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sábado,
23 de
abril de
2005 |
Editorial
El ejemplo de un luchador
En un país que no suele hacer ejercicio de la memoria en la medida que sus necesidades lo señalan, el cuadragésimo aniversario del fallecimiento de uno de los principales dirigentes políticos que hayan nacido en su suelo se erige como una oportunidad óptima para rendir tributo a su acción y su legado. Alfredo Palacios -que nació el 10 de agosto de 1878 y murió el 20 de abril de 1965- fue el primer diputado socialista de América, aunque su herencia trasciende con largueza la ideología que profesó y también su actuación concreta como hombre de partido.
Muchos lo recuerdan por lo que tenía de pintoresco y no por lo que lucía de ser humano íntegro y profundo, portador de convicciones nobles sustentadas en el sólido bastión del humanismo. Otros evocan su singular figura a partir de hechos circunstanciales, como su antiperonismo, similar al de la inmensa mayoría de los militantes o simpatizantes izquierdistas por aquellos años. Pero la Nación debe aprender a separar la paja del trigo y dejar de lado aquello que el tamiz del tiempo filtrará de manera implacable: pequeños enconos merecen ser ventajosamente sustituidos por el afectuoso reconocimiento a quien desde su banca de legislador se convirtió en uno de los mayores defensores de los derechos del trabajador que haya dado la Argentina.
Transcurría el año 1906, faltaban aún cuarenta años para que Juan Domingo Perón se hiciera con el poder y el hombre del célebre mostacho luchaba a brazo partido por las leyes que reglamentarían el trabajo infantil y femenino. La jornada laboral de ocho horas; el descanso obligatorio del domingo, así como con antelación y posterioridad al parto, y la prohibición de que los niños trabajaran formaron parte de sus objetivos primarios, muchos de los cuales fueron convertidos en norma jurídica, años más tarde, por el gobierno peronista.
También su papel al frente de la Universidad de La Plata quedará en la memoria colectiva. Su fervorosa adhesión al ideario de la Reforma -ese movimiento memorable gestado en la Argentina, con epicentro en Córdoba- fue el punto de partida de una gestión que hizo de la libertad y el rigor dos ejes innegociables y perfectamente compatibles.
Palacios fue un luchador por la igualdad y la justicia social, un hombre con fuertes convicciones que era capaz de pelear con dureza para defender un ideario en el que la solidaridad adquiría rasgos concretos y sólidos. La Argentina ganaría mucho si sus hombres políticos de la actualidad aprendieran a mirarse en su espejo.
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