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 domingo, 13 de noviembre de 2005  
Editorial
Colectividades, espejo de Rosario

Notable mejoría se percibe en la actual edición del tradicional y entrañable encuentro popular en relación con la del año pasado. La gente, único termómetro para medir el éxito de una propuesta, ya ha dado su veredicto: si todo sigue a este ritmo, se llegará con comodidad al millón de personas prometido por el intendente.

La Fiesta de las Colectividades se ha convertido en una pieza clave de la identidad urbana rosarina. De allí que el cuidado de su normal desarrollo y la garantía de su adecuado funcionamiento constituyan un desafío que se debe superar con éxito en beneficio de la ciudad: es que son muchos quienes noche a noche concurren al predio del Parque Nacional a la Bandera para disfrutar del auténtico sabor y perfume populares que animan a la feria. Y este año, además, se comprobó que proliferan los turistas atraídos por ella.

El balance provisional que puede realizarse de la edición 2005 del evento es positivo, dado que se concretaron varios de los objetivos originales que impulsaron su surgimiento, allá por 1985. Entre ellos, debe hacerse referencia al mayor equilibrio entre las esferas gastronómica y cultural, evitando que lo que debe ser una manifestación plural se convierta en un gigantesco patio de comidas al aire libre. El control ejercido por los organizadores rindió frutos y ya no fue dable contemplar el mero aprovechamiento económico de un espacio sin respetar las tradiciones específicas del sitio geográfico al cual se representa. Así, propuestas mucho más cuidadas engalanaron a la Feria, tanto como lucidos espectáculos de danza y canto.

La consecuencia de la mejoría es lógica: mayor afluencia de gente que en la edición anterior -el aumento se estima en un veinte por ciento-, al punto de que el millón de personas prometido por el intendente Lifschitz no tardaría en volverse realidad.

En el haber deben contabilizarse falencias que no resulta sencillo resolver, a veces ajenas al evento en sí mismo: el déficit que implica la carencia de unidades del transporte urbano de pasajeros, por ejemplo, y también de taxis a partir de cierta hora de la noche, así como cierta e inevitable dosis de inseguridad -el temor a los arrebatos no carece de fundamento- son dos lunares que empañan el brillo del Encuentro. Debe valorarse como acertada, en cambio, la decisión de prohibir la venta de alcohol a partir de la medianoche de domingos a jueves y desde la una de la madrugada viernes y sábados, medida que tornó aún más familiar el clima de la Fiesta.

Pero el espíritu del Encuentro permanece fiel a sí mismo y así se volvió a plasmar este año la combinación de perfumes, colores, sabores y tradiciones que -sólidamente enraizados en el pasado de los pueblos- dan origen a una identidad cultural creada en la forja de la inmigración, matriz de la ciudad puerto.

Los rosarinos deben valorar y cuidar Colectividades. Acaso todavía no lo sepan, pero están dando a luz a un nuevo mito para enriquecer su historia.


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