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 domingo, 02 de abril de 2006  
Vivir para contarlo

Osvaldo Aguirre / La Capital

El escenario de esta novela es un colegio donde a cada paso se respira literatura. El decano, según los comentarios, ha sido amigo de Ernest Hemingway; los profesores no dan simplemente clase sino que hacen sentir como algo de todos lo que puede importarle a un escritor. Los alumnos avanzados tienen su revista literaria y reciben visitas de grandes autores, por las cuales participan en concursos internos. Sin embargo, en la forma en que el narrador recuerda ese período de su vida hay cierta ironía, en principio imperceptible, pero que apunta a lo central de la historia.

El narrador, por entonces un aprendiz, no sabe qué es un escritor, pero tiene ideas al respecto. "Ser escritor era huir de los problemas de sangre y de clase. Los escritores formaban una sociedad propia ajena a las jerarquías habituales", dice, pero si algo sugiere su historia es lo contrario de esas frases. Aunque le enseñaron a no confundir a un escritor con su obra, está fascinado con Hemingway y sobre todo con la leyenda de Hemingway. Se mantiene alerta a los signos que percibe alrededor, con la expectativa de dar el gran paso y ser ungido como escritor; así, cuando Robert Frost, uno de los escritores visitantes, pronuncia una frase trivial se preocupa por interpretarlo, seguro de que "significaba algo, algo que tenía que ver con la vida del escritor".

El protagonista de "Vieja escuela" escribe cuentos y poemas. Pretende ser autobiográfico, pero comprueba que esa impresión de verdad que quiere provocar no es sino una pobre ficción. Sus palabras le devuelven una imagen falsa, y él es el primero en rechazarlas. En el origen de esta cuestión se encuentra un problema del que no parece ser consciente: la negación de su origen judío. El silencio que mantiene al respecto remite a la historia familiar, ya que su padre nunca lo mencionaba, ni siquiera a su único hijo. "Mi madre me lo había contado hacía sólo un año, no mucho antes de morir, y yo no tenía idea de lo que podía significar para mí", dice. Tanto ignora su verdadera historia que es capaz de silbar una canción sin darse cuenta de que es una marcha nazi.

La cuestión se pone todavía más de relieve porque su compañero de cuarto es precisamente de origen judío. La diferencia es que ese chico no lo oculta. Podría ser el interlocutor ideal, pero el narrador prefiere mantener su secreto, reafirmar la negación paterna. Y con esa decisión abre una distancia insalvable, algo que lo aleja no sólo de ese compañero, sino de todos los demás y de sí mismo.

La admiración por Hemingway hace que el aprendiz de escritor copie sus relatos. En sentido literal: transcribe palabra por palabra, e incluso a máquina "porque era bien sabido que Hemingway lo hacía así", y con la ilusión de que alguna vez, en la voz ajena, comenzará a sonar la propia. Y es justo ese autor que representa el ideal del escritor el que llega como invitado a la escuela. En medio de la excitación por la noticia el narrador escribe su primer relato, aquel en el que, por fin, se reconoce: pero es un texto ajeno, leído en la revista de otro colegio, del que se apropia sin hacerle demasiadas correcciones, porque "aquellos pensamientos eran pensamientos míos, aquella vida, la mía".

La situación queda al descubierto y provoca un escándalo. El plagio parece el peor de los pecados literarios, y las autoridades lo sancionan con la expulsión del transgresor. El final de esta hermosa historia de Tobias Wolff demuestra que allí nadie está a salvo de los equívocos de la ficción: la amistad del decano de la escuela con Hemingway es también una fábula. Pero aquel gesto del narrador no es una simple paradoja, sino que dice mucho de la literatura, donde la propiedad privada no existe. El escritor se crea a sí mismo en función de sus textos. Y lo que cuenta, justamente, son los relatos y la verdad que se transmite a través de la ficción. Porque uno no podría vivir, como enseña aquí un profesor, en un mundo sin relatos.
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