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 domingo, 02 de octubre de 2005  
El viaje del lector: Egipto milenario

Casi seis años me pasé proyectando -y postergando- mi viaje a Egipto, hasta que el año pasado, una circunstancia especial me puso de buenas a primeras en la escalerilla del avión. Como no teníamos visa, el empleado de la agencia de turismo me pidió, en aceptable español, los tres pasaportes y sesenta dólares para tramitarlas en el propio aeropuerto. Sufrí hasta que volvió, no sé si el importe era correcto, pero...ya estaba en El Cairo.

Desde el piso tercero del Hilton Hotel (que tiene 25) veíamos el Nilo y todos los hoteles construidos sobre sus márgenes que se iluminaban a medida que caía la tarde. Abrir la ventana (que por algo estaba blindada con burletes especiales) fue el primer contacto con el infernal ruido de la ciudad. Había debajo una terminal de colectivos y varias rampas entrecruzadas por las cuales salían miles de automóviles con dos millones de personas que trabajan en la ciudad y viven fuera de la misma. En total son diez millones de habitantes estables.

Para rematar el primer día cenamos en un barco que navega despaciosamente por el Nilo. El barco, el paseo y la cena excelentes. La bailarina árabe....bueno, me quedo con cualquiera de las chicas que amenizan las noches rosarinas. Con la diferencia que aquellas son como una especie de semidiosas a las cuales los turistas, especialmente japoneses, requieren para sus fotos y para depositar en sus corpiños buenos dólares. No menos de 400 por actuación...

Comenzamos la visita a las pirámides por la de Sakkara, primer monumento funerario y única escalonada. En un parque cercano hay una estatua de Ramsés -acostado- en un solo bloque de piedra que mide entre l0 ó 12 metros. Seguimos a un punto panorámico desde el cual se observan, majestuosas, las tres pirámides que hemos visto en tantos folletos pero... verlas y tocarlas es otra cosa. La mayor -Keops- tiene 240 metros de base y 137 de altura.

Previo paseo en un manso y cansino camello adornado con borlas y coloridos colgantes, seguimos a la esfinge de Giza, que con su cara de hombre (la nariz y el barbijo lamentablemente deteriorados) y su cuerpo de león permanece allí, impávida, como desafiando el tiempo. Como dijo un español acerca de nuestras Cataratas..."de nada sirven las fotografías, el que quiera verlas, pues... que venga".

Visitar el Museo Nacional Egipcio demanda por lo menos 3 días. Lo recorrimos en una mañana. La máscara de Tutankamón tiene 11 kilos de oro puro, los collares, dedales, bastones y guantes otros 110, todo con incrustaciones de piedras preciosas y ricas maderas. Solamente un par de aros que compensaría mi ambición pesará, calculo, 250 gramos.

Previo colocarnos una túnica verde y dejar nuestro calzado fuera, visitamos la mezquita de Mohamed Ali, imponente con sus cuatro cúpulas interiores doradas y su alfombrado rojo sobre el cual, hay musulmanes orando.

No se puede pasar por El Cairo sin visitar el bazar de Khan el Khalili formado por cientos de pequeños negocios que exhiben sus exóticas mercancías en retorcidas callejuelas y pasajes sin nombre que las identifique. Vestidos, caderines, almohadones, narguiles, sandalias, chilabas, tarbuch, perfumes, dátiles, tabacos y pirámides de coloridas especias, son algunas de las ofertas que con insistencia y una calculadora en la mano pretenden colocar los vendedores. Me quedé con deseos de comprar una prenda que comenzó valiendo 80 libras y después del habitual regateo terminó, como última y generosa concesión, costando 40. Pero volví... y sin pedir rebaja me la cobraron 30. Un comedido me aclaró el contrasentido. "Estamos en El Cairo" me dijo.

En una de las confiterías del hotel donde pintorescos jeques y sus respetables señoras con atuendo oriental fumaban narguile nos sentamos a beber cerveza. Atraídos por el atrapante aroma de esos ricos tabacos y para participar del ritual (un camarero especial con túnica negra recorre las mesas encendiendo y alimentando las brasas) pedí un servicio de narguile y me trajeron un platito con pepinos y zanahorias.

Sabíamos que con tantas compras nuestro equipaje pesaba alrededor de 80 kilogramos así que con cierto temor llegamos al mostrador de embarque del aeropuerto. La despachante colocó las maletas en la balanza, simuló ver la lectura de un mecanismo evidentemente descompuesto y asentó en el billete "27 kilogramos". Le comenté el episodio al agente de viajes que concurrió a despedirnos y por toda explicación me dijo ... "estamos en El Cairo, donde estas cosas pueden ocurrir...".

Jadille Díaz (ganador de esta semana)
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