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 sábado, 15 de abril de 2006  
Semana Santa. El día en que una multitud rogó por llevar a Cristo en sus brazos
Más de 250 mil almas en el Vía Crucis del padre Ignacio
Divididos en tres grandes grupos, recordaron en el corazón de barrio Rucci la pasión y muerte de Jesús

Diego Veiga, Silvia Carafa y Marcelo Castaños / La Capital

Se separó del resto y se inclinó a llorar. Su marido la abrazó y el gemido se escuchó por sobre el susurro de las oraciones de los miles de fieles que integraban la procesión. Minutos antes había podido llevar la cruz unos metros. Sólo fue un instante, pero para ella significó todo. Alguna historia como las de tantos otros que ayer estuvieron en el Vía Crucis del padre Ignacio fue quizás la causa por la que derramó esas lágrimas. Allí, en el corazón de barrio Rucci, 250 mil almas se aferraron anoche a la fe. Todos tuvieron su historia, su dolor, su promesa o su agradecimiento.

"Tocalo, Mica, tocalo", le dijo la mamá a la pequeña Micaela. La nena se abrió pasó entre la gente y rozó con su mano la pierna del Cristo crucificado. A su lado, otra mujer pugnó por hacer lo mismo, aunque sin éxito.

Tocar la imagen de Cristo se transformó en una premisa básica para las más de 200 mil personas que anoche participaron del Vía Crucis del padre Ignacio. Y sabiendo de que eso sería prácticamente imposible, los organizadores dispusieron que tres cruces recorrerían las catorce estaciones que llevaron a Cristo al Calvario.

Así, las tres columnas partieron con unos 30 minutos de diferencia y los fieles no se agruparon entonces todos detrás de una. Además, y estratégicamente ubicadas cerca de cada cruz, unas camionetas con grandes parlantes llevaron la palabra del padre Ignacio, que desde el palco central transmitió cada una de las estaciones del Vía Crucis.

Protegidas por un escudo humano de colaboradores de la parroquia Natividad del Señor, las cruces avanzaron por el barrio a buen ritmo, a tal punto que se escuchó más de una queja por parte de los fieles. "¿Pero esto es un Vía Crucis o una maratón?", le preguntó una mujer a una de las colaboradoras de la segunda cruz.

Las estaciones fueron estratégicamente ubicadas tanto en Rucci como en Parquefield, y la masiva procesión recorrió ambos barrios, ya que cruzó dos veces la Circunvalación.


Cada alma, una historia
Detrás de cada uno de los fieles había ayer una historia. Algo que funcionaba como un motor que los impulsaba a caminar, pedir y rogar. A nadie le importó que la noche estuviera fría o que por momentos no se pudiera caminar por los apretujones de la muchedumbre.

Allí estaba Marta, una abuela de 60 años que empuñó con fuerza la foto de su nieto Francisco y se hizo lugar entre la gente para llegar hasta la cruz. Uno de los colaboradores la miró y le colocó al Cristo crucificado sobre sus hombros. Marta no lo dudó, se abrazó fuerte a la imagen y la foto de su nietito se estampó contra uno de los pies del Cristo.

"Tiene tres años y padece una parálisis cerebral. Los médicos no nos dieron mucha esperanza, pero yo vengo siempre a lo del padre Ignacio y sé que lo está ayudando", le contó la mujer a La Capital, al tiempo que confesó su emoción. "Había prometido por mi nieto que iba a llevar la cruz, y por suerte lo logré", señaló.

Unos minutos después le tocó el turno a otra mujer. "Poder llevar a Cristo crucificado sobre tus hombros es una emoción muy grande que no se puede describir. Son segundos, pero te provoca una enorme alegría que la razón no entiende", dijo mientras se abrazaba con una amiga.

Y así iban todos. Abrazados, llorando, rezando, dejando al desnudo algo que la razón no descifra y que sólo tiene explicación desde la fe. Eso que hace que 250 mil almas caminen detrás de una cruz y aprieten entre sus manos las fotos de sus seres queridos, muchos de ellos enfermos.

Por fuera de la columna, paramédicos, ambulancias, policías, agentes de la Guardia Urbana Municipal (GUM) y colaboradores trabajaron a destajo para que no hubiera inconvenientes. Y en la plaza central de Parquefield, los ex combatientes de Malvinas montaron su tradicional cocina de campaña con la que ofrecieron mate cocido caliente a quien lo quisiera.


Mollaghan dijo presente
La primera cruz llegó minutos antes de las 23 al lugar en el que se montó el palco central, en Camino de los Granaderos y Kennedy. Allí, el flamante obispo de Rosario, José Luis Mollaghan dio un mensaje a los fieles (ver página 4). Desde Roma, en tanto, el papa Benedicto XVI destacó en su homilía "un plan diabólico que busca eliminar la familia" (ver página 14).

Por su parte, Ignacio pidió por la paz, la patria, los colaboradores y organizadores y la salud de todos los allí presentes. Después se disculpó porque a veces se enoja con alguno.

La homilía fue seguida con atención por los fieles. Muchos de ellos escucharon las palabras de los sacerdotes con velas en sus manos. Algo que también fue una constante a lo largo de la procesión y una veta que algunos vieron para ganarse unos pesos.

En efecto, por entre las calles de barrio Rucci y Parquefield fue posible encontrar puestos de venta de velas que las ofrecieron a 50 centavos cada una.

Desde los monobloques, en tanto, no fueron pocos los vecinos que se asomaron a los balcones para ver a la multitud. Es más, hasta hubo quienes sacaron sus radios a la calle para que la gente pudiera escuchar los pormenores de la trasmisión del Vía Crucis.

Así, 250 mil almas volvieron a inundar ayer barrio Rucci y plasmaron una vez más una multitudinaria muestra de fe. Todos tuvieron su historia, su dolor, su promesa o su agradecimiento. Como esa mujer que se inclinó a llorar después de llevar la cruz y su gemido se escuchó sobre el susurro de las oraciones.


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Ignacio, en medio del fervor de la gente.

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