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 domingo, 22 de julio de 2007  
[Lecturas]
Como un álbum familiar

Irina Garbatzky

Ensayo

  • La boca del testimonio, lo que dice la poesía, de Tamara Kamenszain. Norma, Buenos Aires, 2007, 162 páginas, $ 29.

    Testimoniar en oxímoron, testimoniar sin lengua y testimoniar sin metáfora es lo que sabe hacer la poesía, un discurso que en la boca de cada poeta encuentra una manera de contar la vida. En “La boca del testimonio. Lo que dice la poesía” se formula nuevamente una consideración acerca de la lengua poética, por la cual la materialidad de la palabra es utilizada para dimensionar lo real. Como en toda la obra de Kamenszain, el diálogo entre la poesía y la crítica puede pensarse como una reformulación de la escritura propia e incluso como la construcción de un álbum de familia: configuración del árbol genealógico dentro del cual la poeta-ensayista se sienta a conversar.

    Habiendo sido considerada por algunos críticos como “neobarroca por anorexia”, si abrimos cualquiera de sus libros esperaremos encontrar las citas de este particular linaje rioplatense. Sin embargo, si leemos estos ensayos bajo la luz de “Solos y solas”, su último libro de poemas (la misma autora ha destacado en algunas entrevistas que es necesario leer su poesía y su crítica de manera conjunta), se nos presenta una nueva genealogía, que va más allá de las etiquetas poéticas y que comienza por incluir a todos los que ella llama “mal-ditos” de la poesía: los que encontraron una relación de conflicto y angustia con la lengua en la que les tocó escribir y que por lo tanto construyeron otra, “una carpa de dos en el desierto” en la cual cobijarse. Los rostros de esta familia que Kamenszain decide mostrar son César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Washington Cucurto, Roberta Iannamico y Martín Gambarotta.

    La búsqueda de una “sensibilidad nueva” en Vallejo, no es, según Kamenszain, el anhelo de una poesía de innovaciones, sino la exploración de un “sentimiento hipercontemporáneo” que renace en cada momento en que el poema se da a leer y que resume la experiencia del presente. La apuesta de la poesía de Vallejo es lograr que el sufrimiento y la ausencia cobren una dimensión ontológica, armando su propia subjetividad y su espacio. El testimonio de Alejandra Pizarnik, por oposición, será el dar cuenta de todo lo muerto que consume a la vida, es decir, su sombra. A partir de la lectura de sus diarios, Kamenszain sostiene que la poesía de Pizarnik se construye como una escritura sin lengua, a la sombra del “habla normal” o de los códigos compartidos por los argentinos, necesarios para escribir una novela. Su extranjería lingüística, dice, se funda en la visión que ella proyecta sobre su identidad. Ser judía es ser portadora de un secreto: no hay palabras que rediman de la muerte, porque no hay resurrección en la muerte judía. El testimonio de lo muerto en vida se ve logrado, en la invención de otra lengua, en el corrimiento de la poesía hacia una prosa singular. Kamenszain inserta a Pizarnik en la tradición de una lengua rebajada, ensuciada, que necesita “decir más” y “decir mal” para mostrar el sinsentido que hay en ella, y para esto, la lee a contraluz de otros escritores, como Paul Celan, Osvaldo Lamborghini o Néstor Perlongher.

    Por último, el análisis sobre la poesía de Cucurto, Gambarotta y Iannamico da cuenta de un viraje que realizó la poesía argentina en los años 90, que la autora llama “testimoniar sin metáfora”. La presentación “realista” de objetos, espacios y nombres ya no está interesada ni en un uso ni en un consumo de la realidad; hay que escribir con lo que hay del mundo, con su muda desnudez. “Querer decir algo fue la marca dentro de la que cierto estereotipo «poético» de la modernidad intentó encerrar al poema. Al costado, en la calle, se puede leer ahora lo que había quedado afuera”, señala Kamenszain. Así, los escritores de la Argentina de finales de los 90 llevaron a cabo el cometido señalado por Giorgio Agamben: “La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene”. Lo improfanable es ese “afuera”, ese substrato de lo real que no se deja ser representado por el espectáculo de ficción o por el reality show, y que en la poesía de estos autores se traduce mediante cortes, proliferaciones de nombres conocidos y subjetividades desarmadas. Mostrar un yo centrado en la acción y no en la palabra, un “post-yo” que se convierte en algo más entre las cosas, hacer entrar lo real en un territorio desconocido es lo que vienen a decir los inmigrantes “paraguayitos” de Cucurto, los chinos innombrables de Gambarotta y la serie de mamushkas de Iannamico.
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