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 jueves, 26 de mayo de 2005  
La voz de los objetos

Adrián Abonizio

Escuchaba la otra mañana un programa venido quién sabe de qué latitudes: en esa hora donde los gallos comienzan sus pregones y uno aún ignora si está en la cama del sueño o en la cocina de la casa, en calzoncillos, mate en mano, como lo estaba yo. Le hablaba por lo bajo a la bombilla recriminándole estar tapada y luego abofeteaba al agua que salió, imprevista y helada. Hablaba ya con las cosas y en el programa hacían mención a ese arte, cosa que me apabulló por la coincidencia. Yo hablé con los objetos desde siempre, luego acallé los monólogos porque creía que le hacía mal al mundo.

Cuando niño, hablaba con los cuadernos: dame la hoja de Dios y no la del diablo, le repetía a mi Rivadavia, tratando de escribir mis mejores párrafos en las hojas más alisadas, las de la derecha. Dale salud a mi abuelo, le decía a la imagen de un Cristito sangrante que pendía del corredor. Dame la protección de que nadie me vea en masturbación plena, les recomendaba a los espíritus malignos. Lo vas a errar, le decía al muñequito en blanco y negro que osaba patearle un penal a nuestra fortaleza defendida por el Gato Andrada. No es cierto, reté a la radio que me amonestaba sobre la inconveniencia de hablar mucho en voz alta y solo. "En alta mar eso está prohibido, pues lleva a la demencia!" dijo la voz. Vamos, son miedosos; la locura es otra cosa", le recriminé al tiempo que acariciaba el lomo de la Spika de cuero que aún reina en la mesa.

Hace décadas que no paro de hablar con los objetos, que es muy distinta cosa que hablar solo. Hablar silbándoles a los pájaros es muy diferente que hacerlo con un trozo de piedra, interrogándola sobre sus secretos de ámbar, fuego y erupciones. El que habla o intenta hacerlo con ellos es impostor, el que lo hace con cualquier cosa que no sabe cómo contestarnos está más cerca de la resolución de un poema que de un chaleco de fuerza. De chico yo hablaba con las cosas pero no con las personas. Mi madre, alarmada, me envió a un jardín de infantes -la sola mención de estas palabras me provoca escalofríos de odio- porque para mí significó como entrar en Auschwitz: un ghetto con señoritas que querían que danzara vestido de tetera, que hiciera rondas y que descubriera los colores que yacían, muertos, dentro de los lápices. A escondidas yo les hablaba a mis dibujos y me reía de la tarea estéril de esas chicas a las que mi madre me entregaba en las siestas. Pobrecitas, me decía, no saben hablar; explican lo que ya se sabe y no pueden quedarse en silencio; no enseñan eso, le tienen miedo al silencio, piensan que uno está planeando asesinarlas.

Luego confirmé lo peor: el enemigo estaba en casa; la gente adulta hacía ruido, hablaba para acallar al asesino que llevaban dentro. Una sombra inasible y terrosa que los angustiaba y se metía de lleno en su torrente sanguíneo cuando estaban solos, bajo sus sábanas frías, en el espejo, cuando viajaban. Por eso hablaban a los gritos, como una jauría aulladora cuando estaban todos en esas supuestas festividades de concordia y redención, que no son ni más ni menos que bestialidades de piaras. Hablaban pero no se escuchaban: ¿qué diferencia había conmigo, que hablaba para cosas, para objetos, sin siquiera esperar sus voces? Yo al menos no esperaba nada. ¿Y por esto me habían llevado a especialistas? Yo hablaba y hablaba conmigo; al menos, me sabía esperar para no pisar una respuesta con la pregunta, tal cual hacían ellos, reunidos alrededor del fuego de una gran caverna, temblando de miedo por los lobos, por la oscuridad y por la conciencia sucia de haber traicionado a la manada.

Creían poder derrotarme. No sabían el enemigo con que se enfrentaban. Yo no tenía ese cuco dentro, yo lo había llevado de la mano a pasear conmigo. Era un monstruo amable que vivía dentro de las piedras, en mis dientes al lavarlos, en mis heces, en las nubes engordadas por el viento, en el techo con escarcha, en los huecos de las arañas, en las marcas de los vanos de las puertas. Creyeron poder conmigo pero fracasaron. Jamás hablé, creo, jamás les mostré sentimientos como los que les sugería a las cosas, jamás les volqué la ternura que derramaba sobre mis objetos queridos. Luego, amigos, pude armar un largo diálogo como un libro escrito en lenguas, con mis amigos, con mis verdaderos amores, pero vaya a saber uno qué cosa devoradora nos ocurrió que ahora en la adultez hiperlúcida que transito ya no preciso de nadie, me digo repitiendo este apotegma, mientras me miro, barbudo al espejo y cantan en las hondonadas los gallos y la radio me da charla y yo le ruego al cepillo de dientes que se deje llevar por la pasta y me dé un buen aliento, un buen día, una buena vida, mientras oigo que desde el dormitorio la esposa a la que hace miles de años no escucho y que aún espera respuestas de políticos, de Tinellis o de vecinas sordas y en ruinas, me recomienda que traiga algo del centro y no entiendo bien si es comida, ropa o una momia pintada de violeta. Todo ruido articulado por ciertos humanoides me es ya indiferente, me digo e interrogo para hacerlo partícipe a mi relojito que ya, feliz, salta y se abraza a mi muñeca, contento porque vamos a salir de paseo.

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