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 domingo, 06 de marzo de 2005  
[Nota de tapa] Piedra libre
Refugiados, los que llegan en busca de una oportunidad
Huyen de guerras civiles y persecuciones. La mayoría son africanos y llegan como polizones con la esperanza de encontrar un espacio donde reconstruir sus vidas

Gabriel Zuzek

Cada año llega a nuestra región una cierta cantidad de polizones. Generalmente son adolescentes que provienen del continente africano. Luego de cruzar durante varios días el océano Atlántico escondidos en los lugares más insólitos de los buques, padeciendo hambre, frío y una absoluta incertidumbre, desembarcan en nuestros puertos con la esperanza de encontrar un mundo nuevo, una vida digna de la que fueron despojados. Apenas arriban suelen ser noticia en los medios, y luego se pierden de vista.

Pero ese momento es el punto de partida de otra historia. La historia de jóvenes que buscan un lugar lejos de casa y que arrastran vidas dolorosas, difíciles de olvidar y que vale la pena conocer.


Comiendo agua
En la actualidad, Bernardo tiene 26 años y hace cuatro que llegó a la Argentina. Una sonrisa ancha, como su espalda, le surca la cara, y habla español con sorprendente locuacidad. A pesar de la corta edad, su vida es un kilométrico inventario de huidas. Nació en Bujumbura, la capital de Burundi; allí vivía con sus padres, una hermana y cuatro hermanos. El sostén de la familia lo brindaba un pequeño taller mecánico en el que trabajaba su padre.

Ese minúsculo país del centro de Africa tiene una historia de sangre permanente debido a la guerra que mantienen las etnias tutsis y hutus. Desde que se separó de Ruanda y logró su independencia el 1º de julio de 1962, Burundi sufre infinidad de sometimientos y numerosas matanzas por parte de los tutsis. Ellos son la etnia dominante pero minoritaria, ni siquiera constituyen el 15 % de la población. Sin embargo, manejan tanto el gobierno como el ejército y ejercen un férreo control social.

La sonrisa de Bernardo desaparece de inmediato cuando, tajantemente, dice: "Hace mucho tiempo que está esa guerra civil, no quiero pensar más en eso porque por suerte ya quedó atrás". Su vida cambió por completo cuando tenía 15 años. En 1989, una ola de persecuciones por parte de los tutsis dejó un tendal de muertos entre los que estaban sus padres. El y su hermano John, de 13 años, pudieron escapar.

A partir de ese momento vivieron errando por diferentes países del continente negro. "Estuvimos en Zaire, Mozambique, Sudáfrica y en Ciudad del Cabo y luego vinimos para acá. Subimos al barco en la noche y no sabíamos hacia dónde iba; podía ir a Europa o a Estados Unidos, a cualquier lugar", recuerda Bernardo.

Los jóvenes hermanos estuvieron escondidos siete días en la sala de máquinas, un espacio de no más de cuatro metros por cuatro, con agua de mar hasta las rodillas, e ingiriendo y racionando unas pocas botellas de agua dulce que habían tomado prestadas en el puerto. Al octavo día la situación era insostenible y no tuvieron otra opción que presentarse en cubierta. El carguero al que habían trepado tenía bandera panameña y la tripulación era filipina, así que se hicieron entender a través de un inglés balbuceante.

El resto del viaje -que duró casi dos meses- fueron alimentados con las sobras, pan y agua. "Nosotros viajamos mucho, estuvimos en Brasil y Uruguay. Cuando llegamos acá, el capitán nos hace bajar en el pueblo de General Lagos", afirma Bernardo con los ojos apuntando al techo.

El momento elegido por el marino para la abrupta despedida no fue el más propicio. Al poco tiempo se desató la crisis de diciembre de 2001, que sumergió a la Argentina en la peor catástrofe de su historia. Bernardo y su hermano anduvieron sin rumbo durante varios días por General Lagos y Villa Gobernador Gálvez, hasta que llegaron a la localidad de Alvear; allí la familia Sanabria se apiadó de ellos y les brindó techo y comida.

Tiempo más tarde, se conectaron con la gente de la Delegación Rosario de la Comisión Católica de Migraciones, una institución independiente que es la agencia implementadora del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur, ver aparte), y la vida comenzó a tener otro aspecto.

