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 domingo, 11 de febrero de 2007  
Interiores: Reencarnaciones

Jorge Besso

Pocas cosas son tan inaceptables para los humanos como su propia finitud, a pesar de que no haga falta aclarar que la muerte es tan natural como la vida. Sin embargo, se trata de una aclaración tan frecuente como inútil, ya que el hombre no tiene una existencia demasiado natural. Como seres a los que nos ha tocado en suerte existir, tenemos que enfrentarnos con dos preciosos y pesados regalos: un combo compuesto por vida y muerte. Como se sabe y se olvida, nos endilgan en el mismo acto la tan preciada vida como la tan temida muerte.

Variadas religiones y mitologías se ocupan de nuestro paso por la tierra augurando una vida más allá de la muerte, en la que muchos creen y muchos otros no. El pragmatismo del mundo retrocede frente a tamaño problema, dado que hasta el momento nadie ha vuelto de la muerte para contarnos que efectivamente por allá las cosas siguen, y en tal caso, de qué se trata. Tan siniestra presencia sería una prueba más que evidente de que más allá hay algo. De todas maneras tendríamos que creer su versión del asunto, y a lo sumo preguntar si es alguien proveniente del infierno, o en cambio se trata de un pasajero que arriba del cielo.

Un retorno diferente de la muerte se postula desde la doctrina de la reencarnación, pero el asunto es que el alma retornada se encarnará en otro cuerpo de acuerdo a las vicisitudes, en suma al comportamiento que haya tenido en su vida anterior, con lo que el nuevo cuerpo será un premio o acaso un castigo.

Cuestión plena de incertidumbres con el enorme riesgo de varios desasosiegos, ya que bien podría darse el caso de reencarnarse, por ejemplo, en una cucaracha. Lo que podría representar una curiosa jugarreta del destino si se tratara de alguien que en esta vida le tenía fobia, precisamente, a las tan odiadas cucarachas. Seguramente un domicilio para el alma más bien incómodo, con el agregado de que ahora estaría condenada a tenerle fobia a los humanos con su arsenal de aerosoles, venenos varios y fundamentalmente con el temible pisotón.

El problema de la finitud o la infinitud de los humanos, es indisociable a una cuestión siempre candente desde hace más de 2000 años: la división o disociación entre el cuerpo y el alma. O lo que es lo mismo entre el cuerpo y la psiquis. Dos grandes discursos. La ciencia y la religión se ocupan del problema con apuestas aparentemente muy diferentes. Y esto sin dejar de reconocer los intentos de una concepción integral del cuerpo y el alma, pero cuyos resultados son más bien precarios ya que en muchas ocasiones tanto el cuerpo como la psiquis dan muestra de su independencia. Al punto que el sujeto domiciliado en el cuerpo que le ha tocado en el sistema de reparto, cree hacer lo que quiere con dicho cuerpo y con su organismo, hasta que ambos le marcan el límite de sus despropósitos y desmesuras con accidentes o enfermedades siempre incalculadas.

En cuanto al alma, también son muchas las ocasiones en que el humano se propone sentir tal cosa, o acaso dejar de sentir tal otra y la bendita alma no sabe, no contesta. Como es el caso de los habituales intentos de actuar con la cabeza fría frente a una situación determinada. Pero basta que esto ocurra para que la psiquis se encienda, además de arrastrar al cuerpo, con lo que el sujeto en cuestión queda integralmente caliente, a pesar suyo.

Por un lado, la ciencia apuesta al cuerpo y al organismo dejando al alma para la religión. Por otro, la religión se ocupa del alma y deja los asuntos corporales en manos de la ciencia. Semejante especialización aparece muy adecuada, pero a pesar del impresionante poder de la ciencia y la religión, no todo está bajo control cuando se trata de humanos.

Para la ciencia las reencarnaciones no son posibles, y entre las religiones hay mucha variedad al respecto. Quizás las cosas sean más sencillas y más complejas al mismo tiempo. Las reencarnaciones se producen aquí en la tierra y en la existencia de cada cual, en tanto y en cuanto son muchas las veces que encarnamos papeles que tal vez no queremos desplegar: gestos, actitudes y posiciones que nos vienen del otro o de otros que revelan que el humano es un ser capaz de conciencia, pero lo es mucho más de inconsciencia.

Pero la ciencia y la religión nada quieren saber del inconsciente. Es más que probable que las improbables reencarnaciones futuras no sean nuestro problema. En cambio sí lo son las encarnaciones presentes cuando ciertos usos de la ciencia, y casi todos los usos y abusos de la religión, sacan del humano lo peor.




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