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 domingo, 23 de septiembre de 2007  
La disputa de la barra de Newell’s sube en violencia y se libra en la calle

Hace años que los enfrentamientos en la barra brava de Newell’s Old Boys registran niveles de violencia en ascenso. Pero nunca tan exaltados como ahora. La contienda es incesante y a cielo abierto. La calle es el teatro del choque de las facciones que pugnan por hacerse del control de la hinchada en una batalla en donde tanto los que avanzan como los que se repliegan lo hacen a tiro limpio. Dejando muertos y heridos en hechos con dos persistentes cualidades. La primera es que sus motivaciones no se explican o se presentan como “confusas”. La segunda es que no hay un solo hecho esclarecido.

   El conflicto en la hinchada rojinegra desborda los límites de esa institución. Es ya un problema de seguridad pública: se despliega en toda la ciudad y afecta a personas ajenas al combate. Hace dos años hubo una muerte en el propio Coloso, pero también en barrio Las Flores y, hace dos semanas, en un Fonavi de zona sur. Esta última tuvo su preaviso en la sucesión de tiroteos entre bandos que se registran hace tres meses. En los que hace menos de un mes, a modo de ejemplo, terminó baleado un ex comisario.



El crimen reciente. No por casualidad las refriegas tienen un halo fantasmal. Todos los hechos violentos vienen acompañados por contradictorias desmentidas que más que desacreditar parecen reforzar la verdad de los sucesos. Pasó el domingo pasado con la renuncia del entrenador Pablo Marini. La cruenta y amenazante embestida de caciques de la barra dentro del vestuario, tras la derrota en el clásico, detonó la dimisión del técnico. Los testigos lo cuentan con detalles pero sólo en susurros.

   El 8 de septiembre Marcelo Martín Coria, de 26 años, compraba una gaseosa en un quiosco en el Fonavi de Alice y Lamadrid, donde la barra leprosa tiene predicamento, pintadas y referentes. Allí fue blanco de una ráfaga de proyectiles de calibre 9 milímetros. Uno de ellos le atravesó la cadera y lo mató. Otros quedaron marcados en un árbol y en un cantero. Todos los vecinos sostuvieron con énfasis que Coria no era un barrabrava. Pero su final, aunque eso sea cierto, se atribuye a los ajustes de quienes libran luchas en la barra en estos días. La policía, incluso, maneja con firmeza que Coria era un segundo del actual conductor de la barra, cuyo liderazgo está en disputa. Coria, que estaba solo, fue víctima de un ataque por la espalda, sin afán de robo. Si esta muerte tuvo otra motivación nadie la explicó todavía.



El desafío. Roberto Pimpi Caminos comanda hace cinco años la hinchada rojinegra. El 30 de junio pasado fue internado en el sanatorio Plaza con dos tiros en las piernas. Le dispararon cuando bajaba de su Peugeot 206 en Santa Fe y España. Adujo que sus agresores se movían en bicicleta. No le quitaron plata ni otras pertenencias. Como ocurriría con Coria dos meses más tarde, se trató simplemente de una descarga a la pasada.

   Un mes y medio después del ataque a Pimpi, entre el 13 y el 15 de agosto, el objetivo de otro ataque a tiros fue Marcelo Lalo Latorre, un edecán del capo rojinegro. Latorre niega que esto haya ocurrido.

   Un sector que ambiciona destronar al Pimpi es la Barra del Tanque, así conocida porque sus dominios abarcan la zona del destacamento 24º, sobre Grandoli, donde hay un enorme tanque de agua potable. Por allí vive Walter Alejandro Paré, el rusito, de 26 años, ligado por blasones familiares a la barra de Newell’s. Aunque su padre, Oscar Paré, el Mono, es un viejo capo tribunero que proclama con rezongos no tener ya nada que ver con la barra.