Hoy, Bernardo vende bijouterie en las calles del centro de Rosario y vive en una pensión. Sus ojos se cierran y mueve la cabeza de un lado a otro demostrando que no tiene deseos de volver. "Me quedo acá, tengo algunos amigos y la gente me trata bien. Además, me sostengo con mi trabajo", dice. Cuando se despide, vuelve a desenrollar su interminable sonrisa y musita con algo de vergüenza que las rosarinas "son muy buena onda".


Diamante negro
La República Democrática del Congo vive un conflicto que parece no tener fin. Es un país sin estado donde las empresas, los particulares y los países vecinos libran una guerra constante por las reservas de diamantes, cobre, madera y coltán. Este último es un metal esencial para el desarrollo de nuevas tecnologías, las estaciones espaciales y las armas más sofisticadas. Con ellos se enriquecen unos cuantos y se financia la propia guerra.

Desde esa tierra arrasada, ubicada en el corazón de Africa, vino Francis. El reiterado conflicto y las matanzas entre etnias fueron los motivos por los cuales huyó del Congo. Su caso tiene una particularidad: él pertenece a la etnia banyamulengue, que se ubica en una zona fronteriza con Ruanda, país donde también habitan personas de su misma etnia. Pero tanto los congoleños como los ruandeses no los aceptan como pertenecientes a sus respectivos países.

"Nuestra etnia ayudó a un candidato a presidente para llegar al poder. A cambio teníamos la promesa de que íbamos a ser reconocidos como congoleños. Cuando asume, nos traslada a la capital, Kinshasa, pero al poco tiempo resuelve que debíamos volver a nuestra región que se llama Gwoma y yo decidí que no quería volver", explica Francis, mezclando el francés y un español dificultoso que se empeña en salir a borbotones.

Francis es más bien menudo, con ojos grandes, brillantes, y en su cabeza relucen unas imperceptibles motas en forma de punta. Tiene 26 años, habla pausado y a veces su piel parece destilar una sensación de tristeza. Alguien le alcanza un vaso con agua, bebe, y continúa el relato: "Decidí dejar el país junto a un grupo de personas que estaban en misma situación. Viajamos todos en un auto hacia un país vecino. Mi familia se volvió a nuestra región". Antes de escapar estuvo escondido en un convento de monjas y ahí se enteró que sus padres volvieron a Gwoma con uno de sus tres hermanos varones.

Francis no sabe qué suerte corrieron sus otros dos hermanos varones y su única hermana. Le brotan irremediables lágrimas al admitir que será muy difícil reencontrarse con ellos algunas vez.

Después de salir de su país, se exilió clandestinamente en Camerún y allí trabajó cargando el equipaje de la gente que embarcaba. Un amigo del puerto le ofreció alojamiento y algo de comida; la situación era más que precaria, porque carecía de documentos. Más tarde, cuando pasó a ser lavaplatos en un restaurante, empezó a observar con atención el movimiento portuario, a la vez que el azul del Atlántico se le iba clavando en las retinas.

"De a poco fui hablando con la gente que viajaba, ellos me contaban cómo era la situación y me iban dando información. De esa manera, me empieza a surgir la idea de salir de ese lugar", dice Francis. Intentar embarcarse no fue una empresa sencilla: "una noche de mucha lluvia me metí con un grupo de gente que subía a un barco y así pasé desapercibido. Busqué un lugar para esconderme y ahí me quedé".

Fueron diecinueve días a bordo del buque del cual no sabía hacia dónde zarpaba ni qué bandera portaba. Sus provisiones consistían en algunos bombones, agua y un poco de leche. Al cabo de siete días no le quedó nada y decidió salir del escondrijo. "Me presenté en la cocina para buscar comida. Cuando se dieron cuenta de que estaba allí, me llevaron delante del capitán; él me encerró en un camarote y me dijo que me llevaría de vuelta al Congo".

La idea del capitán fue desbaratada por una arriesgada maniobra de Francis; cuando vio por la ventana la costa recortada de la ciudad de San Pedro, no dudó un instante y saltó del barco. Fue rescatado por la Prefectura Naval y debió ser hospitalizado porque su estado de salud era muy delicado.

En un principio, su caso fue tomado por la oficina de Migraciones que realizó los primeros trámites para peticionar el refugio. Francis lleva seis meses viviendo en Argentina y hasta hace poco trabajó en un negocio de recarga de tinta para cartuchos de impresoras. "Todavía no estoy muy acostumbrado a esta nueva vida, las cosas son muy diferentes al Africa. Los domingos sé que me voy a sentir bien porque hice algunos amigos y ese día siempre jugamos al fútbol", cuenta, antes de guardar algunos papeles en su mochila y saludar, para perderse en la noche que se apropió de la calle.

