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 lunes, 27 de agosto de 2007  
Fito desnuda su esencia en su trabajo más intimista
“Rodolfo”, el disco que el rosarino grabó a piano y voz, saldrá a la venta este miércoles

Pedro Squillaci / La Capital

Como si fuera un indio que usa un palo y piedras para mandar señales de humo, Fito Páez echa mano a su piano y su voz en “Rodolfo” para comunicarse. Son sus instrumentos básicos para desnudar su más pura esencia y hablar del mundo que lo rodea en un pantallazo sensible sobre el pasado, presente y futuro. El amor y la música, una pareja inseparable en la vida de Páez, florecen en este disco que estará desde pasado mañana en las bateas .

   Que un disco se llame “Rodolfo” es una carta de presentación. Es como poner el DNI sobre la mesa y decir: “Este soy yo, Rodolfo, el chico de Rosario que un día se fue de calle Balcarce con un teclado a cuestas y hoy, 25 años después, ya soy Fito Páez, y estoy aquí para cantarlo”.

    La frase imaginaria transpira en cada uno de los 12 canciones de este disco, que hasta incluye dos temas instrumentales “Nocturno en Sol +” y “Waltz for Marguie” donde sobrevuelan esas clases de música clásica que tomaba en el Instituto Scarafia.

    Así como alguien dijo alguna una vez que “el peine es algo que te dan cuando te quedás pelado”, aquí Fito canta que “la sabiduría llega cuando no nos sirve para nada” y explica el camino del destino que conduce a un amor real en “Si es amor”, una canción redondita para abrir el disco, y que da el termómetro ideal de lo que se viene a nivel expresivo.

   “Sofi fue una nena de papá” relata una historia cruda en una cárcel de mujeres, con letras directas, claras y sin rodeos, como a lo largo de todo el trabajo. En la misma sintonía se ubica “El verdadero amar”, donde aflora una historia de marginales, en una suerte de continuación de “11 y 6” y



“El chico de la tapa”.

   Las músicas de este disco revelan el tesoro de Páez a lo largo de la historia del rock nacional. Fito es esto, un cancionista que aprendió muy bien la lección de sus maestros artísticos, y aquí lo expresa en “Gracias”, donde homenajea a Spinetta, Nebbia y García.

   Hay baladas, improntas rockeras, un aire de zamba, pero sobre todo un gran respeto por las buenas melodías. “El cuarto de al lado” y “Cae la noche en Okinawa” desnuda uno de los momentos más iluminados del disco por su vuelo expresivo.

   “Siempre te voy a amar”, que es lo más bajo del CD, es una declaración de amor para una persona del pasado, y sobre la cual ofrece tantas pistas como incógnitas.

   Lejos de las estridencias, “Rodolfo” asoma como el disco ideal para degustar de a poco, como esos tintos añejados, que se saborean tras el segundo sorbo, y cada vez más. Vale la pena tener una copa a mano.
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Fito Páez llega esta vez a las bateas con un álbum acústico que encierra una docena de canciones crudas y personales.


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