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 domingo, 11 de diciembre de 2005  
Disciplina: pautas para un crecimiento sano

La mención de la palabra disciplina suele despertar malestar por asociarla a paradigmas coercitivos o, al menos, rígidos. Sin embargo, este arista no debería opacar su riqueza.

Es conveniente observar que la disciplina no es un mal a erradicar sino que enriquece la vida de las personas que la llevan a la práctica en sus actividades habituales, en sus carreras, y en todo tipo de proyectos. Los ejemplos más recurrentes son los numerosos artistas y deportistas de amplia popularidad en los medios. Ni los unos ni los otros dejan librado al azar el alcance de sus metas. Quienes llegan a posiciones respetadas expresan el esfuerzo sostenido para conseguirlo, los ejercicios diarios, las opciones con sus consabidas renuncias, la dedicación constante, el gusto por perseverar en lo que eligieron: la disciplina plasmada en la vida cotidiana.

Si trasladamos el tema al ámbito familiar, disciplinar a nuestros hijos será una empresa valiosa, y más factible en la medida en que se tome conciencia de sus beneficios. Si aceptamos pautas como válidas para educarlos, estaremos dando el paso más sustancial para poder concretarlas.

A un niño o niña se le permite comer todo tipo de golosinas, en la cantidad y el momento que desea. No se lo orienta con una disciplina alimenticia buena, ni se la hace cumplir. Los efectos que llegarán tarde o temprano, aunque no necesariamente simultáneos, oscilarán entre caries, malestares estomacales y obesidad, por mencionar algunos.

Quien disciplina a un niño o niña establece pautas para un crecimiento sano. La aceptación de dichas pautas se facilitará si se explica simple y claramente su finalidad. No es conveniente desestimar la capacidad de comprensión de los hijos. Si esperamos lo mejor de ellos, darán lo mejor. Restará, luego, asistir en los momentos de debilidad al igual que lo hace el tutor de un árbol en crecimiento.

En un comienzo, los padres serán los que indiquen el camino a seguir, paulatinamente harán partícipe al hijo o hija de sus propios lineamientos para que finalmente pueda gobernarse a sí mismo estableciendo sus propias pautas.


Adultos formadores
Al disciplinar a un niño estaremos formando su voluntad. Para alcanzar este fin se requiere de adultos formadores, disciplinados y con control de su voluntad. Desafío fuerte para padres que se esmeran en la educación de su familia y, a la vez, situación atenuante para no exigir sin valorar el esfuerzo que implica. La necesidad de superación del adulto junto a la del hijo favorecerá al equilibrio en el crecimiento de ambos.

Al disciplinar o disciplinarse, existe un riesgo que ha llevado a catalogar a la disciplina como negativa. Ese riesgo es el sometimiento por capricho y sin razón, o por imposición sin fundamento, o utilizando castigos corporales o humillaciones verbales. Si fuere así le estaríamos dando al término un alcance acotado y equívoco.

Es común, en conversaciones de padres que buscan colegio para sus hijos, seleccionar aquellos que no sean enfermizamente rígidos pero que no le falte la disciplina básica y necesaria que asegure calidad educativa y una buena convivencia dentro de la institución. Para que esto sea posible es necesario de la escuela y de la familia tanto el mutuo apoyo como el trabajo en conjunto.

No ha de subestimarse la percepción de los educandos. Ellos rápidamente detectan la contradicción de los adultos, sacando ventaja de la situación, jugando con ella, para conseguir lo que consideran provechoso, ignorando consecuencias nocivas.

Es sabido que los extremos son malos. Por eso, un modelo de educación asfixiante no construye vidas sanas ni equilibradas, ni tampoco lo hace un modelo totalmente laxo. La justa medida de la disciplina es la que permitirá al niño crecer con alegría dentro de los límites que lo harán una persona socialmente integrable, con autocontrol y dominio de sí mismo, para poder alcanzar las metas que se proponga y disfrutarlas.

Alicia Caporale

Licenciada en educación

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