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 domingo, 06 de noviembre de 2005  
La cumbre. Una mirada a favor del libre comercio como motor del progreso
El Alca, de la mano de la globalización
México experimentó un súbito crecimiento desde la creación del Nafta. Mitos y verdades de lo que hoy está en juego

Miguel Rouco

El Alca se va abriendo camino por sí sólo. El enorme peso que ejerce la globalización sobre todas las economías sin distinción de tamaño acelera los tiempos.

A nivel continental, nunca como en esta época la región está inmersa en una etapa de definición de su destino, algo que ya había sucedido a fines del siglo XIX aunque no con tanta intensidad.

Para muchos el Alca representa una posibilidad concreta de dejar atrás décadas de frustraciones. Para otros, es un brazo extendido del poder hegemónico de Estados Unidos en la región aunque Washington no considere a Latinoamérica como un tema prioritario en su agenda internacional.

Como quiera que fuere, las diferencias por el Alca quedaron en evidencia en el cónclave de Mar del Plata. Del lado del Alca, México jugó y juega un rol decisivo. Su asociación con EEUU y Canadá le dio resultados extraordinarios.

Desde que está en el Nafta, la economía azteca creció más del 40 por ciento, la radicación de industrias se multiplicó por cinco, las exportaciones por tres y la participación de los mejicanos (unos 20 millones) en el mercado laboral de EEUU le permite reenviar a sus familiares unos 20.000 millones de dólares por año.

El propio presidente Vicente Fox, un ex ejecutivo de Coca Cola, siendo gobernador del estado de Guanajuato, fue uno de los artífices de este desarrollo. México ahora busca crecer por sí sólo, ya saboreó la fruta de su asociación con Washington y se lanza a convertirse en un activo proveedor de bienes y servicios apuntando hacia el sur.

Si el Nafta dio resultados fabulosos en el norte del país, había que continuarlo hacia el sur. Así, surge el proyecto Puebla-Panamá, un esquema de proyección geopolítica que implicaba la incorporación de la población centroamericana a un desarrollo similar al producido en el norte mejicano.

El esquema Puebla-Panamá fue el embrión del flamante acuerdo de libre comercio entre esas naciones centroamericanas y el Nafta que dio lugar al Cafta, algo que puede extenderse rápidamente hacia las Antillas y el Caribe.

El avance a paso firme de estos acuerdos permitió estabilizar una región que en los últimos 35 años se vio sacudida por reiteradas fracturas institucionales que llevaron a esos países a quedar bajo sangrientas guerras civiles.

Las inversiones trajeron desarrollo económico, bienestar a la población y la tan ansiada estabilidad institucional, que en la región sólo era patrimonio exclusivo de Costa Rica.

Los resultados saltaron a la vista de todos y el próximo paso era expandir el modelo hacia Sudamérica. Chile, con sus 20 años de crecimiento económico ininterrumpido, con apertura económica, estabilidad macro y calificación de país investment grade, fue el primero en cerrar un acuerdo con el bloque norteamericano.

Pero los fracasos de muchos países sudamericanos en los 80 y 90 llevaron a replantear la necesidad de asociarse con economías más robustas para intentar despegar. Perú y Ecuador, dos de los fracasos mencionados, también se sumaron a los pedidos por cerrar un acuerdo con el Nafta.

La fuerte presencia de Estados Unidos en Colombia, amenazada institucionalmente por los carteles de la droga y los insurgentes de las Farc, permitió traer al país paulatinamente a la normalidad y Bogotá ya pidió cerrar un acuerdo de libre comercio con el Nafta.

En esta cumbre marplatense, Bush y Fox apuntaron sus cañones hacia el Mercosur para intentar cerrar el Alca dejando aislado al venezolano Hugo Chávez y a la inestabilidad boliviana, que será un caso a resolver más adelante. Hasta ahora no lo lograron.

Buenos Aires, por una pésima evaluación diplomática, muestra su encono al Alca porque sólo tiene en la mira la apertura del mercado de EEUU para algunos productos primarios sin tener en cuenta que la apertura del mercado argentino también le permitirá incorporar la tecnología necesaria para dar un salto cualitativo a su enorme capacidad productiva.

Al mismo tiempo, pierde de vista la potencial demanda que puede tener del resto de los países del continente. Es más lo que pueden demandar todos los países de la Argentina que lo que se pueda vender a EEUU. Más allá de los intereses puntuales, lo que está en juego con el Alca es la posibilidad de superar el atraso y sentar las bases para lograr un progreso permanente. (DyN)
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