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 domingo, 23 de abril de 2006  
El Holocausto. El horror perpetrado por el nazismo
"Me impulsaba ver el final de Hitler"
Juan Lichtig edificó su vida en Argentina luego del dolor de perder a toda su familia en Auschwitz

Carlos Duclos / La Capital

Como tenues fantasmas burlones y descarnados por el paso del tiempo, el dolor llega, sin embargo, una y otra vez con cada recuerdo de aquel infierno. Naturalmente, en esta crónica será imposible describir la mirada triste de Juan Lichtig, su voz pausada y apacible, pero entrecortada por la emoción y será imposible porque simplemente no existen palabras ni frases que puedan ser usadas con éxito para transmitir el sentimiento de un hombre que lo perdió todo dramáticamente, menos la esperanza. No se podrá tampoco hacer las pausas que se hicieron durante la hora y media que duró el reportaje en el Museo del Holocausto, en Buenos Aires, para que el entrevistado y el pequeño grupo que siguió las alternativas de la conversación enjugaran sus lágrimas. Debe expresarse, antes de ir al testimonio, que hace cierto tiempo Juan y otros sobrevivientes de la desgracia más grande que hasta ahora debió soportar la humanidad, se atrevieron a hablar. Empezaron a narrar sus sufrimientos para que el mundo comprenda lo sucedido y para que tal infierno jamás vuelva a ser padecido por el ser humano. Debe decirse, también, que ahora los fantasmas del recuerdo, el dolor que implica la memoria y la narración de los tristes hechos ya no vienen solos. Vienen también con la luz de varios mensajes, uno es el pedido a la humanidad para que impida otro Holocausto como el que perpetró el nazismo; otro, el testimonio de que del profundo dolor también el alma humana puede liberarse.

-¿Recuerda cómo fueron los inicios de la guerra y la invasión a Polonia?

-A la semana de iniciada la guerra, el 1º de septiembre de 1939, ya estaban en nuestra ciudad. Yo tenía 17 años y enseguida llenaron los muros de afiches con todo lo que los judíos podían o no podían hacer. Prácticamente todo lo que podíamos hacer era respirar. Nos prohibieron ir a colegios, plazas, cines, a un café o caminar por las veredas. Teníamos que marchar por las calles, en realidad lo que ellos querían era rebajarnos, pensando que ellos eran la "super raza" y nosotros los "inferiores".

A las tres semanas me obligan a hacer trabajos forzados. Al año -aproximadamente- crean un gueto, bloquean todas las calles que daban al exterior y queda sólo una puerta controlada por la policía, desde donde nos sacaban al trabajo y nos regresaban a la noche. Un día detienen a mi cuñado, lo tienen un año en prisión y luego lo mandan a Auschwitz donde muere.

-¿Cómo era la vida en el gueto?

-Mire, el único alimento que nos daban eran 100 gramos de pan negro por día, por lo tanto era muy difícil seguir viviendo. Cuando salíamos a trabajar si alguien tenía reloj, anillo o alguna prenda de valor, la cambiábamos con la población católica por algo de víveres que no hiciera mucho bulto porque estaba prohibido entrarlo. En el gueto éramos 30 mil personas, pero un día no nos vinieron a buscar para trabajar y nos dimos cuenta que la SS (Servicios Secretos) nos tenía rodeados junto con la policía ucraniana que estaba a favor de Hitler. Entraron y dispararon a todo lo que se movía: grandes, niños, mujeres, y en una semana mataron a 10 mil personas.

-¿Cuándo comenzó a advertir que la tragedia iba a ser más fuerte?

-Un día nos dijeron que todos los judíos con los nuevos documentos nos teníamos que presentar frente a un oficial de la Gestapo. Allí nos miraban a la cara y colocaban un sello. Había dos clases de sellos: uno era la letra K y el otro el águila con la esvástica alemana. Volvieron después de unos días y se llevaron a todos los que tenían la letra K, ahí nos dimos cuenta que esto significaba que no eran aptos para el trabajo: demasiado viejos, demasiado jóvenes, discapacitados, mujeres embarazadas. Todos murieron en Auschwitz.

-¿Qué fue lo que hicieron ustedes?

