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 domingo, 02 de abril de 2006  
Leve pena a un chico que mató a la pareja de su abuela por maltratarla
Le pegó cuatro tiros a corta distancia en Empalme Graneros, hastiado de las golpizas que ella sufría. Actuó bajo alteración emocional y por eso le dieron tres años de prisión. Tiene 20 años, pasó 20 meses preso y ya salió

María Laura Cicerchia / La Capital

Pablo Biasutti dice que se tapó los ojos para dispararle a la pareja de su abuela, a quien mató de cuatro balazos cuando la víctima miraba televisión en su casa de Empalme Graneros, en julio de 2004. De ese modo, el joven buscaba poner fin a los maltratos que sufría su abuela por parte de su concubino. El muchacho de 20 años estuvo preso los últimos veinte meses bajo acusación de haber cometido un asesinato alevoso. Pero un juez penal entendió que actuó bajo una profunda alteración emocional y lo condenó a sólo tres años de cárcel, pena más leve que la prevista para los homicidios intencionales, que van de 8 a 25 años.

"Estoy muy arrepentido. Convivo con la muerte de este hombre todos los días", dijo Pablo Biasutti al declarar por el homicidio de Mario Gabriel Silva, un cartonero de 33 años que durante trece había convivido con su abuela materna. Los cuatro balazos que recibió Silva, al ser atacado por la espalda, colocaron al muchacho, que tenía prontuario en blanco, ante la posibilidad de recibir una pena de prisión perpetua como autor de un crimen alevoso. De hecho, fue a juicio bajo esa figura penal.

Pero al conocer el cuadro familiar que rodeaba al joven, la conflictiva relación que tenía con la víctima y el afecto que siente por su abuela, el juez de Sentencia Luis Giraudo, evaluó que el homicidio fue cometido bajo un estado de emoción violenta. En un fallo que ya es definitivo, le impuso tres años de prisión condicional, lo cual le permitió recuperar la libertad en el acto.

Así, el joven dejó el penal de la Jefatura de policía -donde estuvo recluido casi dos años- para volver con su familia y retomar su trabajo como repartidor de gaseosas junto a su futuro suegro. Su abogado, Guillermo Muratti, dice que el muchacho aún sigue conmovido por lo que pasó. Y destacó la voluntad del juez por explorar, más allá de las evidencias, las cuestiones subjetivas de la causa. "Se pudo acreditar que la relación de este joven con su abuela era muy especial. El absorbió todo el cuadro de violencia que sufría la mujer hasta que la situación lo desbordó", expuso el defensor.

El crimen ocurrió en la casilla de Cullen al 1300 bis donde la abuela del muchacho, Teresa Belchera, de 57 años, vivía con su pareja 24 años menor que ella y su hijo de 15. Pablo, que entonces tenía 18, sentía un afecto especial por su abuela porque la mujer lo había criado hasta los seis años. Poco después Teresa formó pareja con Mario Silva. Al tiempo el hombre cayó preso. Estuvo dos años recluido en Coronda por un robo a mano armada. A partir de entonces, según Teresa, Mario no fue el mismo. Comenzó a tomar y a someter a constantes golpizas tanto a la mujer como al hijo de ella.

Cuando eso ocurría, Teresa solía refugiarse en la casa de su nieto, pero Silva iba a buscarla para llevarla de regreso con él. En esas ocasiones amenazaba a toda la familia de Pablo, quien vivía esos episodios con profunda angustia. Así lo revelaron sus padres, su novia, vecinos y amigos que lo describieron siempre como un muchacho pacífico, atento y que se ocupaba de sus hermanos.

Una semana antes del crimen, la abuela del muchacho fue pedir ayuda a su casa ante un nuevo ataque. Una vez más su concubino fue a buscarla exaltado y amenazó a toda la familia con un arma, hasta que el padrastro de Pablo intervino para tranquilizarlo. A criterio del juez Giraudo, esa situación fue lo que actuó como detonante para que el muchacho decidiera poner fin, de un modo extremo, a la crónica sucesión de malos tratos.

La noche del 13 de julio de 2004 Pablo tomó una pistola calibre 22 largo que su padrastro guardaba bajo la cama y caminó hasta la casilla del ex presidiario. "Aturdido, llorando, llegué al lugar y lo vi a él. Y disparé. Se levantó para agarrar algo y yo me tapé la cara y le disparé. No sé por qué me tapé la cara, tenía mucho miedo de que él me hiciera algo", narró el joven.

En ese momento, Mario estaba mirando televisión. Eran las 21.30 y en la casa recién terminaban de cenar. La abuela de Pablo estaba en el baño y el hijo de la mujer había ido a visitar unos amigos. La mesa todavía estaba puesta cuando el cartonero cayó al piso herido de cuatro balazos efectuados a corta distancia, la mayoría en la cabeza. Los cuatro casquillos quedaron desparramados por la habitación.

"Salí de la casa y encontré a un montón de vecinos. Me dijeron: «Andate que no vale la pena, que mucho mal le hizo a tu familia»", continuó relatando Pablo. Los vecinos que lo vieron salir aseguraron que el joven lloraba y temblaba "como una hoja".

El muchacho tiró el arma en un zanjón (al día siguiente la encontraron unos nenes que jugaban a la pelota) y volvió a su casa. "Me acosté, me tapé, no me quería despertar más... no sé qué pasó... Mario maltrató mucho a mi abuela y ella siempre se apoyó en mí. Yo lloraba todas las noches. No podía creer lo que estaba pasando", cerró su declaración. Al día siguiente fue detenido y confesó el crimen que, para la Justicia, no fue un acto deliberado sino el resultado de una gran conmoción emocional.
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La casa precaria de Cullen al 1300 bis, donde Pablo disparó contra Mario Silva.

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