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 domingo, 27 de agosto de 2006  
Lo coletazos de la dictadura

Parece increíble, pero tristemente es real. Aun hoy, cuando han pasado casi veintitrés años de la restauración democrática, continúan emitiéndose opiniones favorables en torno del accionar de la más siniestra de las dictaduras que hayan asolado a la Argentina. Días pasados, fue un funcionario radical de la Municipalidad de Rufino el encargado de verter conceptos que provocaron estupor, entre ellos una frase desafortunada que todavía resuena tristemente en los oídos de quienes la leyeron o escucharon: “En esa época no morían inocentes como ahora”. Sin dudas, una perfecta traducción al presente de aquella cláusula oscura que funcionó como telón de fondo legitimador de la masacre perpetrada durante los llamados años de plomo: “Por algo será”. La pregunta es: ¿hasta cuándo?

   Y bien, la respuesta es dura pero necesaria: esa clase de visiones no desaparecerá. Inevitablemente, tal cual días pasados sucediera con el diagnóstico emitido por el secretario de Hacienda de la Municipalidad rufinense, surgirán lecturas reivindicatorias de lo brutal, lo atroz, lo injustificable, lo imperdonable. Y es que mal que les pese a muchos argentinos, detrás del silencio que caracterizó el paisaje político nacional durante el período 1976-83 no sólo se agazapaba el comprensible miedo colectivo, sino el trágico consenso civil ante la barbarie implementada por los militares.

   La democracia constituye el principal de los bienes de que goza en la actualidad el pueblo argentino. Luego de los dramáticos errores cometidos durante la década del setenta, cuando gran parte de lo mejor de una generación optó erróneamente por la violencia como camino para resolver los problemas sociales, el consenso en torno de los beneficios de la institucionalidad vigente resulta monolítico. Sobre esa inamovible base es que se construye cualquier proyecto de país, sobre ese cimiento invariable es que se plantean las alternativas para consolidar el rumbo económico, en lo que constituye el gran desafío pendiente después de la consolidación de la República.

   Y dicha consolidación está edificada sobre dos palabras cruciales —nunca más— que no deben ser olvidadas so pena de repetir la historia. Y la memoria, se sabe, se construye de manera cotidiana: a través de la militancia del recuerdo se sustenta el vigor de las convicciones. Frente a aquellos que aún hoy, sin vergüenza ninguna, reivindican la cultura de la muerte, no cabe sino proclamar con firmeza los valores de la vida, la justicia y la libertad de expresión. El resto merecería ser silencio.
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