daba los nombres de sus hermanos más chicos para zafar", contó la mujer mientras explicaba el intrincado recurso para burlar la ley. "Hay vecinos que vieron qué pasó, pero no hablan porque tienen miedo", advirtió. "Acá hubo un montón de allanamientos y la policía nunca encontró nada. Yo no quiero que en mi casa haya nada que no sepa de dónde proviene. Por ahí los chicos traen algo y me dicen: «Mami, me lo prestaron». Y yo les digo: «Bueno, dejalo de la puerta para afuera»", explicó Inés.

En el terreno judicial, el juez de Instrucción Osvaldo Barbero está a la espera de los resultados de la autopsia realizada al cadáver de Jonathan. Eso le indicará al juez cómo y con qué trayectorias impactaron las balas en el cuerpo del pibe. Por lo pronto, el magistrado recibió el interrogatorio sumario que la división Judiciales de la Unidad Regional II le tomó al policía que disparó y también la declaración informativa de su compañero de patrulla.
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A pesar de su corta edad, Jonathan vivía en pareja y tenía un bebé de dos meses.

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