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 domingo, 14 de agosto de 2005  
Vida de un piojo llamado Matías

Fernando Aramburu

Yo nací en la nuca de un gigante humano que era maquinista.

Los primeros once días de mi vida, que es lo mismo que decir mi infancia entera, los pasé montado en un tren de mercancías y de vez en cuado atravesábamos alguna ciudad.

Aquel gigante se llamaba Matías. Como yo no tenía nombre, me pareció bien tomar el suyo. De esta manera, cuando alguien le preguntaba:

-Hola Matías. ¿Cómo va eso?

Yo sentía con agrado que también me hablaban a mí.

Y cuando él respondía:

-Pues aquí estoy tan tranquilo, rascándome como de costumbre la cabeza.

A mí me daba por pensar que era yo el que pronunciaba aquellas palabras.

Fuera de unos pocos remansos de tranquilidad, no he tenido una vida fácil. He viajado bastante, eso sí, y he visto lo que he visto.

La gente cree que los piojos sólo sabemos picar y tumbarnos a la bartola entre una y otra picadura, pero no es verdad. ¡Cómo si no tuviéramos nuestros propios sentimientos!

Una espina he llevado siempre clavada en el corazón. Me refiero a la pena de no haber conocido padre ni madre.

A mí, al nacer, nadie me acunó en sus brazos, ni me hizo caricias, ni me cuidó. Desde un comienzo tuve que enfrentarme solo a los peligros, trabajar duro, aprenderlo todo por mi cuenta y estar alerta mañana y tarde para no perder la vida en un descuido.

En pocos días, pongamos cinco o seis, me formé dentro de un huevo. El huevo era diminuto y blanco. A simple vista se confundía con un cachito de caspa. Menos mal, ya que por regla general la duración de nuestra vida depende de que los gigantes humanos en cuyos bosques vivimos no nos descubran.

En cuanto nos echan el ojo se desviven por matarnos. Nunca he terminado de entender la manía que nos tienen. Verdad es que con frecuencia les chupamos un poco la sangre. ¡Pero es que ellos se comen pollos, cerdos y peces enteros! ¡Hasta caracoles cocidos en salsa de tomates he visto yo comer a Matías, el maquinista!

Pero a lo que iba. Al huevo nuestro la gente lo llama liendre. La gente practica esa costumbre curiosa de ponerles nombres a las cosas.

Mi liendre estaba pegada a la base de un pelo, cerca de la piel de la cabeza. Porque, claro, no estaría bien que uno, al nacer, corriese el peligro de darse un porrazo contra el suelo. Si vamos a eso, tampoco los seres humanos nacen en las copas de los árboles.

Y es que mi madre, quienquiera que fuese aquella bendita, hizo las cosas como hay que hacerlas. Tuvo la prudencia de enganchar la liendre al pelo, al que estaba tan pegada y agarrada que ni frotando con los dedos al lavarse ni pasando el peine habría podido el maquinista arrancarla de su sitio.

Dentro de la liendre uno se encuentra a gusto y como dormido. Lo que es por mí, yo me habría quedado dentro para siempre. Pero no pudo ser. A medida que aumentaba el tamaño de mi cuerpo iba quedando cada vez menos espacio para moverme. Llegó un momento en que ya no pude soportar la estrechez.

Entonces hice lo que cualquiera con dos dedos de frente hubiera hecho en mi lugar. Estiré mis seis patas y alargué la cabeza tratando de encontrar una postura más cómoda. ¡Cielo santo, la que armé! Rompí un casquete de la cáscara que me envolvía. Por la abertura entraba una claridad intensa que me deslumbró.

Después, con bastante esfuerzo, salí de la liendre. Acababa, como quien dice, de nacer. Estaba mojado y tenía frío. Tendí la mirada a izquierda y derecha. No se veía a nadie en aquel bosque de pelos negros, en el que reinaba un silencio completo.

Con cuidado de no resbalar descendí del pelo. Unos ganchos que por fortuna poseo en la punta de cada pata me facilitaron la bajada. Una vez en tierra, me entró una grandísima necesidad de alimentarme. La pregunta era cómo. La verdad, no se hallaba cosa alguna parecida a comida ante mi vista.

Anduve un rato por los alrededores.

Tanta era mi hambre que, de pronto, se me salió por sí solo el estilete que los piojos llevamos en la parte delantera de la cara. Sin que nadie me hubiera instruido en la técnica de comer, lo clavé con fuerza en el suelo. La necesidad enseña, ¡vaya que sí!

¡Qué delicia! ¡Qué gusto chupar la sangre dulce, caliente, roja y nutritiva del maquinista! Llevaba yo alrededor de cinco minutos fuera de la liendre y ya le había tomado una aficción inmensa a la vida.

No paré de chupar sangre hasta que me hube hartado. Estaba tan lleno que no podía dar un paso, ¡palabra! Todo mi cuerpo, salvo las patas, había cobrado un color rojo oscuro. A los gigantes humanos y a la mayoría de los animales no se les nota que han comido. En cambio, a nosotros los piojos se nos ve enseguida lo que llevamos en la panza.

Al acercarse la noche busqué un lugar apropiado para descansar. De pelo en pelo, recorrí un trecho de la nuca del maquinista hasta llegar a un pliegue de la piel donde me pareció bien cobijarme.

Me hallaba yo disfrutando con calma de la digestión cuando, no lejos de allí, comenzó a agitarse violentamente el bosque de pelos, como si se hubiera levantado de repente una tormenta. ¿Qué podía ser aquello? Corrí sin demora a lo alto de una verruguilla cercana con intención de averiguar lo que ocurría.

En esto, vi venir hacia mí, a mucha velocidad, un mástil gigantesco provisto de una especie de arado cortante en su punta. Lejos estaba yo aún de suponer que se trataba de un dedo del maquinista rematado en una uña negra. La uña barrió la zona llevándose por delante cuanto encontraba y emitiendo un crujido fragoroso.

En el último momento logré acurrucarme al pie de la verruguilla marrón. El suelo temblaba bajo mis patas. La devastadora uña, llena de grasa negruzca y pegajosa, me pasó rozando. No hay palabras para expresar el miedo que sentí. ¡Cuántas veces, siendo pequeño, me sobresaltó por las noches aquella imagen terrible del dedo rascador!

No hacía ni diez minutos que había venido al mundo y ya mi vida había estado en grave peligro.

"En adelante", me dije, "deberás andar con los ojos bien abiertos".

(de "Vida de un piojo llamado Matías",

Tusquets Editores)
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