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 sábado, 24 de abril de 2004

Los padres del estudiante de psicología quieren que al homicida le den perpetua
La vida de los Owsianski sin Germán
Al único hijo de Angélica y Mario lo asesinaron en octubre en Maipú al 2500. Por el ataque hay un chico preso

Jorge Salum / La Capital

En la vida de Angélica y Mario ya no hay grandes objetivos ni sobran ilusiones o expectativas. Todo eso se interrumpió abruptamente la mañana del 13 de octubre del año pasado. Ese día les avisaron que a Germán, su único hijo, le habían pegado un tiro en la cabeza. "A veces me pregunto hasta cuándo voy a poder seguir viviendo", confiesa ella con los ojos inundados de lágrimas. Su marido intenta decir algo, hace una pausa para llorar desconsoladamente y finalmente logra reponerse para expresar lo que le pasa. "Para nosotros él era todo y ya no lo tenemos. La verdad es que se hace difícil continuar adelante", afirma.

Angélica y Mario son los padres de Germán Owsianski, aquel estudiante de la carrera de psicología de la Universidad Nacional de Rosario asesinado a sangre fría cuando volvía a su departamento, en Maipú y Ocampo. Por el crimen está preso Brihan Reniard Pizzicatti, de 19 años, sentado en el banquillo de los acusados en el juicio que se le sigue por ese crimen. En el momento del asesinato estaba con él un chico de 17 años, que también está acusado.

El matrimonio Owsianski vive en San Justo, cien kilómetros al norte de Santa Fe. El trabaja en el acopio de cereales y ella en un negocio. Llevaban una vida tranquila, sin sobresaltos, hasta el día que un policía llamó a su puerta para avisarles lo que había pasado con Germán. Entonces todo se rompió en mil pedazos. Desde entonces ya nada es igual para ellos, y los dos aseguran que nunca volverá a serlo.

"Los primeros tiempos me parecía que nada de lo que pasó podía ser cierto, que en cualquier momento Germán aparecería. Recién ahora me estoy dando cuenta de que él no volverá y que ya nada será igual", cuenta la mamá del chico que estaba decidido a ser psicólogo y hasta a doctorarse en esa carrera.

Ella y su marido fueron los padres típicos de un hijo único: vivieron para él y estaban preparados para seguir haciéndolo hasta que alcanzara sus objetivos. Contaban con algo que los llenaba de satisfacción: Germán tenía metas muy claras y vivía para conseguirlas. "Por eso teníamos muchas ilusiones depositadas en él. Quería llegar y sé que lo iba a conseguir", revela Mario.

Sus recuerdos se trasladan hasta la época en que el chico les comunicó su decisión de mudarse a Rosario para estudiar psicología. Aunque tenían ciertos temores por lo que pudiera pasarle en una ciudad que percibían como "insegura y peligrosa", no dudaron en apoyarlo y en hacer todo el sacrificio que fuera necesario. "Con tal de que estudiara, haríamos cualquier cosa", aseguran.

A Mario se le llenan los ojos de lágrimas cuando evoca el viaje que hicieron para alquilar un departamento, la mudanza en la camioneta de Javier, el primo de Germán, y las visitas que el chico hacía a la casa familiar cada 15 o 20 días. Angélica también recuerda con una mezcla de sensaciones las llamadas telefónicas casi diarias al celular que ellos le compraron para mantenerse en contacto.

El matrimonio vino el jueves a Rosario en compañía de Javier. Los tres querían saber cómo está la causa contra Pizzicatti y el menor que lo acompañaba cuando fusiló a Germán. Se entrevistaron con la fiscal Graciela Argüelles y con el juez Ernesto Genesio, que tiene a su cargo el juicio contra Pizzicatti. Se fueron conformes con la marcha del proceso y luego, cuando hablaron con La Capital, Mario pidió especialmente que se reflejara su agradecimiento a la fiscal, al juez de Menores Juan Artigas y al de Instrucción Carlos Carbone, que investigó el crimen y procesó al homicida. También a los medios, a la Brigada de Homicidios de la policía, a toda la gente que los ayudó y a Juan Bermúdez, un amigo que Germán cosechó en Rosario y que ahora no se separa de ellos mientras están en la ciudad.

Aunque saben que eso no es posible, su deseo es que el asesino "no salga nunca más" de la prisión. Aun quebrados por el dolor y el vacío que les dejó la desaparición de Germán, alcanzan a entender que lo máximo que podría ocurrir es que al homicida lo condenen a cumplir 25 años. "Es lo que esperamos que pase", dicen antes de volver a San Justo, a reencontrarse con lo único que les queda del hijo que perdieron: los recuerdos y la convicción de que ya no lo recuperarán.

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Angélica bailando con su hijo.

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