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 domingo, 20 de junio de 2004

Lecturas
Historias de mujeres raras en mundos inquietantes
Cuentos. "Aves exóticas", de Reina Roffé. Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2004, 62 páginas.

Carlos Roberto Morán / La Capital

El desasosiego se instala y expande en estos nuevos relatos de la argentina, residente en Madrid, Reina Roffé. "Aves exóticas", integrado por "cinco cuentos con mujeres raras", es un libro breve pero contundente donde lo femenino se torna personaje y nos informa sobre el ser mujer hoy en un mundo perturbado.

Roffé maneja con soltura su impecable discurso literario, muchas veces elusivo, siempre eficaz. Sus textos suelen resultar una urdimbre articulada entre lo que se dice explícitamente y lo que se deduce. La crítica María Teresa Gramuglio al referirse a una novela anterior de la autora ("La rompiente", 1987), señalaba con agudeza que en ella Roffé contaba una historia aparente y otra real pero subyacente. Asimismo recordaba palabras de Jean-Paul Sartre quien sostenía que quienes pertenecen a una misma comunidad y han compartido una experiencia histórica "tienen el mismo sabor de boca y ven entre ellos los mismos cadáveres". Sartre concluía que ante esa realidad previa y consensuada, por llamarla de alguna manera, "no cabe escribir demasiado, porque bastan unas pocas palabras para entenderse".

Hay pues sobreentendidos para el lector argentino en la narrativa de Roffé, que se reiteran en los relatos de las "aves exóticas".

En el primero de los cuentos, "Convertir el desierto", narra la historia de María R., una mujer exiliada que, próxima a cumplir una venganza sobre la que ha vivido soñando durante dos largas décadas, encuentra a un viejo pintor, presuntamente argentino, que ha llegado a Madrid para encontrarse con su hijo moribundo. El cuento toma como epígrafe estos versos del rosarino Hugo Padeletti: "Hay semillas en Africa que aguardan años para convertir el desierto. No lo convierten, lo enloquecen por un tiempo". Haciendo "suyos" tales versos, el pintor Brais insta a María a "convertir el desierto": "La vida -le dice- es muchas veces un desierto; generalmente suele ser insatisfactoria", a través de la pintura ha logrado modificar el páramo. Sus palabras no dejan indiferente a la mujer. Roffé comenta: "Había concitado en ella un sentimiento más inquietante que el odio, una emoción que, de inmediato, trabó y contuvo. Le aguardaba una tarea que requería precisión y serenidad". Al tiempo María tropezará con quien, en este país y en los años de plomo, la envileció, pero ella comprende que al fin su vida se ha modificado.

En "La noche en blanco", una anciana de origen francés se ve obligada a recibir en su solitario departamento a la pequeña Alicia, hija de una perseguida que le pide que la cuide "nada más que por esta noche", mientras el terror se apodera de las calles de una Buenos Aires que no se nombra y en la vieja se despiertan los acallados recuerdos de una guerra, la mundial, que también dejó para ella un saldo de terror.

Ambos cuentos guardan vinculación por referirse a la etapa del horror que padeció el país, aunque Roffé no cae en el facilismo del panfleto. Por el contrario, lo elusivo que es su "marca" se reitera en esos cuentos que "dicen" menos de lo que subyace.

En tanto, hay presuntas "marcas" autobiográficas en el relato que da título al libro y que refiere a un pasado provinciano (en la santafesina ciudad de Vera) y al deseo irrealizable de un personaje, la tía Reche, quien quiere adquirir alas propias (que le estarán para siempre negadas). "Línea de flotación", habla de otro intento de libertad, el de una pequeña explotada que vive en la periferia de Madrid. El quinto y último cuento de la serie, "El rufián melancólico", narra la explotación miserable, en este caso laboral, a la que es sujeta una argentina a la que con mentiras deslumbran para que se traslade a Madrid.

Mentiras, ilusiones perdidas, afirmación de la personalidad, la revalorización de la existencia, las experiencias humanas son disímiles siempre y Roffé, que lo sabe, no aplica el mismo marco a sus criaturas de ficción, todas las cuales llevan sin embargo su indisimulable sello personal, ese que cuenta que la vida es inefable y que cada uno (cada una) la hace florecer. O la niega.

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