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 domingo, 10 de diciembre de 2006  
[Nota de tapa]- En el nombre del padre
Un paraíso llamado barrio Ludueña
Edgardo MOntaldo ecibirá el premio municipal de Derechos Humanos. El sacerdote es reconocido por su inscansable tarea en defensa de la dignidad de los excluidos

Lisy Smiles / La Capital

El remisero no se altera. Comenta que conoce el sitio preciso donde está el comedor comunitario Betania. Por ende, sabe donde vive el padre Edgardo Montaldo: Ludueña. Sin embargo, al llegar a la escuela se desorienta. Cinco chicos, de no más de siete años, se alborotan al ver el flamante auto. "Venga don, yo lo guío", dice uno de ellos ordenando al grupo montar en sus bicicletas. Están contentos, recorren la calle como dueños del barrio y acompañan la travesía llamando al cura a los gritos. El alboroto que provocan hace que el sacerdote salga a recibir a la comitiva. "Bienvenidos", dice, mientras los chicos lo rodean y por las dudas frenan sus bicicletas haciendo un pequeño derrape y quedan a su lado hasta que él les indica que pueden irse. Son sus chicos, por los que reclama, y medio en broma, medio en serio, ofician de corredor seguro, "pero sin uniforme y con risas", agrega alguien.

Ludueña está marcado como un punto rojo en el mapa del delito de la ciudad. También algunas de sus zonas albergan historias de mucha pobreza. "Pensar que cuando yo vine acá, en 1968, esto era un paraíso", recuerda Montaldo. Ahora, a casi cuarenta años de ese desembarco, "la mafia, que hace de los pobres un negocio, avanza para lograr que los chicos abandonen el sueño de la dignidad", afirma este sacerdote de 76 años que mañana recibirá el Premio de Derechos Humanos Claudio Pocho Lepratti, otorgado por la Municipalidad.

La distinción se entrega por primera vez y fue definida por un jurado. Además de un diploma de honor, consiste en mil pesos para un proyecto. Y Montaldo tiene un plan, hace casi cuarenta años que lo comparte con la gente del barrio.

Edgardo, como propone que lo llamen, está contento, desconfía de los premios y prefiere las obligaciones. "El peligro es la estatuación, la declaración de principios, mejor es sentirse obligado tanto en lo que refiere a las personas como al Estado", advierte, por las dudas.

El comedor comunitario, con sus paredes levantadas por gente del barrio, hace de escenario en el diálogo con Señales, en el que Montaldo recorre su infancia, el seminario, la experiencia barrial, su tránsito por la dictadura, las campañas y los políticos, y recuerda a Claudio Pocho Lepratti, su colaborador asesinado por la policía provincial en diciembre de 2001.


Maldita langosta
Edgardo Montaldo nació en San Nicolás (Buenos Aires), en 1930. Fue el primer hijo de los seis que tuvieron Catalina y Lorenzo. Vivían en una zona semirural. Lorenzo tenía frutales y vid, incluso una pequeña bodega. Catalina hacía las tareas del hogar, cuidaba la quinta y un bello jardín.

"En realidad me llamo Edgardo Santiago José Manuel, es que fui el primero y había que contentar a todos los abuelos", cuenta. Habla de sus padres y hermanos con mucho cariño, y aún retumban en sus oídos los tachos que todos juntos salían a golpear cuando venían las langostas y atacaban lo sembrado. También la sensación de pisar la uva cuando hacían el vino patero.

"Yo era responsable de mis hermanos cuando íbamos a la escuela. Teníamos que caminar algunas cuadras de tierra hasta tomar un colectivo, y cuando llovía esperábamos al lechero para que con su carro nos acercara", describe Montaldo sobre su infancia. "Era una familia humilde pero trabajadora", destaca.

La escuela a la que iba era de los salesianos. Tras la primaria, comenzó a vislumbrarse su opción sacerdotal.


La opción
"La opción fundacional que hizo Don Bosco fueron los chicos en riesgo", responde Montaldo cuando se le pregunta el por qué de su elección. A los 28 años se consagró sacerdote, y su primer destino fue como maestro en el colegio San José de Rosario. "Visto desde hoy, hay cosas para cuestionar pero al seminario yo fui porque quise", advierte.

Y claro que cuestiona: "Ahora la orden promociona una nueva película sobre Don Bosco, y yo digo que tendrían que ponerse colorados. Porque a Don Bosco en esa película lo desconocemos, ¿dónde quedaron los chicos en riesgo? Todas nuestras instituciones parecen hospitales para sanos: para entrar a un colegio privado religioso se exigen determinadas condiciones que ponen límites. Yo lo que pido es que se mejoren las condiciones de los chicos en su barrio", reclama.