-En la familia empezamos a pensar cómo hacer para escapar del gueto ya que las razzias se repetían cada tanto y no se iba a poder sobrevivir. Mi hermano, a través de un amigo del secundario que era un chico católico muy bueno y que trabajaba en la oficina donde se emitían los documentos, nos consiguió una cantidad de formularios de los que se le daban a la población católica, entonces en el gueto falsificábamos los documentos para toda nuestra familia y la gente más cercana, como católicos. Por ejemplo, yo tenía una amiga con la que salía antes de la guerra y preparamos para ella también el documento falso. En el gueto había una chica judía, y su novio que era católico ingresaba de noche para verla y se ofreció a ayudarnos para sacarnos. La primera vez saca a mi hermano, a un amigo y a dos chicas amigas de ellos y los lleva a Lvov, cerca de la frontera de Rusia. Vuelve por segunda vez y decidimos que sería mi madre, con mi hermana y mi sobrinita, pero como era de noche y la población católica tenía toque de queda hasta las seis de la mañana entonces tuvieron que refugiarse en la casa de una familia cuya hija había ido al colegio secundario con mi hermana y quedaron muy amigas. Pero la desgracia quiso que esa noche cayera la Gestapo en busca del hijo de la dueña que era un ex oficial polaco, él sabiendo que lo buscaban no dormía ahí. Ante la insistencia para que abrieran mi familia se escondió en la azotea, los encontraron y comenzaron a dudar a pesar de los documentos. Y como ante las preguntas no podían sacarle información, porque ellas no iban a hablar ya que mi padre y yo estábamos en el gueto, se las llevaron a la Gestapo. Como ellas sabían de la forma terrible en que obligaban a la gente a hablar a través de la tortura, se cortaron las venas. Muere mi mamá y mi hermana, a la nena se ve que no le cortaron lo suficientemente profundo y sobrevivió. Al día siguiente la mandaron al gueto, pero nosotros íbamos a trabajar y no nos podíamos hacer cargo, entonces se quedó con mi abuela materna que aún vivía allí.

-¿Cuándo se entera usted?

-Me entero al día siguiente, cuando nos traen a la nena. El mundo se nos vino abajo, creía que la vida ya estaba terminada; pero no es así, al día siguiente hay que seguir, la vida tiene que seguir. Pasan dos o tres semanas y realizan otra vez una razzia, se llevan a la abuela y a la nena y nunca supimos que pasó. Yo seguía trabajando en un depósito militar y un día cuando volvíamos del trabajo un alemán que estaba a cargo y que al principio no escuchábamos mucho porque era alcohólico (pero que a estas alturas ya lo tomábamos en serio porque lo que decía se cumplía) nos informó que al otro día iba a haber otra razzia. Ni bien llego se lo digo a mi padre, le propongo encontrar una forma de escapar esa noche, pero él después de la muerte de mi madre y de mi hermana no quería luchar para vivir. El tenía entonces 55 años, no había forma de convencerlo para escapar, me decía "no quiero luchar más".

-¿Cómo hizo para seguir adelante?

-El motor que me empujaba era ver el final de Hitler. Esto me empujaba todo el tiempo, no sabía si iba a llegar o no, pero esa fue la razón.

-¿Se acuerda del momento en que se anuncia la paz? ¿Qué sintió?

-Cuando oímos las campanas de paz, todos lloraban, pero a mí se me presentaban dos sentimientos contrapuestos: uno era la felicidad de ver el final de Hitler, pero por el otro lado recién allí me di cuenta de que quedé solo sin tener adonde ir. Seguí con los americanos hasta el principio del 46. De ahí paso trasladado con los británicos, pero siempre estaba con el mismo problema de la soledad.

-¿Tuvo más noticias de su papá?

-No, nunca más. Empecé a pensar en cómo hacer para buscar a algún pariente lejano. Recordé que mi madre tenía un primo en Tel Aviv, lo encontré y así me contacté con la familia que me quedaba. A Polonia no queríamos volver y uno de los primos pensó que el mejor lugar era Argentina. Llegué a Buenos Aires en 1948 y acá nos pusimos a trabajar en el ramo textil.

-¿Usted es creyente, cree en Dios?

-Esa es una pregunta que me hacen siempre en los colegios cuando doy testimonio. Yo no puedo decir que no creo en Dios, pero lo cuestiono.

-¿Lo cuestionaba en aquellos momentos de sufrimiento?

-En mis peores momentos yo preguntaba: ¿Dónde estás Dios?. Un amigo de la desgracia me dijo: Tu pregunta está mal hecha, pues deberías preguntarte ¿humanidad, dónde estás?

-¿Padeció mucha soledad, cómo hizo para soportarlo?

-La soledad es algo tremendo, no poder sincerarse con nadie, empecé a escribir un diario, cuidándome de no poner nada que pudiera comprometerme: tuve la suerte de que cuando llegué al país pude adaptarme a la vida normal, porque muchos tenían el problema de adaptación. Pero en resumen todos tenemos que saber que los hombres son todos iguales,.

-Después de tantos años le encontró respuesta a la pregunta ¿Dios dónde estás?

-No, aún me pregunto dónde estaba.

-Usted sabe que la humanidad siempre tuvo momentos de dolor, yo creo que hay hoy mucha gente sola, mucha gente dolorida, me interesaría unas palabras suyas. ¿Qué mensaje le daría al que sufre?

-No hay que abandonarse nunca, siempre hay esperanza, siempre dicen mientras que hay vida hay esperanzas, de esperanzas también se vive, yo viví de esta esperanza durante cinco años.
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Lichtig nació en Polonia hace 83 años.

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