Durante la primera semana de octubre de 2004 varios polizones fueron encontrados en los puertos de las ciudades de San Lorenzo y Puerto General San Martín. Los cuatro primeros provenían de la República de Guinea y viajaron más de veinte días escondidos debajo de la hélice de un buque de bandera vietnamita, el Vega Star. El capitán, Don Dinh Dung, declaró que a los diez días de haber partido del puerto de Conakry -capital de Guinea- había detectado a un grupo de chicos cuyas edades oscilaban entre los 15 y 19 años, y aseguró que les brindó buen trato y comida.

Los otro cuatro, provenientes de Camerún llegaron deshidratados, desnutridos y con hipotermia en el buque Cargo Endurance, que tenía bandera liberiana, capitán griego y tripulación ucraniana.

David Bangoura y Abdourrahamane Camara pertenecen al primer grupo y ambos tienen 18 años. A pesar del calor, David viste jeans y una camisa color negro. "Desde donde yo vengo hace mucho más calor", asegura con una media sonrisa que se le borra como por arte de magia cuando cuenta su historia: "En la República de Guinea yo me escapé de la cárcel. Estaba preso, porque mi padre es un hombre que pertenece a un partido político opositor al presidente actual. Por esa causa me llevaron a la prisión".

El castellano de David es muy fluido si se toma en cuenta el breve lapso que lleva en nuestra ciudad. Tiene el cuello rodeado por un voluminoso collar con bolitas de madera y sus manos se esfuerzan en cada gesto para hacerse entender mejor. "A un mes de estar encerrado yo me escapé; en una semana le expliqué a mi madre que me iba de Guinea y a los pocos días me subí al barco que me trajo acá. Yo sabía y estaba seguro que venía a la Argentina porque tenía un amigo que era guardia del barco, por eso, yo ya sabía", relata.

Además de sus padres, David dejó en Guinea a un hermano y una hermana pequeña. La charla se desarrolla en un salón de la Comisión Católica Argentina de Migraciones de Rosario, donde los chicos tienen clases de castellano dos veces a la semana.

Bajo una mata de cabellos que le caen en forma de pequeñas rastas, surge la potente voz de Camara, que viajó con David. "Yo en mi país jugaba al fútbol y ahora quiero empezar a jugar acá, pero aún no pude conseguir un club; soy delantero", aclara mientras se declara fanático de Rosario Central.

A Camara el español aún le cuesta bastante. Cada tres o cuatro palabras, observa a su compañero para asegurarse que está diciendo lo correcto. Es hijo único y su madre, que se quedó en Africa, es la única familia que tiene.

Los jóvenes explican que la situación, para los que están en desacuerdo con la dictadura que gobierna su país, es extremadamente peligrosa. Los guineanos se dividen en dieciséis grupos étnicos, entre los más numerosos se encuentran los fulanis, mandingas, malinkes y sussus; David y Camara pertecen a este último. El sussu y el malinke son las lenguas más habladas, aunque el idioma oficial es el francés. El 65% de la población profesa la religión musulmana, un 33% practica cultos tradicionales y solamente el 2% pertenece al catolicismo. La República de Guinea detenta una intensa explotación minera y cuenta con un depósito de bauxita que está entre los más grandes del mundo.

En estos días, los dos están empeñados en conseguir un empleo y David se muestra como el más decidido frente al futuro. "Ahora estoy contento porque me hice un grupo de amigos con los que queremos formar una banda. Todos los viernes y domingos nos juntamos a tocar y a cantar un poco. Ellos tocan y yo canto", cuenta y concluye: "no quiero volver a mi país. Acá dormimos bien, comemos bien y caminamos tranquilos. Pienso que mi futuro está acá y me gusta vivir en calma. A mí me gusta mucho estudiar y quiero comenzar Ciencias Económicas. Además, cuando pueda conseguir trabajo o pueda terminar mis estudios y tener mi propio dinero, me gustaría volver a Guinea para buscar a mi familia y traerlos a vivir acá". Tal vez Rosario sea el lugar donde ese sueño pueda hacerse realidad.


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Los africanos asisten a clases en la sede local de la Comisión Católica de Migraciones.

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