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 sábado, 25 de agosto de 2007  
candi
Charlas en el Café del Bajo
–Pensaba hace unos momentos en algunos casos dramáticos de los que fueron protagonistas grandes hombres de la vida pública, y otros sucesos igualmente dolorosos que soportaron tantas personas en el silencio de la intrascendencia, en esa amargura recubierta por el anonimato que concede el ser nada más que un humano entre tantos. ¡¿Nada más?! Y pensaba en los finales de esos dramas, muy trágicos y muy angustiantes incluso para aquellos que los han seguido y que poseen espíritus sensibles.

   –¿Y de quiénes se acuerda Candi?

   –Me acordé de esos cientos de personas, por ejemplo, que luego de perderlo absolutamente todo, y llegando más allá del dolor profundo (sentimiento que es imposible imaginar por aquel que no haya soportado tremendos episodios, altamente desesperantes), y encallada la mente en un abismo insondable, se arrojaban contra los alambrados electrificados de los campos de concentración. Y de pronto me acordé de un médico no sólo talentoso, sino un ser humano maravilloso, gran espíritu altruista y sensible, de intelecto cultivado y brillante, quien también, sin que podamos saber exactamente por qué, un buen día decidió, sin más, decir ¡basta! y quitarse la vida. Y observará usted Inocencio, que mi charla de hoy y mañana gira en torno de estos hechos. No, precisamente, de la determinación de dejar de vivir que adopta una persona, sino de los motivos (no específicos) por los cuales determina irse.

   –Un tema muy delicado.

   –Sí, muy delicado. Por eso no cometeré el error de bucear en aguas que no conozco, pero trataré de aproximarme a lo que siente y piensa una persona en trance de desesperación excesiva. Aproximarme para ver desde muy lejos porque ¿quién puede siquiera ver un poco una escena de tales características? Veamos el caso del médico Favaloro, que de él se trata el médico al que aludí. Para los seres humanos comunes, como somos nosotros, el caso no puede ser explicado debidamente, y, con asombro, sólo podemos exclamar ¡¿pero por qué?! Lo tenía todo a lo que puede aspirar un ser humano: conocimientos, amor para dar, fama, gloria, un buen pasar, reconocimiento y prestigio, y todo lo que el lector puede imaginar. Se ha dicho, entre otras cosas, que la situación financiera de su fundación lo había desmoronado anímicamente. Un psicólogo, un psiquiatra podría corregirme con autoridad, pero yo creo que cuando aparece en la mente de un ser humano la idea de “mejor que todo se termine para mí” es porque tal ser humano se ha encontrado con varios monstruos contra los que no puede luchar. Tales monstruos son, en orden de importancia y en mi opinión, el sentimiento de haber sido abandonado por el resto de mundo, por el mismo Dios (si es creyente) y por la imposibilidad absoluta de ver caminos para salir del drama y de su causa. Todo ello, en medio de un desfallecimiento tal que lo lleva a pensar que la única solución que queda para poner fin al dolor tremendo es el fin de la misma vida. Mañana sigo, considerando lo atinente al abandono.

Candi II

([email protected])




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