   El Rusito Paré es un alfil del grupo que aparece como antagonista del batallón del Pimpi. No hace aún un mes, el 28 de agosto, le estaba mostrando un Peugeot 206 al comisario retirado Carlos Olivieri en Virasoro y pasaje Pampa. En eso estaban cuando, según Olivieri, dos pibes parapetados de atrás de una columna le dispararon. La bala, de calibre 9 milímetros, lesionó el brazo de Paré y dio en el abdomen de su interlocutor. “No dudo de que esto no era para mí”, decía el ex comisario. El Rusito, a los 16 años, disparó contra un colectivo causando la muerte de Miriam Ruiz Díaz, una mujer que iba con su hija en brazos. Fue el 4 de octubre de 1999



Hechos fantasmales. Muchos parecen episodios con cualidades espectrales: se producen, son negados, pero no cesan. De vez en cuando un herido o un muerto emergen sobre ese silencio impuesto por una malla de poderosas complicidades. La trama de ese ocultamiento la desgrana un oficial en actividad con muchos años en la zona próxima a donde murió Coria y fue baleado el Rusito.

   “No hay sostén jurídico para aclarar estos hechos. Al tener estas personas conexiones con gente poderosa las pruebas se liquidan a minutos de nacer”, dice el oficial a La Capital. “Te llaman a la seccional, te frenan el libro de guardia en 10 minutos y no pasó nada. Todo arreglado. Sin acta no hay causa penal. Lo mismo a nivel hospitalario. En el destacamento del Heca en casos así no comunican nada. Los sanatorios privados tienen tienen la obligación legal de reportar a las seccionales los casos en que hay heridos de arma de fuego. Establecer cómo ingresó, a que hora, con quien, en qué circunstancia, qué médico lo asistió. Pero se oculta. Porque los intereses para hacerlo son muy fuertes. Y las represalias en caso contrario también. El que se empecina en esclarecer hechos así en Rosario hoy queda afuera de la policía”.

   No hay, en efecto, ningún caso esclarecido.



El combate. Pimpi Caminos se erigió como jefe tras doblegar a varias facciones en disputas con olor a pólvora. El 28 de abril de 2002 se atribuye a sus seguidores haber corrido a tiros de la tribuna a un antiguo líder, Oscar Cacho Lucero, en un partido con Unión. A esto sucedió una emboscada, que fue un diluvio de tiros, cuando el grupo del Pimpi y cabezas de la hinchada de Independiente comían un asado en Italia y Virasoro el 16 de marzo de 2003.

   Detrás, entre otros incidentes más graves, el 24 de abril de 2002 quedó un hecho jamás aclarado. Tres desconocidos entraron a la casa del intendente del polideportivo de Ñuls en Bella Vista, Daniel Cáceres, y le asestaron cinco puñaladas. Cáceres quedó internado en terapia intesiva y conectado a un respirador. La policía habló de un robo, aunque no había faltado nada de su casa del Fonavi de Rouillón y Seguí.

   Tampoco se encontró culpable al asesinato de Gonzalo Javier Ferraro, de 21 años, que recibió un tiro en el banderazo del 17 de febrero de 2005, en pleno estadio. Darío Alberto I., de 33 años entonces, estuvo preso 21 días. Salió por falta de mérito.



La muerte de Nazaret. Correrlo a tiros del parque Independencia aquella vez no fue la última violencia contra Cacho Lucero. Dos años más tarde, el 16 de junio de 2004, fueron a buscarlo a su almacén de barrio Las Flores, a la altura de Dorrego al 6300. Estaba conversando en la puerta con su empleada cuando un balazo en la cabeza hizo desplomar a la mujer.

   Se llamaba Nazaret Melgarejo, tenía 31 años y murió en el acto. La policía apresó a dos adolescentes y dijo que el móvil del ataque había sido una represalia por un intento de robo frustrado del día anterior.

   Lucero refutaba con elocuencia esa explicación. “Me vinieron a intimidar los matones de la barra de Newell’s. Esto se tiene que terminar, por apretarme a mi terminaron matando a una madre de cuatro chicos”, le dijo Cacho a este diario. Aquella vez que Lucero terminó desplazado de la barra a tiros en la cancha un portavoz policial decía a La Capital algo que presagiaba un futuro ingrato. “Hay gente muy pesada que acumuló mucho poder. La plata que reciben es el problema de todo”. l
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