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 domingo, 31 de julio de 2005  
Garrahan: la historia de siempre

Los conflictos sociales y sus ineludibles reclamos siempre provocan molestias. Aquí, en Argentina, o en países desarrollados como Francia o Estados Unidos. También producen víctimas entre los participantes del conflicto y entre el resto de la sociedad, ahora llamadas víctimas colaterales. Lo cierto es que desde que el hombre pisa la faz de la tierra, ningún conflicto o lucha de poder se resuelve fácilmente y, casi nunca, de manera pacífica. Esto es lo que ocurre con la pelea desatada en el Hospital Garrahan de Buenos Aires, que bien podría ser ejemplificada con cualquier otra lucha sindical que desemboca en enfrentamiento y huelga. Las acusaciones cruzadas llegan —con lo que esto significa en nuestro país— al calificativo de “delincuentes sanitarios que hacen terrorismo”. Y cuando una pelea de esta naturaleza llega a los medios y habiendo niños involucrados, la sociedad opina y castiga. Y casi siempre castiga y sanciona al trabajador, al que no tiene más que su fuerza de trabajo y sus servicios a la hora de esgrimir recursos. ¿Porque, en última instancia, qué otra cosa más que su trabajo puede no aportar un trabajador cuando no le pagan, o cuando le pagan algo que considera insuficiente? Pero no, la sociedad y los medios siempre castigan al más débil, que siempre es el trabajador. Al empresario, o en este caso al gobierno, que es el responsable de provocar el conflicto por pagar sueldos miserables, vergonzosos, por prometer y no cumplir, no se lo sanciona. La culpa de todo es del trabajador, que no atiende a los chicos del Garrahan, pero el gobierno: bien, gracias. A los argentinos nos cuesta horrores mirarnos. No logramos definirnos, encontrar un rumbo, identificarnos entre los iguales. Venimos perdiendo desde hace más de 50 años y seguimos enfrentándonos entre nosotros. El pobre mira con desprecio al indigente y el que tiene trabajo se atrinchera contra el desocupado; el clase media no le da bola al del barrio humilde, y el poderoso se ríe de todos, absolutamente de todos. Y así andamos por la vida, peleando entre nosotros y eligiendo al menos malo. Asistimos en cada campaña electoral a un circo con payasos que descaradamente se repiten y en el que nadie cree, pero del que todos participamos. Tal vez algún día decidamos levantar carpa y construir un país en serio.

Lalo Puccio


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