Los alumnos
Montaldo recuerda sus años de magisterio con cariño y críticas. En Corrientes, después de las clases se encargaba de los lustrabotas y canillitas. "Venían un rato, jugábamos, se daban una ducha para ponerse encima la misma mugre, había catequesis y les daba una merienda tipo cena", cuenta. "Con los chicos del colegio, donde tenía un nieto de un gobernador de Corrientes, fuimos de viaje varias veces a Córdoba. Una vez, a ese chico hasta le tuve que limpiar los calzoncillos. Sin embargo, a los lustrabotas y canillitas no logré ni siquiera llevarlos a ver una laguna correntina", se enoja. "Tiempo después, el pibe que era nieto de un ilustre me vino a saludar en Rosario, volvía de Brasil, donde había tomado un curso antiguerrillero y me dijo: «Edgardo, tenemos que salvar al país del comunismo». Quedé azorado, pero pensé: «No tiene la culpa el chancho, sino el que le da de comer»".


El paraíso y el infierno
Montaldo llegó en 1968 a Ludueña. Describe aquel barrio como un paraíso. Los primeros días se sentía avergonzado, porque no tenía experiencia en el terreno barrial. En una de sus recorridas se encontró con alumnas de Trabajo Social. Se acordó que la provincia promocionaba un plan de viviendas para villeros y les propuso trabajar con los vecinos. "Peleamos la tierra, echamos a varios, empresarios inmobiliarios y hasta propietarios, pero siempre legal, conseguíamos la expropiación. Hasta los ranchos tuvieron su caja de luz", relata orgulloso.

Ahora, siente bronca porque los mismos que acusan "a la madre por cortar intencionalmente un nacimiento, después se olvidan de los abortos a los que esos chicos están sometidos todos los días al no poder sostener un sueño digno. Para ellos la pobreza es un negocio".

Y no se cansa de repetirlo, como cuando lo dijo delante de vecinos preocupados por la seguridad en una reunión con el ex funcionario de Gobierno Fernando Rosúa. "Los vecinos pidieron, y lograron, un operativo de saturación policial. Un día me pararon tres veces al entrar al barrio. Tranquilo, les mostré mis documentos, pero la tercera vez me di cuenta que los canas estaban parados justo en la puerta del mayor mafioso del barrio, me indigné. Y en esa reunión se los dije a todos".


La dictadura
Hay gente que trabajó con Montaldo que está desaparecida, que sufrió la cárcel, torturas y persecuciones durante la dictadura militar. "Yo estaba marcado", dice. Y recuerda. "Después del proceso me encontré con ex alumno del San José. Era comisario, me invitó a pasar a su casa. Me dijo: «Modestia aparte, Edgardo, yo te salvé». Al rato, miro en la pared y había un diploma al mérito firmado por el represor Agustín Feced. «¿Y eso?», le pregunté. Contestó: «Lo que hice durante el proceso, lo volvería a hacer». Tuvimos una conversación muy profunda y me preguntó: «¿Edgardo, si uno creyó hacer el bien, Dios lo tendrá en cuenta?», y le respondí: «Te agradezco lo que hiciste, pero la próxima vez, si hay próxima, no me defiendas porque estás mintiendo». Para el perdón de Dios hay que cambiar y reparar", exige.


EL MUNDO POLíTICO
El sacerdote es conocido por su carácter. Es un tipo alegre, usa jeans gastados, alpargatas, y gorrita, como sus chicos. Pero su voz se pone firme ante el abuso. "Siempre cuando hay campañas políticas quieren venir al barrio o tomar mate conmigo, yo no los dejo. No se los permito, pero sí les exijo que vengan después", advierte.

Montaldo conoce la dimensión política. No es ingenuo, y por eso siempre está alerta. Como cuando hace pocos meses atrás lo invitaron a una reunión por la nueva ley que reemplaza a la de patronazgo. "Yo venía reuniéndome con gente del área de la Niñez de la Municipalidad, y un día me llaman para una reunión. Pregunté si era la continuidad de las anteriores y me dijeron que sí. Después averigüé y resultó que era otra. El mismo día, en igual horario y con similares invitados había una del Concejo y otra de la Municipalidad. Entonces, me fui a una, pedí la palabra, advertí sobre la situación y repartí volantes donde exigía que se cumpla la defensa de los derechos de los niños en riesgo. Salí rápido de ahí para ir a la otra, que ya había terminado, pero dejé los volantes en la mesa de entrada. No tuve más noticias", se enoja, no sin picardía.


Pocho y las hormigas
El premio que recibirá mañana Montaldo lleva el nombre de Claudio Pocho Lepratti, el militante social asesinado por la policía provincial en diciembre de 2001. Pocho trabajaba con el cura.

Su imagen es hoy una bandera de lucha de los pochohormigas, los jóvenes del barrio. "Yo siempre les digo que hay que preguntarse por qué lo mataron, y que no hay que desgastarse. Sí, esta bien que exijan la cárcel para los responsables, para Reutemann, como ellos dicen, pero lo pueden condenar a él y hay cientos como él. Esa muerte y el reclamo de Justicia hay que ponerlo en un contexto", advierte.
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Por la dignidad. "Los jóvenes me trajeron a Ludueña, por ellos me quedé y ya no me puedo escapar", bromea Montaldo.

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