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 jueves, 25 de mayo de 2006  
ANALISIS
Todo el poder en manos del presidente
Néstor Kirchner llega a su tercer año de gobierno con evidente saldo positivo y sin oposición a la vista

Mauricio Maronna / La Capital

A Néstor Kirchner le llevó menos tiempo poner en práctica su concepción del poder como presidente de la Nación que como gobernador de Santa Cruz.

"Con la gente no se jode", fue el diagnóstico con que el santacruceño recibió el mando del hoy esmerilado Eduardo Duhalde (en una muestra más de que en política la lealtad vale menos que un dolar anaranjado) y se dedicó a tender líneas, sobreactuar gestualidades y adoptar medidas destinadas a vaciar las calles y conseguir masa crítica.

El "proceda" con que ordenó al general Roberto Bendini descolgar los cuadros de ex dictadores en la Esma marcó un antes y un después en su relación con la progresía nativa, capilla ideológica que desde la posdictadura fue refractaria a todo lo que huela a peronismo. Desde ese momento, el volcánico hombre que llegó del sur se convirtió en un adalid de los derechos humanos, algo a lo que nunca había prestado la mínima atención durante sus 12 años de gobierno en Santa Cruz. "Cuando lo conocí me pareció tan feo... Ahora es tan bueno que me parece hermoso", graficó Estela de Carlotto en un programa de televisión.

Kirchner captó mejor que nadie los nuevos vientos que surcan a la clase media, alfonsinista en los 80, menemista en la primera etapa del riojano y fervorosa adherente al proyecto electoral de la Alianza. Seducida y abandonada, con cierta actitud culposa pero deseosa de volver a depositar esperanzas en alguien que represente la contracara del desastre económico del alfonsinismo, la frivolidad noventista y el esperpento encabezado por Fernando de la Rúa, ahora se muestra fascinada por el estilo K.

A velocidad crucero, Kirchner superó el estigma del 22 por ciento de los votos cosechado en las elecciones presidenciales, limó el frondoso aparato bonaerense que tributaba a Duhalde (en verdad lo puso a su disposición) y se convirtió en ministro de Economía luego de despedir a Roberto Lavagna.

Los fenomenales índices macroeconómicos beneficiaron a la Argentina de la mano del dolar alto, el saldo exportador y el derrame que los sectores del agro volcaron sobre las ciudades. "Pesito a pesito vamos a lograr el montoncito", le dijo, apenas asumió, el presidente a un legislador nacional por Santa Fe. Y así fue.

El cuantioso superávit fiscal le permitió a Kirchner mejorar salarios, aumentar jubilaciones, impulsar la obra pública y desendeudarse con el Fondo Monetario Internacional. En julio de 2003, George Bush trató de sacarse las dudas respecto de ese hombre poco afecto al protocolo: "¿Es usted de izquierda?", le preguntó el presidente más poderoso del mundo. "Yo soy peronista", le respondió, seco, el sureño.

Kirchner se planta en el centro de la escena política y acumula sin pedir certificados de buena vecindad. Los barones del conurbano, los sindicalistas más desprestigiados, los gobernadores que hasta ayer lo repudiaban tienen hoy un lugar a su lado. "El bolsillo es la víscera más sensible del cuerpo humano", decía el general. Y vaya si Lupín lo entendió.

El pragmatismo peronista, los señuelos de centroizquierda y una cuidada relación sin intermediarios con la gente cada vez que encabeza un acto, convierten al mandatario en un personaje político indescifrable para la oposición.

¿Cómo puede la centroderecha reapropiarse de su discurso a favor del equilibrio de las cuentas fiscales cuando Kirchner es el alumno más aplicado? ¿Cómo logrará la centroizquierda multiplicar sus protestas por "juicio y castigo a los represores" si es el ocupante de Balcarce 50 quien ha dicho que los argentinos son "hijos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo"?

Más temido que amado (una nueva crisis empujaría a la Argentina al precipicio del que tanto costó salir), el pretendido "cambio de época" que Kirchner dice representar no encuentra ningún contradiscurso. La oposición es una diáspora, con liderazgos apenas mediáticos que se pasean en los programas periodísticos de cable después de las 22.

El enemigo real (y el que más resquemor provoca en Casa Rosada) es la inflación, la que, con sus respingos, saca de quicio a los funcionarios de Economía. Ahí sí, al enemigo ni justicia. Los retos a los empresarios, el control de precios, las visitas de los piqueteros oficialistas a empresas privatizadas son nubarrones que se posan sobre el mar calmo en el que navega, pletórico, el jefe del Estado.

El 80 por ciento de valoración positiva que le conceden las encuestas -en su tercer año de gobierno- parece una exuberancia. Pero, números más, números menos, solamente un mal lector de la realidad puede dejar de reconocer que el resultado provisorio de la gestión K representa un salto de calidad.
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El santacruceño captó mejor que nadie los nuevos vientos que surcan a la clase media.



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