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 domingo, 13 de marzo de 2005  
Lecturas. Colonia, de Juan Martini
Un mundo inquietante

Matías Píccolo

Alejandro Balbi llega un lunes de noviembre del año 2001 al Instituto. No sabe cómo ni porqué ha fondeado allí; simplemente está y trae consigo una escueta información: 47 años, 72 kilogramos. Más, no quiere, ni tiene la necesidad de decir. Al sitio también lo llaman la Colonia, la Casa o el Servicio; es, aparentemente, un lugar de retiro que se enclava en la parte vieja de la ciudad uruguaya de Colonia.

Luque, el director de la institución, es un médico que no ejerce y sólo se dedica a la administración, como también lo ha hecho su padre. Carga con 139 kilos que baña Sofía Garay, la mujer viuda que ocupa la dependencia número 23 del Instituto. Amadeo Cantón, el celador, codicia los baños de su jefe, y por sus pensamientos corren las esperanzas de ocupar, en un futuro quizá no tan lejano, el lugar del director.

Así, narrando el destino inmediato que proyecta la convivencia de los internos del Instituto, liando sobre sus soledades y rutinas, transcurren los días en "Colonia", la nueva novela de Juan Martini (becario de la Fundación Guggenheim 1986; Premio Boris Vian 1991). El escritor -ya con unas doce novelas en su haber- en una prosa prolija y particular, notando rasgos definitorios de un estilo casi telegráfico por momentos, da con ese tono literario justo que sirve para presentar al lector un mundo consistente e inquietante.

Desde allí la forma en que se realiza la novela diseña una zona sutil, detenida y autónoma, al reparo de los menesteres y obligaciones del ciclo social en donde impera siempre el surco de la realidad histórica.

Quizás se encuentre en este hecho un sesgo posible para tentar la interpretación. La decisión de fechar los acontecimientos en los últimos dos meses del año 2001 revela cierta fuerza de coyuntura que se impone, inevitablemente, al pretendido mundo "huido" que ejerce su imperio en la Colonia: Alejandro Balbi, que ha nacido en Buenos Aires y que cada tanto ve las luces de aquella ciudad burbujeando por las noches del otro lado del río, no sabe de qué huye, o no quiere saber, o ese hecho le resulta, en el fondo, intrascendente. Recordará, quizá movilizado por una muerte que ocurre en el entorno de la Casa, que ha sido sociólogo; pero no sabe qué hacer con esta información difusa.

¿Escapa el sociólogo de la convulsión que por aquellos días sufría la sociedad argentina, y eso se trasmuda en el espacio para la excusa de una relación imaginaria con Julia Conte, una última esposa a la que le sabe un amante? Allá, en Buenos Aires, las muertes y el final del juego; aquí, en Colonia, una necesidad arrendataria de suspensión de alguien que se forja, gracias a esta geografía literaria y calma, un sistema propio de contención. ¿Qué sentido hay, para desenvolver en la novela, en la decisión de que el trágico final del año 2001 asome apenas, pero asome al fin en la estadía-limbo que permite la Colonia? ¿Desde allí se posiciona el motor de la escritura, cuya estrategia para fundar su posibilidad es huir a una especie de Santa María onettiana (intertextualidad que el texto de Martini se permite con el de Onetti -por ejemplo "El astillero"-, sobre todo en lo relativo a una subjetividad estilística)?

En el fondo, no viene tanto por aquí el sabor literario de "Colonia". Son esas algunas hipótesis para establecer algún sentido que infrinja una dirección en la aparente meseta inconducente de la historia que narra la novela. Lo interesante y disfrutable es el ejercicio de estilo que Martini ha logrado con su palabra. Es despertar el gusto del lector (un lector consuetudinario) por deslizarse sobre una sintaxis ajustada y de pulida neutralidad.

Lo sugestivo del ambiente que da vida al mundo que fabrica la novela es la paulatina aparición de una erótica que mueve a los personajes en sus prácticas diarias: el comercio que entre ellos va tejiendo una forma de la soledad en la que el miedo escarba y deja al descubierto la necesidad de cualquier contacto. Tal es el caso de Juana García, quizá el personaje más intenso y atrayente que habita en el relato.

También está Galván, el Rechazado; una voz extraña que interpreta, describe y denuncia, desde su lengua bárbara y poética, la situación siniestra que reina en la Colonia: "El gato me araña me clava las uñas me araña nadie dice nada...". En la primera persona sin puntuación de este personaje se dimensiona "el todo" de las relaciones que tienen lugar en la Casa: un amasijo de conceptos y visiones cuya continuidad lo da la argamasa que provee una práctica sexual tan juzgada como animal y necesaria.

El sexo es, entonces, la moneda que intercambian los internos en ese estado perentorio de asilo melancólico; un ejercicio soterrado y que por ello palpita, excita y potencia una complexión de constante lubricidad.
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Juan Martini, con novela nueva.

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