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 miércoles, 12 de noviembre de 2003

Reflexiones
¿Le pasa algo, ingeniero?

Víctor Cagnin / La Capital

La vida política suele estar sujeta por acciones de pacto o de ruptura, de consenso o separación, de integración o alejamiento. El predominio de unas sobre otras se vincula directamente a las prioridades demandadas por la población, a los representantes que la protagonizan y al agotamiento de los plazos. Existen paralelamente un tiempo para deliberar y un tiempo para ejecutar. La Argentina presidida por Duhalde estaba signada por acuerdos, consensos y búsquedas de gobernabilidad. El país se dirimía entre el caótico vacío generado por la ineptitud y la corrupción de la clase dirigencial o el logro de un acuerdo elemental de gobierno que permitiera la recuperación institucional. Se impuso el acuerdo entre los mismos políticos porque, como ya se comprobó en las últimas elecciones, no había en ese momento una nueva generación de dirigentes capaces de protagonizar un cambio de raíces a nuestros problemas. La fecha indeclinable fijada por Duhalde de entrega del poder, el 25 de mayo, tenía su lógica: era el período prudente de transición para dar paso a un nuevo tiempo: el de la ruptura. Ruptura con qué. Ruptura con el pasado. Con las formas y los conceptos del pasado. Con criterio se nos recordará que Duhalde era el pasado. Vale responder entonces que no hay dirigente que pueda impedir el nacimiento de lo nuevo. En todo caso, si su inteligencia se lo permite, su mejor aporte es facilitar el surgimiento.

Aún no pasaron seis meses de la Argentina presidida por Kirchner y la tarea de desplazar lo viejo ocupa hoy el centro de la escena política y social. La separación, la diferenciación entre lo bueno y lo malo, entre aquello que aún tenga vida útil y lo comprobadamente irrecuperable domina el tablero político generando expectativas. Es una lucha costosa, desde ya, que se expresa con mucha claridad en las fuerzas de seguridad de la provincia de Buenos Aires; pero si uno se lo propone puede hallarla fácilmente en otras esferas administrativas del Estado, sea nacional, provincial o municipal. Es también una lucha despareja porque la corrupción y la mediocridad traspasan todas las instituciones sociales, por lo cual no alcanza con la voluntad del Ejecutivo y las denuncias mediáticas. Se requiere para igualar la disputa una acción transversal decidida y sostenida de referentes políticos y sociales insospechados, que recepten las irregularidades en todos los planos, las expongan y exijan castigo a los responsables y reconocimiento al mérito. En este sentido, cualquier iniciativa que se tome contará siempre con el respaldo de la gente, que pretende aire puro, cuerpo sano, mente sana.

Es un momento de corte, sin duda. Por eso llama la atención que el gobernador electo ingeniero Jorge Obeid -quien suele arrogarse de ser el primero en apoyar al presidente en la provincia- sostenga una actitud negociadora, pactista y no de ruptura con lo viejo. Se le podrían perdonar algunos errores si se tratara de un novato, pero a esta altura, con un período encima en la Casa Gris, no dar fuertes señales sobre lo que pretende transformar y nombrar en cargos claves de su gabinete a figuras improvisadas, tanto de acción como de discurso político, sólo puede leerse como más de lo mismo que hoy tenemos y padecemos.

Es un momento de diferenciación que, desde luego, requiere de cierto coraje porque implica enfrentamientos con figuras reconocidas, de donde puede recibir devoluciones ingratas. Pero es un imperativo hacerlo si pretende producir transformaciones tanto del orden ético como de las estructuras del Estado, siguiendo la impronta presidencial. De lo contrario, será difícil comprenderlo y acompañarlo.

Tampoco resulta procedente especular con que un tiempo de crecimiento económico y de abundante recaudación podría mitigar las penas y las pérdidas acumuladas. Eso es también una forma de pensamiento político que se debe dejar atrás. El milagro argentino ya lo vivimos con la tablita de Martínez de Hoz y la plata dulce y así nos fue, pero no bastó; el fenómeno volvió con la convertibilidad, los créditos en dólares y los viajes al exterior; de ahí venimos y estamos como estamos. Cómo volver a confiar entonces en el desarrollo del país sin una fuerte corriente moralizadora y eficiente impulsada desde las más altas instancias de gobierno. Si hasta el propio Fondo Monetario, gestor y fiscalizador de los planes de los 90, hoy exige reducir los niveles de corrupción para volver a creer.

La época no permite atenuantes ni matices. O se pacta o se rompe. Se dice toda la verdad o se calla para siempre. Se emprende un camino de cambio con las convicciones claras o se reconoce la incapacidad para iniciarlo. La provincia tiene recursos y condiciones para dar un salto de calidad. Tarde o temprano se plasmará.

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